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Trump, directo a la vena

Tacho Rufino | 1 de septiembre de 2015 a las 18:24

Publicado en Gafas de Cerca, Grupo Joly, 30/agosto/2015

A pesar de la popularidad de la llamada ‘inteligencia emocional‘ a mediados de los años noventa del siglo pasado, la ‘antigua’ inteligencia –aquella que mide aspectos esencialmente cognitivos y no emocionales– no ha dejado de tener su lugar a la hora de medir las capacidades de las personas, de forma que, por ejemplo, la memoria vuelve a ser señalada como la capacidad más asociada con el grado de inteligencia de alguien, aunque la mera retención de sucesos no equivalga a la comprensión de los fenómenos. Sea como sea, la memoria es muy plástica, bastante maleable a gusto del sujeto recordante: a eso lo llamamos memoria ‘selectiva’. Hay un pariente patológico de ésta, rayano en la mitomanía, que consiste en diseñarse una historia de mentira y creérsela. O diseñarla para que se la crean otros. La propaganda nacionalista –pongamos la franquista o, más recientemente, la soberanista catalana—se fundamenta en ese tipo de medias verdades, realidades sesgadas y mentiras redomadas: a base de repetirlas a la gente, sobre todo a la gente inculta, acrítica o escolar, acaba el propagandista –el manipulador– haciendo una verdad de algo falso o inexistente. Todos tenemos recuerdos que acabamos narrando periódicamente a los demás como verdaderamente ocurridos, cuando lo hemos ido conformando con el tiempo a nuestro interés, quizá por inseguridad, quizá por frustración, quizá por pura necesidad de querernos y ser queridos: una frase de tu difunto padre, una heroicidad de andar por casa o por la escuela, un suceso milagroso.

Donald Trump, candidato a la presidencia de Estados Unidos, magnate inmobiliario y bocazas como él solo, es un caso de manipulador ‘desmemoriado’. Trump, que en inglés significa “carta ganadora”, no es su apellido originario. Lo es Drumpf, el apellido que se llevó de Alemania su abuelo Friedrich cuando marchó a Estados Unidos para buscarse la vida. Como se dice ahora, “lo que viene siendo mayormente” un inmigrante, o migrante a secas, que es el término más usado ahora. La carencia de memoria de Trump es en el fondo cinismo cuando repite que “todos los inmigrantes deben volver a sus países de origen”. Acerca de esto, ha circulado por internet esta semana una foto de un viejo jefe indio americano con la leyenda “En serio, Donald… ¿y cuándo te vas entonces?”. Algo sagaz y, sobre todo, irrefutable, pero hay otro asunto en todo esto que tiene mayor gravedad. Las declaraciones ultrarradicales de Trump, dirigidas a chupar cámara, no ya tienen un impacto claro en una parte de la población estadounidense que desea oír esas cosas y consumirlas por vía intravenosa, sino que fuerzan a contrincantes del propio partido e incluso el contrario a escorar hacia la radicalidad su propio discurso. Trump ha conseguido en cierta medida radicalizar al electorado en general, según la información que nos llega de allí. En un país donde los conflictos raciales afloran semana tras semana –en ésta, un periodista negro ha grabado cómo asesinaba a antiguos compañeros de cadena–, más allá de quiénes sean migrantes más o menos ‘patanegra’, el nudo del debate es más emocional que cognitivo, más enardecedor que racional. En Cataluña, con argumentos vestidos de racionalidad económica e histórica, sucede algo muy similar con el discurso de la fraternidad independentista: churras y merinas contra la innombrable, España. Con las verdades y mentiras que sean precisas ante el micrófono.

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