Macro y micro

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:09

Echando la vista atrás te topas con expresiones que solíamos decir y que resultan hoy de lo más naïf. Caída en desuso, no poca gente, hace años, adoptaba una pose de independencia con la expresión “Yo soy apolítico”. Se trataba sencillamente de falta de criterio, o de una forma de no complicarse la vida: la política, después de tantos años de dictadura, era algo sospechoso si no pecaminoso. “Haga como yo, no se meta en política”, le dijo el general Franco al entonces Príncipe de España. En las circunstancias actuales, no interesarse por la política es no ya un fingimiento, sino un acto de docilidad social y de pereza intelectual. No hablamos de dar la brasa a los demás en momentos de ocio, sino de tener vocación de marioneta, de titiritero o al menos de cínico descreído.

Cabe decir algo análogo del muy vigente comentario de desinterés sobre “la economía”. “No entiendo esos artículos, decís cosas muy complicadas”. Es de mucho temerse que quienes esto te espetan no lo intentan siquiera: carecen de interés por informarse sobre cosas tan incomprensibles como el efecto que tiene Draghi en los intereses de su hipoteca, por la carga de impuestos que llevan los 60 euros de lleno en la gasolinera, por lo que le va a quedar de paguita cuando se jubile, por cómo va a subsistir en el desempleo crónico, por el fuego financiero entre administraciones públicas, por la calidad de nuestros representantes empresariales. “Qué pueden importarme esas prosaicas nimiedades: nada hay más allá de la Teoría de Cuerdas para mí”. O de Cristiano Ronaldo y el narcótico en vena de los talk shows.

Está muy in criticar al Gobierno por no preocuparse “por los verdaderos problemas de la gente”, expresión muy frecuente en los líderes de la izquierda con mayor querencia al púlpito. Como si la acción de política económica a la grande o macroeconómica no fuera labor básica de un Gobierno: las decisiones sobre, por ejemplo, el nivel de los impuestos son determinantes para la vida microeconómica de individuos y empresas. Es cierto que el corpus investigador de la Economía está en muchos casos más pendiente de la hilera promocional del investigador que en nada realmente útil para la comunidad, y que se han otorgado premios Nobel a dos economistas que concluyen justo lo contrario sobre un mismo asunto, por no hablar del dontancredismo de la mayoría de los analistas cualificados ante la avenida de Gran Recesión. Pero con la que cayó y sigue cayendo, el desinterés por la economía es casi equivalente al desinterés por la propia salud.

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