¿Quién da la vez? » Archivo » El anuncio

El anuncio

Tacho Rufino | 18 de noviembre de 2014 a las 13:01

NO va a ser fácil, pero uno que yo me sé va a intentar llegar virgen al domingo [este artículo se publicó en prensa el domingo 16 de noviembre] en que esto se publica, es decir, sin haber visto el anuncio de la Lotería de Navidad. Tampoco será tan difícil, dado que la televisión a la que uno se asoma no lleva publicidad, y para ver por internet el spot navideño estrella -la estrella comercial del año, con un presupuesto de producción de algo menos de un millón de euros- hay que querer verlo y hacer algún clic; darle la vuelta a la tablet siempre es un recurso de urgencia. ¿Por qué la rareza de resistirse a disfrutar de una segura gran creación audiovisual y comercial? Primero, porque la sobredosis de almíbar lacrimógeno está como todo el mundo sabe contraindicada en otoño, especialmente para los asténicos otoñales. Segundo, y también buscando proteger la emocionalidad, porque con lo de Raphael y la Caballé del año pasado muchos quedamos traumados con el anunciante hasta nueva orden. Tercero, porque los memes -fenómenos virales que parodian algo serio utilizando sus imágenes- han sido en muchos casos tan desternillantes que con eso es suficiente: quién quiere penas extra, aunque acaben con un pobre hombre reconvertido en “hombre en el taco”, como es el caso. Cuarto, porque lamentablemente nuestras relaciones sociales y nuestros rasgos dominantes, últimamente, más bien divergirán del modelo del anuncio -que apuesto a que tira de solidaridad, altruismo y filantropía-, salvo quizá en alguna coincidencia, ¿casual?, como la de la ya célebre “entrega del sobre”, que en los memes ha contenido desde tarjetas black a carnés de equipos de fútbol carismáticos, pasando por el Método Bárcenas. Cabe por último emular al vicealcalde de Valencia, el fino demócrata Alfonso Grau, reimputado por el caso Nóos, que dice que no se va del cargo “porque no le da la gana”; pues eso; uno ve un anuncio si le da la gana, y viceversa. Y sin mangar.

La presencia en nuestras vidas de la ilusión de un premio de azar es directamente proporcional a la incertidumbre y a las apreturas: desistimos de creer que nuestro destino depende de nosotros, y trasladamos por impotencia la responsabilidad de nuestro futuro a la suerte. Ignorando la Ley de la Probabilidad, nos convertimos en lecheras de cuento cada vez que vemos ese décimo encajado en el marco del espejo sobre la cómoda, un pasaporte a la serenidad y al poderío, al corte de mangas a nuestras frustraciones laborales y sociales. Vaya por delante que quien suscribe ya se ha agenciado cuatro salvoconductos -80 euritos- al más allá en la Tierra. Y puede que ya haya mutado a adorador de la suerte, y que el no querer ver el anuncio no sea otra cosa que superstición.

Los comentarios están cerrados.