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Hígado

Tacho Rufino | 17 de marzo de 2014 a las 22:39

SIN duda es el animal más excelso, el hombre, quien puede ser la peor bestia que habita la tierra, apestándola. De viaje por los gloriosos Rajastán o Benarés en la India, supimos -o eso nos contaron reiteradamente- que había niños que eran cegados por sus padres para conseguir con su mendicidad sórdida un aporte económico para la familia. Una tara era para muchos allí un activo productivo.

También lo fue por aquí, y no hace tanto. En las morgues de Sudáfrica, redes de tráfico de órganos roban ojos de negros pobres recién muertos, y los ponen a viajar convenientemente despiezados y entre hielo hacia el primer mundo, incluido el primer mundo de la propia Sudáfrica. También en la India, los riñones sirven como aval de las deudas adquiridas por los desgraciados. Aquí la venta del propio cuerpo por desesperación se venía haciendo al completo pero durante un ratito, y no por partes y para siempre.

Pero esta semana hemos tenido una ración de este espanto en los telediarios: hemos debutado en España en el submundo de la infamia con la historia de un rico libanés que ofrecía 40.000 euros a inmigrantes ilegales por un pedazo de hígado. Lo más repelente es que obtuvo muchos candidatos. Quizá el hígado del comprador está mermado por el exceso de su vida superior: demasiada comida, demasiada bebida. Tristemente, el hígado del potencial vendedor suele estar muy sano por haber comido y bebido lo justo o algo menos.

Para mayor vergüenza, y como era de esperar, está el reparto de la ganancia a lo largo del canal de distribución: un pedazo de hígado puede comprarse a un paria en un país pobre -o a un pobre en un país muy rico, la globalización crea convergencias perversas- por unos mil euros, y puede llegar a costarle al receptor unos 130.000, trasplante aparte. En el camino, traficantes con dientes de oro y uñas de operario de matadero van engordando uno tras otro en la lucrativa cadena de intermediarios de casquería humana que constituye hoy un mercado emergente.

La legislación coordinada y la investigación va lenta ante el enorme dinamismo de los dealers ¿Quién quiere morir? Basta con poner un alambre de espino electrificado y un buen muro de hormigón alrededor de tu conciencia, basta con una ética indolora que no entienda de trazabilidades de producto desagradables, y ya puedes acariciar el pelo lacio de tu pequeño mientras lo ves crecer seguro de sí y de su padre, feliz.

  • Hernán

    Es ciertamente terrible que ocurran cosas así. Una vez más se demuestra que la catadura moral del ser humano puede seguir cayendo, cada vez más bajo.
    También dices que lo más repelente es que obtuvo muchos candidatos. Según lo veo lo repelente es que se pueda llegar a una desesperación tal que te haga plantearte semejante venta, pero no estoy seguro de que si yo viviera en un estercolero en La Paz -un poner- con una esperanza de vida de, digamos, 40 años, y con cinco o seis churumbeles que alimentar y sin ningún plan B en el horizonte si no lo contemplaría como opción… Por ese motivo no se bien si nuestros conceptos morales manejan todas las variables que permitan hacer un juicio válido de cómo enfocar este espanto.