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La igualdad os sienta tan bien

Tacho Rufino | 21 de junio de 2014 a las 19:13

EL italiano Norberto Bobbio, para quien expresamente se acuñó en su país el término “socialista liberal”, afirmaba que es en el concepto de igualdad -o, alternativamente, de diferencia- donde está la discrepancia esencial entre la izquierda y la derecha: mientras que el pensamiento de izquierdas cree en la promoción de la igualdad mediante la redistribución fiscal y el gasto social público como valor político básico, la derecha cree que el progreso de los países radica en la promoción de la libertad del mercado y de la iniciativa individual y el reconocimiento del mérito y la prosperidad de cada persona. En sus extremos más o menos comodones y sectarios, un izquierdista radical estaría de acuerdo con el inefable presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, cuando venía a afirmar que la libertad de mercado es un engaño conspirativo de unos cuantos para desplumar al resto, mientras que un ultraderechista sin careta afirmaría que las coberturas sociales amplias son el alimento de los zánganos. La realidad en las democracias sociales y de derecho occidentales, por suerte, ha hecho converger con sensatez el modelo, e intentan en sus textos constitucionales combinar justicia social con libertad económica individual. Pero la realidad, sobre todo en tiempos de crisis y depauperación, suele dinamitar artefactos sociales que ha costado mucho tiempo, inversión y conflicto desarrollar y mantener. El caso más claro es el de las brechas económicas entre los individuos. Partimos de la idea de que la limitación de las distancias de riqueza y renta de los individuos de un país no sólo es “justa” y “solidaria”, sino que posibilita sociedades mejores y con mayor futuro y seguridad ante las crisis.

Esta semana, el semanario The Economist publica en uno de sus gráficos diarios con breve comentario (Daily Chart: More pain than gain, “más sufrimiento que ganancia”) unas conclusiones demoledoras sobre cómo se ha comportado la crisis con los diversos países de ese club de países (desigualmente) desarrollados que es la OCDE. La medida para realizar tal valoración es la evolución de la renta familiar disponible: cuánto tenía cada casa de dinero extra una vez cubiertas las necesidades primarias en 2007, y cuánto tenía ya bien sustanciada la crisis, en 2011, el año hasta el que llega el análisis de los datos. El caso de España es el más patético: los más ricos han sufrido una caída modesta en su renta disponible -dicho mal y pronto: siguen en el mismo taco riguroso-, mientras que los más pobres se han pegado el gran batacazo. La brecha se ha abierto descarnadamente, a lo cual se une el más que inquietante hecho de que las clases medias españolas -el colchón de la verdadera seguridad social- son cada vez menos medias, o sea, más bajas, tanto si lo observamos internamente como si nos comparamos con el exterior de referencia (países de la Unión Europea y de la OCDE). Por ejemplo, en la muy rica e igualitaria Alemania, en esos mismos cinco años todos aquellos que tenían dinero extra para gastar ha crecido en su renta: ricos y pobres, que además están mucho más cerca allí que aquí. ¿Se puede entonces según parece ser un país rico y a la vez más igualitario? No sólo se puede, es que probablemente la manera de ser más ricos es siendo menos desiguales. Recordemos que si hay alguna revista seria y en el buen sentido de la palabra liberal, ésa es The Economist.

España ahora muestra síntomas de recuperación macro, que de momento no se han traspasado a las economías micro, es decir, a las familias y a las empresas. La contención del paro ya no es sólo estacional, sino que está vinculada a sectores y puestos de trabajo de baja calidad y valor añadido. Ése es el modelo productivo nuevo, al menos en términos laborales: crece el empleo, pero qué mal crece.

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