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Otra París

Tacho Rufino | 12 de enero de 2015 a las 19:15

(Nota previa: no espere en este breve artículo nada relacionado con Charlie Hebdo)

AL llegar a la redacción de este periódico, descubro cómo un imponente local de la milla de oro del centro de la ciudad, que como otros vuelven a arrendarse, ha sido ocupado por una gran corporación óptica, quizá debido al cambio de la legislación sobre alquileres, que escobonea a tantos comercios tradicionales. Justo enfrente de esta tienda de alto diseño se encuentra la óptica donde una herencia defectuosa de mi padre, a la que por ser suya tengo en gran estima, me ha hecho acudir durante años y años a graduarme la vista y a comprar lentillas y gafas, como mis hermanos han hecho en fila india y mis hijas acaban de comenzar a hacer. Allí te atienden por tu nombre, con afecto que es recíproco y con gran diligencia y capacidad. La calidad y la garantía son al menos iguales a la de los habituales de la gafa de pasta y del dos por tres de grandes marcas y sus franquicias, que sí, que te dan una variedad cromática que ríete tú de la colección de Duran Lleida. El pequeño poblado de Astérix óptico compite a duras penas en precio, aunque sí sin duda en otros criterios de compra: te intentan buscar algo especial si eres caprichoso (por ejemplo, monturas de metal demodè o quevedos de carey de hace una década; te llevan -hágase antes cliente habitual- una cuenta que van tachando y rehaciendo a media que las dioptrías crecen o la vista cansada se une al club. Te llaman por tu nombre o , en mi caso, por el apellido, que suena a nombre y así evoca todo mi clan miope. Hoy, se da el postureo gafapastero: es fashion llevar gafas aunque seas un águila. Bien está, eso es economía, también las pequeñas ópticas dan ese servicio con verdadera calidad, la que incluye el trato sincero y verdaderamente profesional, sin empleados baratos. Como ha sucedido con los aparatos correctores de la dentadura -hoy brakers-, hemos pasado de aguantar el “gafitas cuatro ojos, capitán de los piojos” a adquirir sin dolor un aire intelectual que te mueres, aunque en tu vida no hayas leído más que whatsapps y prospectos. No sólo por sentimentalismo o por tradición, sino por firme convicción de que es bueno y hasta necesario social y económicamente, el pequeño comercio, el de barrio o del centro, debe subsistir: da confianza, reafirma la pertenencia y es menos volátil. Rezuma verdadero compromiso. Es como una almadraba sostenida por pequeños y múltiples anclajes comerciales. Es necesario lo grande; también lo es lo pequeño. Valga hoy este ejemplo de cómo la crisis amenaza con concentrarlo todo en pocos agentes, lo cual nunca es bueno para el consumidor. (Tres nombres de sitios bellos: Óptica de París, calle Rioja, Sevilla.)

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