Cuanto más frío, más cara nos cobran la luz

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:21

Quizá le haya llegado esta semana la imagen de Angela Merkel y Christine Lagarde, ambas carcajeándose; una foto de alguna cumbre, con un texto chistoso sobreimpresionado: “Y van y el día más frío del año les ponen la electricidad al máximo precio histórico”, “Pero ¿qué me estás diciendo?, “Tal como lo oyes”, “Me parto”, “Y Yo”. Y bueno, el texto es en esencia verosímil: el sistema que rige para facturar los consumos de electricidad en España desde 2009 establece, entre otras muchísimos conceptos e intríngulis, que los kilovatios se facturan a un precio que se establece en una subasta casi simultánea al consumo familiar o corporativo. De forma que si en la subasta en la que contienden los operadores de generación y distribución los precios son altos, en nuestra factura nos cobrarán caro, y viceversa. Sucede además que los citados operadores -mayoristas y minoristas- tienen vínculos de sangre, son hermanos o amantes: su estrategia es coordinada. Algo que ya es feo de suyo. Feo para la competencia y para los derechos del consumidor. Por este sistema en vigor, a cuenta de esta semana nos facturarán un precio el doble de caro que el año pasado: entonces, gracias al cielo, no hizo tanto frío. Poco se ríen la kanzlerin y la directora del FMI del meme.

Al hacer más frío y haber mayor demanda -nos aseguran- los costes de generación y distribución se disparan, y por tanto nos tienen que cobrar más caro (con candidez, y con perdón: ¿por qué no ponderar y redistribuir en el tiempo esos picos para no hacer tan abruptas y manipulables las facturas?). Y cierto es, démoslo por tal, que todos los planetas de coste se han alineado en contra de la calefacción privada, haciéndola objeto de lujo y culpa. Hemos hecho -a la fuerza ahorcan, es el bolsillo- un máster de una semana, con permiso de los gurús energéticos que saben tela de facturas de electricidad y demás, chamanes de moda al albur del lío liantísimo de la facturita de marras: que si las nucleares francesas cerradas, que si el frío sin viento y las renovables, que si los embalses que están cortitos, que si el precio del gas y el petróleo, que si la oferta y la demanda, que si los impuestos y alquileres en la factura tiene mayor peso que el kilovatio por euro. Pero muchos sospechamos que aquí nos han metido un gol (o sea, la mano en el bolsillo). Y, sea o no esto cierto, que las instituciones públicas no van encima del caballo energético, sino arrastradas de su estribo. Que no defienden a la gente, ante la necesidad de calefacción que hay. ¡En la duodécima potencia industrial del planeta!

Si feo, como decimos, es que haya promiscuidad antimercado entre los operadores, más feo es que el ministro de Energía declare, tenso y sobrebio, que “si hay algo extraño, lo veremos esta tarde [en la comisiónde tal y cual]: reactivo, no proactivo; arrastrado y no gobernando una obligación clave, la energía. Dejemos por un momento fuera del análisis lo antidemocrático de las puertas giratorias, por las que algunos ministros del ramo esperan hablar un día con el dios de un consejo de adminsitración opíparo. Pero mueve a la depresión y al descreimiento, de nuevo, la pasividad y debilidad de un regulador como la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), que según sus estatutos es “el organismo que garantiza el correcto funcionamiento, la transparencia y la existencia de una competencia efectiva en todos los mercados y sectores productivos, en beneficio de los consumidores y usuarios.(…) es un organismo público (…)”. Adivinen quién sí ha tomado cartas en el asunto: la Fiscalía. Menos mal que nos queda la Justicia, la tan criticada y denostada Justicia, que aparece como la última ancla ética y ejecutiva en asuntos fundamentales. Como la corrupción y los oligopolios de facto. Gracias.


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