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Cariño, tenemos que hablar

Tacho Rufino | 15 de septiembre de 2012 a las 18:37

NOS lo ha dicho Cataluña, desde el mismo Gobierno, a todos los españoles, sobre todos a esos sureños que tanto hartazgo causamos al oportunista -o sea, político- Artur Mas: “Cariño, tenemos que hablar”, esa frase que suele preceder al proceso de divorcio por desamor. Los amores -y los desamores- tienen mucho de conveniencia: “Por el interés te quiero, Andrés”, dice otro adagio, muy malvado pero no por ello menos cierto. El interés no sólo se alimenta de pesetas. Sin dudar del amor romántico, tan maleable y frágil, no podemos tampoco dudar de que en toda relación existen intereses compatibles, recíprocos y contrapuestos. De todo ello, del ambiente y las circunstancias, del tiempo y la cercanía, y de mucho más, nacen y se nutren las relaciones. Cataluña es todavía parte de España, y lleva siglos siéndolo, pero una mayoría de los catalanes dice hoy querer la independencia de España. Un servidor, vaya de entrada, es partidario del referéndum de autodeterminación. Cuando tu pareja te dice “cariño, tenemos que hablar”, la suerte está echada. Prepararse para negociar es obligatorio.

Esta semana, un país atribulado, vapuleado, medio en ruinas y achacoso ha recibido la bofetada del desamor; suele pasar que esta acometida te impacte cuando estás pasándolo realmente mal: “Ya no te quiero; en verdad, nunca te quise salvo cuando no tenía más remedio que estar contigo o me vino bien. Siento ser tan dura, cari, pero mejor hablar claro”. Un clásico. Muchas interpretaciones se han dado al paso de Rubicón catalán: su propio Gobierno ha violado el tabú de ser independentista pero sin decirlo. Hay españolistas acerados -no los obviemos, esa gente que toca la fibra fácil pero no ayuda nada- que dicen que ellos también están hasta las ingles del victimismo egoísta catalán, que se vayan de una puta vez, que en la Constitución reza que el Ejército puede y debe actuar, etc. Muchos, con razón, se huelen la tostada del arribismo oportunista de CiU y la burguesía catalana, profesores de escuelas de negocios a puñados, hasta hace nada tan callados y sibilinos. Hay quienes se colocan las gafas emocionales, otros las historicistas, otros las económicas. En el cóctel que ha tomado Cataluña para armarse de desapego definitivamente son los factores económicos el ingrediente principal. Cuando la pobreza entra por la puerta el amor sale por la ventana, que cantaba El Último de la Fila.

Los catalanes nacionalistas -en adelante, independentistas- se sienten fiscalmente expoliados: aportan a la causa común presupuestaria mucho más de lo que reciben en inversiones. Sin esa aportación no hubieran tenido que pedir el rescate estatal, sería un territorio superavitario, un país medio riquito en Europa, aunque es evidente que la gestión autonómica ha sido todo menos eficiente y eficaz: con su aportación solidaria ya contaban, era un dato conocido. El privilegio fiscal vasco y navarro, consistente en que ellos se lo guisan y ellos se lo comen sin solidaridad redistributiva ni gaitas, les hace sentirse aun más ultrajados. Como en toda visión con fuerte componente emocional, se ve sólo lo que a uno le duele y quiere ver: igual que ese amigo y amiga que, en su separación, no paran de repetir sus certezas e ignorar o negar las del contrario. Por ejemplo, nadie en la Cataluña independentista pone sobre la mesa la balanza comercial dentro de España: su ganancia está todavía en el mercado doméstico, como pasaba con Franco cuando el dictador propició sus privilegios industriales y comerciales (de esto tampoco se habla, se tacha de rancio). Pero Cataluña, es cierto, tiene un PIB poderoso, una recaudación de impuestos saludable, y su deuda y déficit creciente se achacan a que de cada euro que sale de Cataluña, 45 céntimos no vuelven. No neguemos sus razones, conozcámoslas y preparémonos para negociar. Eso sí, cuando amaine.

Paga más quien más tiene: la matrioska fiscal

Tacho Rufino | 29 de agosto de 2012 a las 9:45

Antes que nada, debo decir que no me encuentro dentro de la corriente recentralizadora que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, promueve desmontar el Estado de las Autonomías. Una corriente de opinión muy de derechas y, ya puestos, muy previsible. Sí estoy, por completar la premisa de este escrito, de acuerdo con simplificar el mapa autonómico devolviendo al Estado central competencias y atribuciones de ciertas comunidades –en el fondo artificiales y engordadas a favor de corriente y de ciclo económico— que no pueden hacer bien su trabajo, lo cual implica hacerlo eficientemente. Por si acaso, una apostilla más: Andalucía debe ser una autonomía de primer orden, por su peso poblacional, histórico, social y económico: el argumento de que las nacionalidades históricas son aquellas que cuentan con un idioma propio es falaz, onanista, vanidoso y ofensivo (esto último, para quien guste de ofenderse).

Pero una autonomía fuera de duda y una identidad nacional no justifican cualquier argumentación en las relaciones fiscales entre los territorios más o menos autogobernados de España. En estos días, Cataluña ha reproducido a nivel nacional la situación presupuestaria y de falta de liquidez que arrastra a España ante la Unión Europea (en adelante, Europa). Como una matrioska rusa que contiene dentro sucesivas matrioskitas de menor tamaño. Cataluña, por boca de Artur Mas, se ha visto en el brete, en el trago y en la necesidad de pedir a España que la salve de la bancarrota mediante la concesión de un crédito del fondo autonómico dotado para tal fin: para refinanciar los créditos que suscribió Cataluña y que van venciendo inexorablemente. Un rescate se llama. A la primera región económica española le duele tener que acudir al tótem de todas las frustraciones y los desapegos, el Estado español (hablamos del partido nacionalista en el poder, que representa, claro está, a buena parte del pueblo catalán). Y con esa rabia mal contenida, se aduce una y otra vez –no sólo Mas, pero sobre todo Mas– que el dinero que piden es suyo, que les fue expoliado por España confiscando sus impuestos, y que no tienen nada que agradecer, ni tampoco nada que dar a cambio en forma de concesiones políticas y merma de su autogobierno (igual que Rajoy ante Europa, en esto último). Me parece bien la defensa, pero decir “dame lo que es mío, y te perdono la vida, aunque me salves tú a mí la mía” contiene en sí otra falacia.

Los impuestos sobre la renta son personales y no territoriales. Si fueran personales y uno tuviera derecho a reclamar lo que paga más que otros, un ciudadano de renta media-alta, que paga sus impuestos, como quien suscribe, podría reclamar a Cataluña una compensación, porque paga más que la media de los catalanes. Y no digamos si podría reclamar, enardecido y arrogante, a Canarias, Galicia o al propio Estado en su conjunto. Es cierto que Cataluña –obviando, ya digo, el detalle de que los impuestos no son catalanes o manchegos, sino de las personas, los recaude quien los recaude– paga más que la mayoría, y que eso se debe a que su ciudadano medio gana más que la media española, situación envidiable por otras comunidades. Pero no olvidemos que la parte sustancial de su mayor ganancia no sólo se debe a su competitividad y su mejor estructura económica, sino a que tiene una balanza comercial indudablemente positiva con el resto del país. Gano más, pago más. Si llevamos la falacia argumental del expolio español a Cataluña (ojo: se deben revisar los flujos fiscales y de inversión pública casi de forma permanente, pero sin tumbar el principio de redistribución que rige en todos los países democráticos) al nivel local o infinitesimal, los barrios buenos de Cataluña o de Villaluenga de la Sierra deberían quejarse de los mal que gestionan los barrios pobres la sopa boba que ellos les dan, en parte, con sus mayores impuestos. O yo exigir una mejor cama en el hospital público que un parado que no paga impuestos. Es una opción, pero es moralmente repulsiva. Los europeos más ricos gustan de pensar que los mediterráneos (incluidas nuestras regiones relativamente más prósperas) dilapidamos y gestionamos mal por naturaleza. Es curioso cómo ese argumento tan epidérmico y sanguinoliento se reproduce a nivel más pequeño. Es, lamentablemente, natural.

Josep Antoni, Artur: gracias por salvarnos, seguid así por favor

Tacho Rufino | 30 de mayo de 2010 a las 20:57

josep-antoni-duran-i-lleida

Josep Antoni es un puntal de la política española. Ha conseguido hacerse con el puesto de catalán nacionalista que no dedica su vida a despreciar a España o a sentirse machacado por España. Este prototipo del que consigue liberarse Duran Lleida se hace corpóreo en un político  siempre disgustado con el Estado español y siempre marcando las distancias con el resto; algo que ha hecho mucho daño al país, que ha contribuido a la incomprensión mutua y a los complejos de inferioridad/superioridad (dos caras de una misma moneda, a veces la misma cosa más o menos disfrazada) regionales. Duran –en catalán, sin tilde- gusta fuera de su primer país (Cataluña) porque es constructivo y se lo percibe dispuesto a ayudar a la causa común (causa cuya existencia es continuamente negada con las palabras y los hechos; para muchos lo que existen son dos causas enemigas, una de las cuales es indefectiblemente “la causa española”). Duran no puede negar que es catalán antes que otras cosas, pero participa en el Parlamento de Madrid, gusta de prodigarse en los debates públicos españoles y, de momento, no obliga a gastar en traductores en Las Cortes. A Duran Lleida se lo ha calificado en este blog como esperanza política española, y no pocos pensamos que, entre lo que hay visible en el patio político, es el mejor. Un buen presidente de todos (lo cual dicen no pocos que es su gran objetivo personal).

La semana pasada salvó el pescuezo literalmente a Zapatero, al abstenerse su grupo en la votación del decreto en el que se materializa el plan de ajuste ya en vigor. Al no votar en contra, el presidente del Gobierno ganó el partido por los pelos. En su partido, CiU, y en otros foros catalanistas, la postura del grupo en dicha votación ha sido muy criticada. Precisamente, y entre otras cosas, por salvar a un Zp que, según muchos nacionalistas, ha engañado a Cataluña con el asunto del Estatut, en el que ha reculado después de haber alentado la Petita Constitució de Els Països Catalans.

Duran se ha defendido sin complejos: según acabo de leer, se arroga la salvación del euro justamente por esa abstención. CiU “ha salvado el euro”. En un principio, al leer tal cosa, pronunciada hoy ante 12.000 leales en Vic, uno piensa que este hombre ha perdido la sensatez que rellena su brillante cabeza. Después, uno piensa que de alguna manera tenía que liberarse de la acusación de esquirol, y qué mejor que una buena huida hacia delante, por mucho que quepa espetarle al coqueto político catalán aquello de “Modesto, bájate del árbol que se va a subir Duran Lleida”. Pero, pensando un poco más allá, la verdad es que no le falta algo de razón. Si Zapatero pierde la votación, dos cosas podrían haber sucedido, alternativa o conjuntamente. Primero, hubiera sido el fin de la menguante estrella de la ceja. Segundo –sostiene Duran-, si el plan de ajuste fiscal es tumbado en el Parlamento, España hubiera sido tratado por el FMI, las agencias de calificación, los fatídicos y volátiles mercados, Merkel, Sarkozy, Cameron y todos los referentes como otra Grecia. Según Duran Lleida, España hubiera sido intervenida por la UE y el FMI. Su colega de partido Artur Mas –sin tilde también- hizo en Vic el papel de poli malo (el bueno es Duran, claro) y dijo que “si alguien le tiene ganas a ese personaje [Zapatero] soy yo”, tras lo cual dijo, como Pujol, que lo que han hecho no es más que un acto de responsabilidad.

Gracias a todos por salvarnos.