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Verstrynge- Bárcenas: la cena del año

Tacho Rufino | 13 de abril de 2015 a las 17:30

JORGE Verstrynge siempre fue un adelantado a su tiempo. De hecho, no ha parado de adelantarse a su propio tiempo, mutando de huevo a oruga y de crisálida a gusano y vuelta a empezar de manera pasmosa, revolucionaria. Él lo ha dado todo siempre, y su evolución ideológica va en contra de la tenida por estándar: Peter Pan de la política, fue desde facha a rojo. En plena Transición, cuando era delfín de un Fraga que no negaba su franquismo, bautizaba a sus hijos con sugerentes nombres nórdicos como Sigfrido y Eric, lo cual llamaba poderosamente la atención en momentos en que poner nombres excéntricos (o sea, “fuera del centro” donde habitan los nombres de toda la vida, los extintos Antonios y Manolos) era cosa de extremos en los polos opuestos de la estructura social: cosas, bien de nobles, bien de marginales más o menos voluntarios. Verstrynge tenía entonces una mujer, María Vidaurreta, que también era una adelantada: creo que es la primera mujer que recuerdo que se cambió la nariz, creando ese prototipo “una rinoplastia, una raza” que hace que cientos de mujeres que pululan por aeropuertos, platós o grandes almacenes parezcan primas hermanas tras pasar por quirófano. Apuesto a que Verstrynge fue delegado de clase; y si no era buen deportista quizá se metió en la tuna o fue jefe de los árbitros de los torneos de fútbol-sala del la facultad. En Andalucía, hubiera sido aguador, diputado de tramo o prioste en una cofradía. Él ha sido capaz de enfrentarse recientemente a la Policía como un antisistema más en la coronación de Felipe VI, y se bate el cobre en el movimiento antidesahucio. No sé si llegó a entrar en Podemos, eso se ha dicho, pero es dudoso que la estrategia de Podemos hubiera podido tragarse tal sapo. El mejor neologismo del último quinquenio -“postureo”- parece hecho para Verstrynge. La pirámide de necesidades de Maslow debería ser revisada con motivo de este inefable sujeto social.

Luis Bárcenas, tesorero del Partido Popular, es el más que probable ingeniero hidráulico de las canalizaciones del dinero líquido (y túrbido) que servía para financiar al partido, comprar voluntades, repartir mordidas y preparar sobre crujientes. Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón -un hombre antipático donde los haya, paradójicamente- acaba de coger un tren tardío de la mano de Bárcenas, al que ha hecho tesorero con aires mafiosos de un llamado Partido Papilar: aunque mi sensibilidad no me permite decepcionarme leyendo nuevas entregas de los tebeos con los que fui feliz, el abandonado Bárcenas -te quedas con la pasta, pero te comes el marrón- está marcado ya por una corrupción bipartidista que son la pestilente consecuencia de nuestra falta de práctica de la libertad civil. De origen onubense, Bárcenas tiene un aire de Tony Soprano del barrio de Salamanca, pero con más pelo, al estilo “chupetón de vaca”, ataviado de esa vestimenta señorial profusa en detalles hípicos que tanto adoran muchos españoles de buena sociedad, o aspirantes a ella.

Verstrynge invitó a su casa la otra noche a Bárcenas, que ha salido de prisión depositando una brutal fianza, y allí que cenaron los dos matrimonios, quién sabe si choricitos al infierno y pata de camaleón en tempura, a modo de entrantes, “al centro”. Quién hubiera estado allí, aunque sea sirviendo la mesa, en esa casa decorada a la izquierda divina, en cuyo perchero de diseño danés colgaría Bárcenas su abrigo camel con solapas negras. El visionado del álbum de fotos personal de Verstrynge, ya con la copita en el sofá, debió de ser como una versión de política ficción de aquel Aleph de Borges, en el que todos los puntos del universo y la historia convergían en una pequeña esfera que aparecía en el peldaño 19 de una escalera de un sótano en Buenos Aires. Pero en Madrid, España: nosotros somos tan increíbles como el Aleph.

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