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Gigantesco e inquietante

Tacho Rufino | 27 de septiembre de 2016 a las 9:28

Una consecuencia de las depresiones económicas es que los colosos acaparan mucho más mercado, clientes, ganancias y poder

 

LA semana pasada, un dato publicado por The Economist (The superstar company. A giant problem) nos movió a la preocupación: en Estados Unidos, el número de compañías pequeñas altamente innovadoras y de rápido crecimiento -llamadas startups- es menor ahora que en 1970, porque sus promotores venden cada vez más rápidamente a quienes van acaparando el mercado de forma peligrosa para la competencia y para la legitimidad social de los gigantes… que cada vez son menos y más gigantescos. Otro inquietante dato complementa a éste: si los gigantes puramente industriales de aquellos años 70 valían en el mercado 36.000 millones de dólares y empleaban a un millón doscientas mil personas, el valor de los gigantes tecnológicos de hoy sitos en Silicon Valley es de un billón español de dólares -casi treinta veces más-y emplean a diez veces menos gente. Es decir: ganan mucho más que las viejas manufactureras y emplean mucho menos. O sea, acaparan mucho más poder. Por esta línea, la gran compañía -desenfadada y vestida con blue jeans, eso sí- dominará el mundo y tendrá dominada a la política y a las instituciones públicas. Siempre lo ha hecho: el problema es la intensidad desmesurada de su poder creciente.

Una consecuencia de las depresiones económicas es que los colosos acaparan mucho más mercado, clientes, ganancias y, lo dicho, poder: los restos de la batalla y los territorios y bienes de los perdedores caen en sus manos a precio de saldo. ¿Qué puede tener de bueno que haya enormes holdings? Que pueden desarrollar mejores productos y servicios a precios asequibles, y con ello, se nos dice, mejoran nuestras vidas. En el otro lado de la balanza, los pasivos y peligros de los gigantes son más y mayores que los beneficios sociales de su existencia: son clientes preferentísimos de bancos en paraísos fiscales, y así evitan impuestos para los Estados donde obtienen sus ganancias; practican la facturación cruzada entre sus empresas para evitar también pagar impuestos, concentrando sus ingresos artificialmente en países de baja tributación, como Irlanda; hacen presión denodada con sus lobbies -por ejemplo en Bruselas, una Roma moderna-con lo que condicionan la legislación y la política o la justicia. Y fagocitan en origen a los pequeños: los compran por millonadas, y hacen suya sus innovaciones… o las dejan morir en un cajón, dando salida a lo más rentable. Si el economista austriaco Schumpeter acuñó, por estos y otros motivos, aquel “Lo pequeño es bueno”, cabe aplicar el conjunto complementario: “Lo gigantesco es malo”.

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