Violencia contra la mujer: “Algo le haría”

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:08

El dentista era conocido de un conocido. Ese día, hará ya veinte años, se había sabido de otro asesinato. La ansiedad que causa la espera boca arriba movió a la pregunta: “¿Os habéis enterado de la mujer a la que ha matado su marido cosiéndola a puñaladas?”. Jeringuilla en ristre, el dentista no dudó: “Algo habría hecho ella”. El paciente recibió el pinchazo sedante, la picana y el yeso, pagó y ya nunca volvió a aquel gabinete pulquérrimo regentado por un animal con estudios. Él argumento sigue vigente para muchos: no es que se merezcan que las maten, pero algo habrán hecho para sacar de sus casillas al macho. Le pondría los cuernos. Le haría luz de gas y lo volvía loco. De algún tipo de manzana envenenada proveería al marido, la muy serpiente. Así, a priori: “Algo le haría”.

Sólo se salvan de ese juicio tan común la madre y la abuela de aquel dentista y de otros que piensan igual. Y las propias hijas, si las tienen. Pero, en fin, no todas son putas y malévolas, sino que mueven a la locura transitoria a sus hombres. Es ése un pensamiento bastante común, aunque no se verbalice de forma generalizada como se haría cuarenta o cien años atrás. En realidad, toda una historia: desde la propia Biblia. Por no hablar de otras religiones varadas, como el islam, desde donde algunos imanes siniestros recomiendan una paliza a la hembra de vez en cuando: resulta saludable para la estabilidad familiar. Aseguran que el propio Gandhi era agresor en su hogar.

Muchos de nosotros, hombres, llevamos en un oscuro rincón del alma una propensión a utilizar la violencia ante la inseguridad; también la que pueda generarnos un amor podrido, o ante el miedo a que ella nos deje o nos humille. Y muchos más nunca hacemos comentarios de dolor, espanto o mera compasión ante los cotidianos asesinatos y brutales agresiones de mujeres a manos de sus parejas. No sólo en parejas socialmente marginales, no sólo indigentes o yonquis, no sólo inmigrantes desgraciados. También sujetos de lo más normales: “Era un hombre muy amable; saludaba siempre cordial, no nos lo podemos creer en el barrio”. El alcohol y, sobre todo, su combinación con drogas como la cocaína están detrás de muchos de esos apuñalamientos en los que un tipo mata a la madre de sus hijos o de otros niños, y ya de paso asesina a las criaturas. Muchos de nosotros, a pesar de ver tres noticias breves con el mismo esquema de asesinato pasional en la misma página de periódico de cualquier lunes o jueves, callamos. Como putos. Y hasta, en nuestro interior más inquietante, lo justificamos.

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