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Sin tretas no hay paraíso

Tacho Rufino | 5 de julio de 2010 a las 21:09

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SI sólo trabajamos en los costes, acabaremos muriendo de inanición; sin capacidad de maniobra el Estado, sin capacidad de consumir (ni de ahorrar) los particulares y, en parte por ello, sin capacidad de invertir las empresas por falta de financiación. Por eso, toca trabajar en los ingresos, una vez que se le han dado tajos importantes al gasto y a la inversión pública y privada (y los que quedan: nuestros acreedores, las inefables agencias calificadoras y los fondos y bancos mundiales tienen miedo y no están satisfechos). La máxima que escuché a Lázaro Eduardo, conductor de bicitaxi habanero y hoy camionero en España, es de aplicación aquí hoy, quién lo iba a decir: “Por el dinero no te preocupes, que dinero no hay”. A pesar de ello, a la Hacienda española le toca bailar con dos feas de manual. Una, la economía sumergida que, delitos aparte, ayuda a muchas familias a tirar para adelante: si la calle no está tan dramáticamente mal como lo están las cuentas oficiales, ¿por qué será? La otra, los regates de los grandes capitales transhumantes por el orbe, regates que cada vez resultan más incómodos a sus titulares. Éste ha sido uno de los temas positivos de la semana; no para dichos titulares de cuentas opacas, claro está. En esencia, el despiste de capitales ha dejado de ser ignorado. Primero, y básicamente, porque los estados necesitan dinero para sobrevivir, de una forma más acuciante que nunca en decenas de años. Quieren que los dineros obtenidos aquí permanezcan aquí ayudando a regar la macetita de todos, que está seca, sin llegar aún a yerma. Segundo, porque existe un interés común en este sentido: británicos, estadounidenses, alemanes, italianos, españoles y franceses, entre otros, están por la labor. Antes, vacas gordas mediante, no lo estaban o no parecían estarlo, al menos con una voluntad efectiva de coordinarse para que quien fiscalmente debe pagar en su país -y revertir parte de sus ganancias en la tesorería agregada nacional- lo haga. Y no obtenga refugio en cuevas de bucaneros de alto copete, palmera y tortuga en aguas turquesa… o entre montañas y valles verde-dólar (Andorra, Liechtenstein). De hecho, España acaba de llegar a un acuerdo con Andorra para informar sobre estas cuentas de dudoso origen y clarísimo objetivo (evadir impuestos). Y es que en este empeño sí hay dinero; dinero de verdad, que puede apuntalar algún forjado dañado de la casa presupuestaria pública. El cerco sobre los paraísos fiscales no lo cierra tanto la voluntad de detectar los grandes dineros del narcotráfico, el terrorismo y la prostitución (que, junto con otros capitales menos siniestros abundan en esos lugares que -abracadabra- no necesitan presupuestos públicos), sino la necesidad de generar ingresos públicos que no sólo se produzcan apretando a los de siempre… que también.

Si arriba hablábamos de intereses comunes, ahora debemos hablar de intereses recíprocos. A los estados les urge eliminar su déficit, y a los capitales ocultos les resulta cada vez más difícil estar a salvo, también porque hay cada vez más paraísos fiscales, como Suiza, que no quieren ser reconocidos como estados-tahúres de guante blanco. El Estado (España, por ejemplo) amnistía a los hijos pródigos del taco, y los hijos pródigos, en reciprocidad por el perdón, se comprometen a repatriar sus fortunas y mantenerlas en donde debieron siempre cotizar y nutrir a la economía (la particular, claro, pero la colectiva también). Italia consiguió así el año pasado que volvieran 80.000 millones desde San Marino. Muchos técnicos de Hacienda, muy quemados, exigen inflexibilidad: que paguen lo que deben y punto. Sea como sea, los paraísos fiscales, ya sin tretas criminales, se reconvertirían en “espacios de baja tributación”, pero no opacos. De nuevo en este caso, una de las caras positivas de la crisis es la voluntad de establecer una regulación común que deje en fuera de juego las distracciones (ilegales) de quienes más parte obtienen (legal o ilegalmente) del pastel.

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(Ilustraciones: Adán y Eva, de Durero; viñeta de El Roto de El País)

P.S.: Debería haber mirado en Google antes de publicar este artículo en papel el sábado para detectar alguna coincidencia en el jueguecito de palabras que da lugar al título, pero no lo he hecho hasta ahora. Así que meto “Sin tretas…”, … y hay tal coincidencia, claro: nada menos que con un sketch del humorista Juan Mota. En fin, no es tiempo de exclusividades. Internet es como los ADN: acerca casi al 100% la condición genética a espcies tan diversas como la rata, la ameba y el hombre. No me importa ser yo la rata en este caso…

La economía busca una salida… sumergida

Tacho Rufino | 18 de mayo de 2009 a las 18:07

En épocas de crisis, además del paro, la morosidad, el déficit público o los EREs, hay cosas que, aun creciendo, no son tan negativas como aquéllas. En concreto, la economía sumergida: ilegal o alegal, pero economía (se valora en un 20 por ciento del PIB, que, claro está, no se contabiliza en tal PIB). La economía, como el agua, siempre busca y encuentra una salida. Cuidado, no estoy defendiendo que la gente no se dé de alta para ejercer una actividad, o que no declare las horas de pluriempleo que echa aparte de su trabajo habitual; ni tampoco la “evasión” de impuestos y cotizaciones que esto supone, ni muchísimo menos el hecho de que se emplee a gente sin darla de alta ni garantizarle seguridad y otros derechos. Pero igual que la construcción es una vaca flaca pero es nuestra vaca, la economía sumergida es, a la postre, economía. Según oportunos estudios, la economía sumergida -muy difícil de calibrar, por algo se llama como se llama: no “se ve”- parece estar creciendo como la espuma, en un porcentaje superior al del descenso del PIB (magnitud en la que, ya decimos, no computa la actividad económica informal, aunque se valora la producción oculta en cerca de un 20 por ciento del PIB en el caso español). Y eso, en cutre, no deja de ser una compensación positiva: lo que se evapora en la economía formal -el PIB- se condesa en la informal. El Gobierno, además, parece estar dispuesto a hacer la vista gorda, más en lo fiscal que en lo laboral. De hecho, desdice a los inspectores de Hacienda, cuyo portavoz, Francisco de la Torre dice que no habrá más medios para vigilar el aumento de las actividades fuera del control público (en Estados Unidos, Obama ha creado 900 plazas nuevas de inspectores, con el objetivo de controlar esta forma de fraude).

La crisis, en suma, supone un envilecimiento social, un paso atrás de las relaciones entre Estado, personas y empresas. Sin embargo, no creo que lleguemos a ver realizada la tesis del último libro de Vicente Verdú (Capitalismo funeral, ahí es nada), agorero al máximo, según quienes lo han leído. Verdú dice que la crisis es un escenario muy muy parecido al de una posguerra. No adelantemos el cataclismo empujando con los peores augurios posibles: la realidad es de por sí bastante jodida, y disculpen la expresión.