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Deflación, te lo digan o no

Tacho Rufino | 19 de enero de 2015 a las 19:54

UN amigo ha comenzado a actuar con pautas de consumo acordes a la situación de deflación que parece cernirse sobre nuestra economía (si este término le es ajeno, no se espante todavía, lo definiremos de la mano de la RAE; no se trata de otra cosa que lo contrario de la inflación, y disculpen la simplicidad los más entendidos: “Descenso [prolongado] del nivel de precios debido, generalmente, a una fase de depresión económica o a otras causas”. Él es un economista innato, de esos tipos clarividentes para esta materia que, sin embargo, nunca han visto un modelo de crecimiento ni saben qué es la curva de Phillips. Dice mi amigo que él ya no le pone más de 20 euros de gasolina a su coche cada vez que reposte. Que no le importa volver al surtidor más frecuentemente, a sabiendas de que cada tres o cuatro días el precio de su gasolina baja. Si la inflación es calor y color, pero la fiebre y el rojo intenso son nocivos, tan nocivo o más puede ser la deflación, frío y gris: un poco de calor es necesario para salir a jugar decentemente a la cancha.

El de este conductor es un buen ejemplo de las perversas consecuencias que con mucha probabilidad tendrá un descenso prolongado de los precios; en concreto, y en el caso español en la actualidad, de los del petróleo, que tiene un efecto directo sobre algunas partidas de peso de esa cesta de la compra llamada IPC: si el consumidor piensa que los precios de algo van a bajar, no lo consumirá si puede diferir su compra, o adquirirá la mínima cantidad posible de muchos bienes; en muchos casos, ninguna (el mercado de la vivienda, si bien inflado irracionalmente, hace tiempo que probablemente alcanzó su límite bajo razonable, y ya se encuentra en una situación deflacionaria dañina para la riqueza de la mayoría de los españoles con casa propia). Complementariamente, el empresario o, en general, el inversor no invertirá en bienes productivos o suministros si puede evitarlo, con lo que tampoco contratará mano de obra suplementaria o, lo que es peor, se deshará de parte de la que tiene y, si el círculo vicioso se realimenta, cerrará. En este escenario, el conjunto de la economía –producción y consumo, modulados por la alargada sombra de las finanzas– se enfriará y se contraerá, y el desempleo tenderá a crecer (hay ‘deflaciones’ y ‘deflaciones’, según los países y sus circunstancias, pero éste es un esquema arquetípico). Es decir, es vana e ilusa la alegría que algunas personas sienten al oír que los precios de la cesta de la compra bajan: sus salarios también tenderán a bajar, y a unas malas, incluso con un salario medio estable, los bienes que podrán consumir serán cada vez más escasos si la espiral viciosa se prolonga en el tiempo.

Esta semana hemos sabido por el Instituto Nacional de Estadística que 2014 es el primer año en nuestra historia reciente -desde que en 1962 empezó a calcularse- en que el indicador general o sintético de los precios (IPC) ha sido negativo, aunque desde 2008, cuando dejamos de negar artera o ignorantemente la crisis, viene dando síntomas predeflacionarios. De hecho, la deflación ha sido ya una realidad, y sus efectos, típicos; sólo sucede que en su cálculo oficial se consideran años completos , cuando con un cómputo corrido o interanual la bajada cronificada de los precios es un hecho desde hace tiempo. Aunque la drástica bajada del petróleo y sus efectos sobre el transporte en el último mes es la clave del -1% de variación del IPC, citemos aquí dos datos sintomáticos: la baratura de la dieta, simbolizado en las grasas y aceites, baja un apreciable -4,4%, igual que la fruta fresca. La bajada de el azúcar y las papas es superlativa (-17,5% y 12,9%). El sin embargo sanísimo pescado fresco ha subido un 5,9% en el año. La dieta de la crisis tiene su reflejo en el IPC: la economía y sus cálculos a veces dicen cosillas coherentes.

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