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‘La fisiológica’ de Maslow sube peldaños

Tacho Rufino | 16 de noviembre de 2015 a las 17:17

Los medios de comunicación siempre han tenido un gran impacto en las actitudes de consumo de las personas, y por ello y no por otra cosa existe la publicidad de masas. Con la avenida impetuosa e inexorable de las redes sociales y otras formas de comunicación entre particulares, esta influencia se ha multiplicado exponencialmente. En esa misma gran medida se han incrementado el rumor infundado, por una parte, y la reacción excesiva y hasta histérica de ciertas capas de consumidores ante malas o inquietantes noticias, por otra. Dicha influencia de las noticias –con más o menos pedigrí y con mayor o menor carga de insidia—afecta particularmente a las necesidades básicas, o sea, a las fisiológicas y a las relativas a la seguridad de uno o su familia (que Abraham Maslow situaba en los peldaños bajos de la pirámide de necesidades humanas). Dentro de las primeras, la necesidad de alimentarse se satisface por medio de múltiples ofertas de productos, con casi infinitos canales de distribución, con numerosas acciones de marketing relativas a diseño de producto, publicidad o promoción. Todo ello hace que el consumidor se sienta a veces atribulado. Y no digamos cuando las noticias, como decimos, son inquietantes para su salud o la de sus semejantes más afectos. Esas reacciones de amplias capas de la población sensibles a las noticas –a veces, meros bulos interesados—pueden llegar al pánico. Un pánico que puede poner en serias dificultades a empresas concretas, y hasta a sectores enteros.

El rumor de que el pepino cultivado en Almería era el origen de una epidemia de males gastrointestinales en Alemania colapsó los almacenes del producto y paralizó su distribución y venta. Se llevó por delante miles de jornales y requirió de una costosa acción combinada público-privada para rehabilitar una imagen corporativa y de denominación originaria dañadas de forma gratuita e injusta. El caso de la reciente calificación de cancerígeno ‘grado 1’ a las carnes rojas y procesadas por parte de la OMS es un palo de difícil evaluación para unas industrias que emplean de forma directa, y sólo en España, a más de 100.000 personas. El temor se instala en el subconsciente consumidor, y en el lineal o en la ruta del súper las personas nos inhibiremos ante estímulos que antes eran atractivos, y han pasado a ser peligrosos tras las noticias. La veracidad de las conclusiones de la OMS no debe ser puesta en duda, ni tampoco cabe pensar que con estas noticias se quiere dirigir a los consumidores hacia alimentos más “sostenibles” (para obtener un kilo de carne roja hacen falta miles de litros de agua y unos 15 kilos de cereal, por no hablar del impacto de los gases vacunos sobre la capa de ozono). Esta postergación de ciertos alimentos tradicionales por motivos de salud y medioambientales, y la dificultad y coste de comer con alimentos frescos, sanos y hasta de la propia huerta más allá de situaciones testimoniales, unido a la exigencia de seguridad alimentaria industrial con sus defectos y desnaturalizaciones, hace que los alimentos envasados de calidad tengan un brillante futuro en la cesta de la compra. Bien mirado, pocas opciones mejores hay si hablamos de llegar a segmentos muy anchos de la población. No es más que otra consecuencia de la ecuación que combina a duras penas tres variables: planeta ‘finito’, población terrícola creciente, sofisticación de las necesidades. Ah, y globalización industrial y comunicacional.

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