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FB: qué nos gusta un muerto vuelta y vuelta

Tacho Rufino | 25 de enero de 2016 a las 14:43

LA impostura es un gran tema literario y cinematográfico. El abate Vella de El archivo de Egipto de Sciascia o el Leonardo DiCaprio de Atrápame si puedes de Spielberg son personajes de aviesas intenciones que, sin embargo, consiguen la complicidad del lector o el espectador, que no siente culpa por asociarse a un granuja o a un villano si éste es atractivo. En la vida real los hay igualmente fascinantes, si dejamos de lado la catadura moral del impostor, como es el caso de Enric Marco, que fingió durante treinta años haber sido recluido en campos de concentración nazi, llegando a presidir una asociación de víctimas del exterminio, para que así su “gran talento tuviera mayor eco”, como confesó. Todos de alguna manera somos impostores fijos discontinuos, como los maleteros que contrata Iberia en Mallorca. Si somos de poca etiqueta, lo damos todo en el intento de transformarnos en las bodas en señorazos o grandes damas, con discutible tino en la mayoría de los casos; nos travestimos de granjero inglés para darnos pisto señorial en la misa de ocho o nos damos un baño de estética hippy para disfrutar de un fin de semana en Zahara o Esauira, y hasta echamos unas caladitas de porro a unas malas.

Ahora a esto se lo llama postureo, que aceptamos como animal semántico de compañía por tener resonancia de impostura; una impostura de bajos vuelos y normalmente inofensiva. Las redes sociales son una forma óptima de cincelarse una historia personal ideal y un perfil de gustos, cultura o sensibilidad que poco o nada nada tenga que ver con nosotros. Colgamos artículos sesudos de los que no entendemos ni papa, y damos likes tácticos. Ésta ha sido la semana de las adhesiones inquebrantables al finado David Bowie. Todos hemos sido David Bowie, y lanzar un lazo de dos colores como los de los ojos del músico londinense hubiera sido un probable pelotazo postural. “Un grande”, “Una pérdida irreparable”, “Genial y único” podía leerse apostrofando un vídeo con Freddie Mercury o una grabación de Space Oddity (le he llegado a coger asquito a esta estupenda canción). Amar repentinamente a Bowie y alegar sufrir su pérdida casi como Iman, su mujer, ha sido un trending topic, un bastinazo de marketing personal que no cuesta esfuerzo ni dinero. Pero un clavo saca a otro clavo, y la muerte de Alan Rickman, el profesor Severus de Harry Potter y el capitán Brandon del Sentido y sensibilidad de Ang Lee, ha dejado obsoleto el obituario de Bowie. Qué nos gusta un muerto vuelta y vuelta en el Facebook, que dice mi amiga y contacto Pilar.

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