Archivos para el tag ‘ataques especulativos’

Vaya semanita

Tacho Rufino | 16 de noviembre de 2011 a las 13:35

Los políticos conservadores, democristianos y socialdemócratas en decadencia; los políticos populistas más o menos descaradamente totalitarios versión siglo XXI –no son muy distintos de los años 30 del XX–, que rentabilizan el miedo, la frustración y el odio al otro; los tecnócratas no electos e impuestos por el Directorio Alemán: ésos son los vértices de un triángulo en cuya superficie se sitúan las coordenadas de las opciones de gobierno que tenemos los europeos en la actualidad. Una actualidad, por cierto, que es fugaz como nunca antes: no ganamos para sorpresas. Esta semana, sin ir más lejos, se han impuesto desde Alemania –¿alguien lo discute?– dos jefes de Gobierno que no han pasado por las urnas (Mario Monti en Italia, Lucas Papademos en Grecia, ¿Jaime Caruana o González-Páramo en España en unos meses?); las primas de riesgo vuelven a azotar la gestión de la tesorería de países como España con el único motivo y objetivo de comprar bonos españoles de altísimo rendimiento, para después volver a bajar el lunes, hasta la próxima razzia de los orcos inversores; Alemania financiándose gratis mientras que a los demás –no ya la cuarta y tercera economía europeas, sino la segunda, Francia—nos cuesta Dios y ayuda (la buena fama se realimenta, ya se sabe); las dos velocidades y hasta doble euro que han acabado por reconocerse como proyecto del núcleo decisor comunitario… O tempora, o mores: transitamos, felices e inconscientes, por un palacio europeo armónico, eran buenos tiempos; el palacio se volvió cárcel, y no pertenecemos a la pandilla de los duros de la prisión. ¿Lo conseguirá Rajoy haciendo de correa de transmisión de la mano de hierro germánica? ¿Seremos del grupo de los matones, aunque con el rol de niño de los recados que se lleva todas las collejas?

CDS, esas armas de destrucción masiva

Tacho Rufino | 21 de julio de 2011 a las 13:51

”Buffett

Cualquiera puede tomar un seguro para cubrirse de un riesgo: un incendio, un accidente, un robo. En el mercado financiero, existen los Credit Default Swaps (CDS), unos seguros por incumplimiento de las obligaciones de crédito, con los que quien, pongamos, compra deuda pública española se cubre ante el eventual impago de la obligación a su vencimiento por parte del Estado español: España no paga, yo cobro mi seguro… pero hay negocio en el camino, sin que se tenga que realizar la (aparentemente) indeseada contingencia. Los CDS también se pueden instrumentar para cubrirse ante otros acontecimientos más sutiles, como el hecho de que la agencias de calificación de riesgo o agencias de rating rebajen la calificación de la deuda de un país. Una peculiaridad y a la vez un peligro sistémico que conllevan estos derivados financieros (derivados: “productos cuyo valor fluctúa en función de un tercer activo o suceso, llamado subyacente”) es que se pueden comprar y vender: cotizan. Por tanto, alguien puede adquirir CDS sin que realmente se esté cubriendo de nada: sólo está invirtiendo, jugando. O sea, los CDS, unos seguros que no aseguran nada, tienen vida propia. Una vida propia (sus cambios de valor en el mercado) cuyas subidas y bajadas de precio funcionan de manera inversa a la del valor que teóricamente cubren. De forma que, por ejemplo, cuanto peor se comporte la deuda pública de España, más valen los seguros de riesgo de impago (o sea, los CDS) vinculados a él. Toda una perversión que estimula a intentar forzar a los títulos de un país a ir cada vez peor, porque así yo, que he comprado CDS de esa deuda española, podré obtener plusvalías: los apostantes de la ruina. Donde había una seguro para cubrirse de algo, hay un producto financiero cuyo valor engorda cuanto peor le vaya al título cuyo riesgo cubre. Como recordamos en la entrada anterior, el multimillonario inversor tranquilo Warren Buffett llamó a los CDS “armas de destrucción masiva”. El arsenal, potencialmente letal (ver en el cuadro de abajo su creciente vomunen de negocio del mercado de CDS), funciona así:

  1. Un bono de deuda española tiene buena reputación y cotiza bien. Su seguro asociado (su CDS), por tanto, es barato. Compro muchísimos, yo que puedo.
  2. Si consigo que el título vaya mal, y después peor, y después todavía peor (aquí está el acto de fe o de negación: “Esto es lo que hacen los poderosos especuladores”, “Esto es algo que no hace nadie, una atractiva paranoia”), los CDS de ese título subirán como la espuma.
  3. Cuando están reventones, vendo y obtengo la plusvalía. O sea: me interesa que los títulos de un país vayan mal para que a mí me vaya bien. Si tengo influencia, intentaré que una divisa (recuerden el mortal ataque de George Soros a la libra esterlina en 1992), o unos bonos de deuda o aquello a lo que yo esté jugando, le vaya lo peor posible.

No se trata de prohibir; se trata de limitar el daño causado por acciones puramente especulativas que machacan a territorios enteros… y no benefician al funcionamiento razonable “del sistema”, sino que lo contaminan y le hacen perder credibilidad.

Dos gráficos:

1. The New York Times: Volumen rampante del mercado de CDS

2. The Peacock Den: Evolución de los precios de los CDS en los países periféricos

The New York Times

Qué es un ‘ataque especulativo’

Tacho Rufino | 20 de julio de 2011 a las 13:34

Financial Times nunca hablaría de “ataques especulativos” a España (o Italia o a la Zona euro) al informar sobre los vaivenes de los mercados financieros de deuda soberana o de divisas: cree y defiende que los mercados son justos y benéficos, o bien hacen labores de dar liquidez al sistema, o cuando menos depurativas de la fruta podrida. Sin embargo, la mayor parte de la prensa económica y generalista habla de dichos ataques, los da por ciertos.

Entendemos por ataque especulativo una acción deliberada realizada por un agente con gran calidad de información y gran capacidad de invertir y endeudarse en la bolsa y otros mercados financieros, de forma que puede modificar al alza o a la baja los precios de los productos financieros o las divisas, estimulando a otros agentes menores en el mercado a seguir su inercia o reaccionar antes sus acciones, obteniendo el ‘atacante’ pingües beneficios en esos movimientos, que eventualmente provocan grandes daños en la estabilidad económica de territorios enteros (disculpen la extensísima definición, no podía dejar nada importante detrás).

Según quienes defienden (y creen que realmente existe) el libre juego de la oferta y la demanda en los mercados financieros y su limpia fijación de los precios, quienes afirman que existen ataques especulativos son ingenuos o paranoides. Sin embargo, no ya el rojo de Krugman, sino también Merkel, Obama o Sarkozy, pero también Guillermo de la Dehesa, Warren Buffett y otros expertos no dudan de que existen los ataques especulativos… gente nada nada sospechosa de querer hacerse los interesantes con conspiranoias sobre doctores No y tipos muy malos y muy poderosos que están en la sombra. Eppur si muove… Ataques, “haberlos, haylos”.

Veamos breve y claramente cómo funciona un ataque a la deuda pública de un país (sobre esto, conviene conocer una de las claves: el mercado irregulado de los Credit Default Swaps –CDS–, en un artículo que publicó Guillermo de la Dehesa, siempre ultratécnico sin concesiones, este domingo el el Negocios de El País). Aparte de que si algo se ve débil –un bono griego que vencerá en un año, por ejemplo–, los inversores de a pie querrán vender, y si lo hacen en gran medida esto hará que la cotización de una acción baje o la deuda de un país se deba vender más cara, los ataques pueden funcionar tal que así:

    1. Un poderoso inversor –si lo prefieren, un especulador— cree que un Estado puede tener dificultades presupuestarias y, por tanto, podría tener dificultades para atender la devolución a los inversores de una emisión de su deuda pública que vence próximamente. También puede que no tenga tales problemas inminentes, pero una situación de un vecino enfermo –véase, Grecia—estimule tales temores. “A por él”.
    2. El poderoso inversor –el filántropo George Soros, por ejemplo— alquila o toma prestados de un banco a cambio de un precio –el euríbor, por ejemplo– una gran cantidad de dichos bonos u otros títulos de deuda pública. No se los compra, se los alquila para devolvérselos una vez hecha la operación (el ataque).
    3. Ahora entran los voceros: las alarmas mediante prensa especializada (esa que niega que existan los ataques y se burla de los paranoicos), think tanks, grandes instituciones financieras planetarias y, también, otros individuos que no ganan nada con esto, pero a los que gusta tildar de loquitos que ven gigantes donde sólo hay molinos a quienes denuncian estas armas de destrucción masiva (así llamó a los CDS otro gran inversor nada sospechoso de anti-mercados, Warren Buffett).
    4. Tras el “¡Grecia (España, el euro) se hunde, tonto el último en vender!”, gran cantidad de inversores aterrorizados comienzan a vender masivamente esos títulos para limitar sus pérdidas. La cotización de dichos títulos se hunde: la ley de la oferta y la demanda sentencia que, cuando la demanda de un bien baja, el precio del bien baja. En este caso, la “pendiente” de la bajada es abrupta: el precio se hunde. Cuanto más se hunda, más gana el atacante.
    5. El atacante-especulador espera al momento más bajo del precio de los títulos en el mercado de compra y venta (el llamado secundario, el de cotización). Entonces el atacante compra barato… y devuelve los títulos depreciados al banco, con el que el acuerdo es “te lo alquilo a cambio de un precio de alquiler –no de venta–, y te los devuelvo, valgan lo que valgan cuando yo te los devuelvo”. Como vendía en el mercado caro y compré barato, obtengo grandes ganancias. Y a otra cosa, sea esta cosa la deuda de otro país, las acciones de una gran empresa o un divisa concreta.

A esto se lo llama venta corta o short-selling, y es legal, una práctica habitual en los mercados. ¿Les parece especulativa? O si le parece que lo especulativo es natural, ¿la creen conveniente para el sistema económico global? Estas prácticas, en definitiva, son capaces de generar paro masivo por la parálisis económica y la inestabilidad que crean en territorios enteros llenos de personas. Además, merma en los ahorros de los pequeños ahorradores, por no hablar de los hipotecados y otros deudores que pagan los platos rotos de una banca –griega, española— presa del pánico. Sor Presa del Pánico y Sor Rata de Callejón, como aquellas irreverentes monjitas de Entre Tinieblas.

Todas las miradas sobre nuestra banca

Tacho Rufino | 15 de enero de 2011 a las 20:55

Navidad-melancolica-952647LOS elementos del paisaje tienen en su mayoría una apariencia penosa, pero son sencillos de interpretar: crecimiento imperceptible, o sea, no ya incapaz de generar empleo, sino todavía destructor de puestos de trabajo; subidas de impuestos al consumo sucesivas, lo que unido a la contracción salarial supone un empobrecimiento de la población; brusca caída de una de las ruedas económicas, el consumo; estancamiento del flujo crediticio. Hay algunas pinceladas luminosas: el apreciable y vital incremento de las exportaciones, la recuperación del turismo, los tipos de interés bajos (pero si, como parece, los sube el BCE para frenar la inflación de los otros, España y sus legiones de hipotecados sufrirán la medida más que nadie). En la tesitura actual, cuando de nuevo la palabra “rescate” ha ocupado portadas de periódicos, España ha conseguido esta semana colocar nada menos que 3.000 nuevos millones de deuda soberana en el exterior. Pero nada parece ser suficiente, y nuestro sector bancario está ahora en boca de todos. Es lo que toca.

La banca española está, con y sin razón, en entredicho. Espero no estar obsesionado con la creciente bipolarización de todo (la semana pasada se hablaba aquí de ese mismo fenómeno en el tamaño de las empresas y su reparto de poder), pero las entidades españolas adolecen también de una polarización extrema: dos grandes bancos poderosísimos, por un lado; muchos bancos y, sobre todo, cajas en serios aprietos, por otro. Las nuevas dudas sobre nuestra viabilidad financiera como país provienen de la deuda externa y su padrastro, el déficit. La deuda no es grande en comparación con otros países, pero se la supone -como la irlandesa- muy expuesta a contagiarse del exceso de préstamos hipotecarios y otros activos procedentes de la construcción que sufre la banca privada, que, en un caso extremo, debería ser asumido por el Estado. Los bancos españoles no cumplen a día de hoy una de sus funciones -financiar, dar crédito- por la mencionada exposición inmobiliaria y también por sus enormes dificultades para obtener a su vez crédito del exterior, algo básico para su funcionamiento. Como ejemplo, los bancos españoles están financiando con instrumentos a corto plazo (los repos) lo que debería ser financiado a largo: en casa del herrero, cuchara de palo. La nueva barra libre del BCE -otra forma, antes excepcional, de obtención de fondos de la banca- ha aliviado el problema y ayudado a salvar nuestro poblado del acecho de los lobos especulativos. El reciente “¡al FROB, al FROB!” de Zapatero ha sido el otro parche de este obligado cambalache de urgencia. La enésima urgencia.

miradasPero son sobre todo las cajas de ahorros las que alimentan las nuevas desconfianzas del mundo exterior. A fin de cuentas, las finanzas son tan sensiblitas que las percepciones cuentan más que los hechos: así es si así os parece, que escribía Pirandello, y dense ustedes por fastidiados, que decía otro menos letrado. Las cajas, pues. Estarán felices quienes, por mor de la muy benéfica bancarización y, a su vez, la despolitización local y regional de las cajas y el racionalísimo abandono de sus labores sociales, aplaudieron la castración en origen de una gran caja andaluza: mientras la negligencia y el primadonnismo ejecutivo bloquearon tal posibilidad, otras comunidades se aseguraron tan útil -y abusado, que también- recurso de política económica. Ahora, a pesar de que en Alemania existen landesbank (sus cajas de ahorros) por doquier, lo de aquí les huele mal. Cierto es que tienen pequeña dimensión relativa y mucho ladrillo en sus balances, y que esto se ha soslayado transitoriamente con los SIP que unen churras con merinas poniendo a resguardo -de momento- a muchas cajas y cajitas. Pero, de nuevo, nos estamos llevando por delante, obligados desde fuera, un buen número de activos públicos y privados que podemos echar mucho de menos cuando esta oleada de liberalismo a la fuerza remita: concentración y, sí, polarización. Pírrica y contradictoria victoria del liberalismo a la fuerza.