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Pedro Sánchez, ‘bilderberger’

Tacho Rufino | 22 de junio de 2015 a las 16:32

UN viajero que se viste por los pies debe comprarse en su destino más o menos selecto -Manhattan, Marina D’Or, según- una camiseta de las que proclaman “yo estuve allí, lo sepas”. Pedro Sánchez, profesor de universidad de la madrileña Camilo José Cela y líder socialista español, se hubiera sin duda comprado una donde se viera claramente: “Club Bilderberg. Theft, Osterreich 2015″. “¿Pedro, eso de la camiseta qué es?”, le preguntarían en el chiringuito este verano, a lo que él respondería: “No lo vas a comprender, ya te informas por Wikipedia, coge sardina ahí”. El Club Bilderberg pasa por ser el foro de máxima exclusividad, influencia y secretismo del mundo. Una logia de escogidos, que deben jurar confidencialidad sobre lo tratado en sus reuniones, siempre en lugares de difícil acceso para curiosos o reventadores de eventos que organizan los poderosos ajenos al mundanal ruido (pero que controlan casi todo el ruido mundial, y gran parte de las nueces). Sus análisis prospectivos, las megatendencias que detectan los bilderbergers y sus recomendaciones inspiran al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional; eso se da por hecho, pero los miembros lo mantienen en la oscura incertidumbre para las criaturitas normales. Es que lo han jurado, vaya, no es su culpa tampoco.

Sorprendentemente, Sánchez estaba invitado a la última reunión anual de ese hermético club, una encerrona de cuatro días en plan Isla de los Famosos, pero sin ser tan populares como nuestros televisivos isleños. Iba a ser uno más entre ciento treinta, privilegiadamente informados, plutócratas y grandes financieros, presidentes de compañías de referencia global, jefes de servicios de espionaje, presidentes de gobiernos… y Pedro. Pero la invitación era una patata caliente, un regalo envenenado, y la declinó a última hora (hasta le fecha no se sabe quién decidió invitarlo a él, entre Michael O’Leary, el de Ryanair; el ex jefe de la CIA o Ana Patricia Botín). Y el apuesto jefe de nuestra menguante oposición debió pensar que para un izquierdista razonable como él no era el momento de andar con gente tan poco socialista: no está el patio como para seguir aguando y enturbiando la definción estratégica del PSOE. Y pidió ir de medio pensionista, un par de días. Y, claro, le dijeron: “No, muchacho, no”. Otro siglo será.

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