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La prima se arrima, pero no a cualquiera

Tacho Rufino | 4 de octubre de 2016 a las 7:20

Los traumas nunca cicatrizan del todo, y por eso nos parece que fue ayer cuando España se vio azotada por la crisis económica más virulenta que hayan sufrido la mayoría de los españoles vivos. Sin embargo, la Gran Recesión se bautizó hace ya casi una década, y hoy padecemos el descenso a segunda división. Comenzamos por aquel entonces, acongojados, a descubrir términos económicos y financieros como en un máster exprés y experimental, a base de bocados de realidad cruda, sin anestesia. La estrella de estas letras extrañas que entraron con la sangría del paro, la mortandad de empresas, los recortes públicos y las drásticas bajadas salariales fue la llamada prima de riesgo. “Dame media bien pasada para aceite y mi café, Luis, por favor”, y Luis te soltaba, sin que hubieran dado ni las ocho: “Vaya cómo está la prima de riesgo, el bono está por las nubes, los inversores no creen en nosotros, ¿tú crees que nos acabarán rescatando? Fíjate Grecia, Irlanda y Portugal”, ”Quién sabe, ¿tienes un dientecito de ajo?”. La prima de riesgo, dicho en corto, es un plus de interés que los títulos públicos con que el Estado se financia deben pagar para que un inversor te los compre. Recordarán cómo aquella prima llegó a estar en más de seiscientos puntos básicos (si no se acuerda de ese parcial del máster, da igual: una burrada que hacía visible la alargada sombra del rescate exterior, de la entrega de las llaves del país). Digamos pues que la prima de riesgo es un termómetro que mide la salud de una economía, su liquidez y solvencia.

Ahora, la prima se nos arrima de otra manera mucho más cariñosa. Se ha reducido a la sexta parte, aunque ello nos haya costado eso, empobrecimiento y degradación de lo público (y de lo privado también). Sensible a la política que es ella –y condicionante, a su vez, de la propia política–, nada más caer Pedro Sánchez de la cumbre del PSOE, ayer se redujo a un mínimo histórico, por debajo de los cien puntos. Un puntazo. Parece que los inversores temían un gobierno de izquierda con Sánchez hermanado con Podemos, y estaban espantados con la incertidumbre gubernativa. Nada hay tan conservador como el dinero. Pero no nos engañemos demasiado: eso que llamamos inversores es en realidad un sistema de influencia en las políticas nacionales que no sólo se mueve por miedo o incentivo, sino que la moldean. Condicionan, influyen; usurpan y suplantan, si prefieren. De pronto, reaparece la prima en nuestras vidas, toda delgada y sicalíptica. El apuesto Pedro no era su tipo.

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