Conciliación y salarios: un PP socialdemócrata

Tacho Rufino | 20 de diciembre de 2016 a las 17:36

En política se usa la palabra sorpasso (adelantamiento) cuando una fuerza política se hace hegemónica o arrebata a otra sus nichos electorales, e incluso su discurso. Julio Anguita la importó de Italia, donde el Partido Comunista de Berlinguer comenzó a usar el término ante la expectativa de desbancar a la Democracia Cristiana. Aquí la utilizamos más para la ocupación de territorios electorales ajenos; últimamente, por el adelanto que por la izquierda le ha dado al PSOE la constelación Podemos. Pero ahora, ante la debilidad del Partido Socialista, también el Partido Popular pugna por darse un barniz socialdemócrata, apretando desde la derecha el feudo menguante de su rival tradicional de la izquierda, mientras que la facción errejoniana de Podemos aspira también a esos pastos: adelantamiento, pinza y asfixia. Los últimos mensajes constrictores del partido en el Gobierno los ha lanzado esta semana: “Toca ahora subir los salarios”; “hay que acabar de trabajar a las seis de la tarde”. Bellas propuestas. Sucede que no está en manos de Gobierno alguno imponer ni una ni otra cosa. Cabe pues concluir que son brindis al sol, e incluso poses de claro tufo populista, como afirmaba en Abc Ignacio Camacho esta semana: todo se pega si da réditos electorales. Las propuestas van dirigidas a atraer al votante atribulado del PSOE ante una eventuales elecciones de verano del año entrante. “Le arrebatamos la bandera del salario y la de la conciliación, será un pelotazo. Se cabrearán nuestros votantes más azules, pero ellos nunca se acaban de ir”, nos maliciamos que se dirían en la calle Génova.

“Bañez, salta al campo: éste es tu nuevo negociado”. ¿Puede un Gobierno regular los horarios de las empresas privadas? ¿Puede hacerlo de la mano de un muy desustanciado Ministerio de Trabajo, subordinado a las carteras económicas? ¿Puede hacer dicha limitación horaria extensible a actividades empresariales o comerciales de clara naturaleza tardía o nocturna? La respuesta es no a las tres preguntas. ¿Es España un país donde el echahoras sigue estando bien considerado y donde grandes empresas presionan por sistema a sus empleados para quedarse un tiempo extra diariamente, sin necesidad ni recompensa, e improductivamente? Pues sí, España en eso es different que te mueres. Somos más improductivos precisamente porque el denominador del cociente de productividad -el tiempo-es arbitrariamente alto, y contrario a lo que se llama conciliación laboral. No sé si dormimos más que un alemán, que va a ser que no, pero desde luego trabajamos muchas más horas. Pa na, generalmente. Otra cosa es que haya gente a quien volver a su casa a media tarde le espanta. Que de eso también hay. “Como en la oficina, frente a mi Excel y sin familia, en ningún lado”. Conocerán a alguno.

Es una buena idea provocar, aunque sea con ocultas miras electorales, un debate y una cierta negociación a cuantas más partes mejor (Gobierno, autonomías, sindicatos, empresarios, grandes empresas, gurús de posgrado o de best-seller) sobre estos asuntos, salarios y horarios. No tenemos mucha costumbre de pensar en grupo en los últimos tiempos. Pero el Gobierno puede sólo subir el salario mínimo o limitar los horarios de los empleados públicos (no de todos). No puede ni debe entrar en decirle a las empresas y a sus empleados cuándo deben trabajar: sólo vigilar y penalizar la infracción o el abuso. Uno, permítanme, no se cree nada, y mira que estaría bien que, entre semana, todos fuéramos, según gustos, al cine, al zumba, al taller de escritura o al de tantra-yoga y a hacer los deberes con júnior. Pero eso es una cuestión evolutiva. No se impone. No es ni siquiera legal.

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