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Andalucía no es una isla bonita

Tacho Rufino | 1 de abril de 2012 a las 16:55

ESTAMOS en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor…”. ¿Recuerdan el inicio de las historias de Astérix? Pongan 2012 después de Cristo -en concreto, el 25 de marzo-, cambien Galia por España e irreductibles galos de la Armórica por andaluces. E invasores por Partido Popular, tenido por el partido del recorte y, sobre todo, de la reforma laboral que dejó todo el poder de negociación al empleador. El mapa de gobiernos autonómicos se pinta, además del amplio azul y el rojo galoandaluz, con los nacionalistas vascos y catalanes. Bien puede ser ésta la visión de algunos vencedores del PSOE y de Izquierda Unida: resistiremos a los neoliberales desde la izquierda. Para el PP (que es el partido más votado en Andalucía, no lo olvidemos), en esta triste victoria hay una oportunidad: tener no sólo a nacionalistas con reclamaciones soberanistas en la mesa de negociación territorial, sino también a alguien simplemente del otro bando, alguien con quien cambiar estampitas. Mírenlo así, seguro que Rajoy ya lo hace.

Otro paralelismo de nuestra realidad con la ficción. Seven, protagonizada por Brad Pitt y Morgan Freeman, dos policías que investigan unos insólitos asesinatos en serie relacionados con los pecados capitales. En uno, el asesino le desfigura la cara a una modelo, famosa por su rostro. Le da dos opciones: un teléfono en una mano, para llamar a una ambulancia y sobrevivir, aunque ya sin su bella cara; un bote de pastillas en la otra, que le provocarán la muerte si las toma. Ella toma las pastillas, simbolizando el pecado de soberbia. La bella chica es Andalucía; el asesino es -con perdón, hay que forzar la metáfora un poco- las elecciones autonómicas; la mano (derecha, claro) es la del teléfono para soportar los recortes, o sea, el Partido Popular; la mano izquierda es el veneno que nos llevará al inmovilismo y a la muerte global. La chica -mortal soberbia- escoge suicidarse. (Y sin embargo, la soberbia más encendida y mal disimulada ha sido la de quienes han insultado a los andaluces como tarados genéticos sólo porque las urnas no le han dado los suficientes votos a su partido, sino sólo la mayoría simple. Gente de otros sitios que con tanto hablar sólo usan clichés, que emiten la palabra comunista como quien echa un escupitajo, como en la posguerra. Y, peor, exiliados interiores que ven frustrada su victoria y, en su caso, su cargo. Gente que se siente alienada en su tierra, blancoswhite de andar por casa que se desmarcan de la gente corriente.)

Si fuéramos alemanes, haríamos una Gran Coalición entre las dos fuerzas mayoritarias. No lo somos, y por eso tal cosa no ha sucedido nada más que para parar al independentismo vasco radical durante un tiempo. Ni siquiera es de esperar que el PSOE tienda la mano al PP para un acuerdo genérico en asuntos clave para la región (tampoco hubiera sido de esperar en el caso de que se hubiera producido la mayoría absoluta popular). Izquierda Unida cogobernará, y para ello debe superar su esencia fragmentada y estatalista, su alma de rebelde sin responsabilidades, su comportamiento como de ONG cuyas bonitas palabras se las llevara el viento; y poner en liza gente limpia y preparada. Griñán debe cortar de raíz la posibilidad de que Andalucía sea identificada con una tierra aislada e insumisa. Puede gobernar, tiene pocas hipotecas, él estaba amortizado. Pero la economía regional es una matrioska pequeña dentro de la matrioska estatal del PP, y ésta a su vez está en el seno de una matrioska cicatera y desconfiada llamada Unión Europea. Por último, está la gran matrioska de los mercados financieros, que castiga los comportamientos presupuestarios malos. La globalización ha hecho del conducto reglamentario militar una forma de relacionarse los territorios. No somos una isla, y jugar a serlo es insensato. Soberbio, suicida.

Todas las manos, todas

Tacho Rufino | 27 de marzo de 2012 a las 11:31

La Demoscopia ha desbancado a la Economía y a los economistas en el número dos del muy extraoficial Ranking del Descrédito Profesional (el número uno lo ocupan con firmeza los políticos). El despiste generalizado de las empresas que sondearon la opinión de los votantes al Parlamento de Andalucía ha sido muy perjudicial para la candidatura de Arenas, a quien ha inducido probablemente a acometer una campaña conservadora en las formas y las apariciones públicas. “Ay, quién pudiera dar marcha atrás y participar ahora un buen debate en Canal Sur”, se dirá el líder regional del Partido Popular, quizá futuro ministro de algo. Nadie imaginaba que el PP perdería tantos votos, que el PSOE perdiera tan pocos y, sobre todo, que Izquierda Unida obtuviera tal y tan decisivo número de apoyos.

No voy a entrar en las lacras y vicios derivados del apoltronamiento y abuso de poder que se dan aquí con mayor intensidad que en algunas otras regiones. El PSOE, de hecho, ha perdido votos a puñados. Me llaman la atención las reacciones intolerantes, algunas muy significativas. Que los malnacidos racistas habituales, los campañistas, los historiadores de memoria selectiva y demás reticentes a aceptar las reglas de la democracia califiquen a Andalucía de inmovilista, subsidiada y condenada a la muerte global era de esperar. Lamentablemente, esa actitud denigradora y visionaria rebrotó antes de ayer y aún ayer coleaba entre muchos votantes de derechas (incluidos los muy de derechas camuflados en partidos autodenominados reformistas). Votar a la derecha es tan normal como lo prueba el hecho de que la mayoría absoluta que vota en España es de derechas. Pero insultar a un pueblo entero, y, lo peor,  insultarse a sí mismo para sentirse diferente y exiliado interior, eso, resulta patético. “Yo me iré de aquí en cuanto pueda”, “Somos la vergüenza de España”, “Esto es el fin”, “Reniego de mi tierra” y otras cosas por el estilo son propias de incapaces metidos a sabelotodos. Que lo diga un rabioso nacionalista catalán (o un engreído centralista madrileño) que cree dar la teta a cada andaluz con sus propios pechos de productividad, eso entra dentro de lo tristemente normal. Que lo haga un paisano es repelente. Depreciar a quien vota es repelente. Prefiero a un caudillista declarado que suspira por un golpista a un renegado mal frustrado; y a uno que defiende a las claras que eso de “un hombre, un voto” es un artefacto jurídico insensato a uno que mimetiza su halconismo con un plumaje de paloma de la redención quirúrgica, haciendo de sus expectativas un axioma (perdonen el lenguaje, lo pondré también de otra manera: “El sacrificio –no el mío, claro; yo quizá mejore—es la única vía de salvación de esta tierra, y eso pasa por votar a quien yo voto”.

Lo del subidón de Izquierda Unida es lo más significativo de estos comicios. Probablemente, tengan razón ellos, los de IU, cuando anuncian un brote de cambio que se dará en mayor o menor medida en el país. Progresivamente, como puede estarse larvando en Europa. La reforma laboral ha sido, en efecto, extremadamente agresiva: si su empresa demuestra –he sido contable, y no lo veo complicado de demostrar, la verdad– unos pocos meses de desaceleración de los beneficios, puede echarlo a usted con veinte días de indemnización por año trabajado, sin rollo de Magistratura ni nada. Eso es demasiado. Demasiado injusto y demasiada carga para el Estado que debe pagar las prestaciones. Izquierda Unida simboliza a un creciente número de desencantados y, en mayor medida aun, de atemorizados. Puede que el ciclo revierta –suele pasar, por cierto, antes o después—y también en política estemos asistiendo a un cambio de tendencia en el voto. Los conservadores –insultados ya por tecnócratas sin respaldo democrático, como Mario Monti ha hecho con Rajoy— deben tomar nota. La poda no es gratis, y la sensibilidad es importante en los cambios. Debemos ofrecer sacrificios a Europa. Yo estoy de acuerdo con ese principio: es de cajón que no podemos soportar los mismos gastos con menos ingresos, sin crédito y con un alto nivel de deuda por amortizar. Pero no echar cal viva sobre la actividad económica. Crea lo que cada uno crea, la gente –los votantes indiferenciados– va a rechazar en la calle y en las urnas un “sangre, sudor y lágrimas” crónico.

El PSOE tiene que convivir con las exigencias de IU. Queda descartado un pacto a la vasca permanente entre los dos partidos más votados, PP y PSOE. Griñán está acreditado para acometer reformas importantes en los presupuestos públicos, y debe cambiar el chip electoral antirrecorte por una posición responsable con su tierra (bueno, con Andalucía). Recortar es necesario; la clave está en la intensidad, en el lugar y en el ritmo: en el plan, el programa y en el cronograma. Nadie debería suspirar más aliviado de la cuenta. No podemos soportar lo que ahora es insoportable. Manostijeras feroces, vade retro, ok. Pero, cazadores con pólvora del rey, vade retro también. No olvidemos que Andalucía tiene que cumplir unos objetivos: Europa aprieta a Madrid, Madrid aprieta a las autonomías. Hay gestión por hacer, y hay muchísima. Y la calle no va a dar crédito sin limite a quienes gobiernan, sean del partido que sea, porque todo partido debe ser ecónomo y diligente con el manejo de las cuentas públicas. El PSOE de Andalucía, también. Debería de hecho tender una mano al ganador-derrotado, el PP. Eso sería un grandísimo pelotazo informativo. Yo, entonces, me reconciliaría no ya con mi tierra (de la que no reniego porque no), sino con la política, con la demoscopia, con la economía y hasta con el futuro.

Por si a alguien le interesa, yo no he votado al PP, ni al PSOE ni a IU. Yo no he votado a nadie. Ya me hubiera gustado.