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Doctor, cúrate tú mismo

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 11:33

CONOCÍ a un cardiólogo que fumaba como un carretero, y despachaba la perplejidad de sus pacientes con un “haga usted lo que le digo y no lo que yo hago”, en dudoso ejercicio de empatía pedagógica. Menos grave es que en casa del herrero las cucharas sean de madera, allá cada cual con su boca. O que un buen profeta sea cachondeable en su propio pueblo, y acabe triunfando con su bola de cristal en otras tierras lejanas. Pero con la salud no se juega; ya Lucas relataba en el Evangelio el proverbio “medice, cura te ipsum”, con el que Jesús esperaba ser desafiado si hablaba a la gente de milagros, aunque en realidad el “cúrate tú mismo” se refería -doctores tiene la Iglesia- a hacer examen de conciencia antes de criticar a los demás. Los economistas son criticados por no ser capaces de prevenir, y malamente de curar, los males económicos que azotan cíclicamente la vida de la gente corriente: tan es así, que no existe acuerdo alguno sobre las recetas. Los economistas de empresa, es decir, financieros, marketinianos y demás, pegados a la realidad microeconómica y de andar por los negocios, hacen un trabajo más prosaico, pero más medible. Esta semana hemos sabido que Shaun Wills, director financiero de Supergroup, una gran empresa cotizada en la bolsa de Londres, ha dimitido porque sus finanzas familiares son un desastre: está en bancarrota. En el mundo anglosajón, esto es intolerable desde hace algún que otro siglo: si no sabes llevar tus finazas familiares, nunca deberías llevar las complejas finanzas de una gran compañía.
En Gran Bretaña, a los deudores que no podían hacer frente a sus obligaciones se los mandaba a una cárcel llamada Prisión de deudores, en la que se los privaba de libertad pero se les permitía tener oficina en el trullo y hasta la presencia de empleados, para así facilitar que saldaran sus deudas. Por eso, si un tipo cae en bancarrota, también es tradicional allí que pueda declararse personalmente en suspensión de pagos como cualquier empresa fallida, cosa que en España es mucho más reciente y a los más avispados los ha protegido de ser desahuciados mucho más que a quienes no han asumido legalmente la figura de quebrado. La española honra es muy quijotesca y todo eso, pero para los negocios es una porquería de actitud. El tal Wills no se ha declarado en bancarrota él mismo: lo han declarado sus acreedores. El hombre, como cualquier mortal español sin estudios financieros, se había metido en un casoplón que no pudo ir pagando ni con su sueldo de 700.000 euros al año. La mansión tampoco era el Wonderland de Michael Jackson; le costó, eso sí, un millón largo de euros. Y ha palmado en las cuotas, como un vulgar lego financiero cualquiera, aun siendo el absoluto ejecutivazo de las pelas de una multinacional. No somos nadie. Ninguno.

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