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El darwinismo concentrador

Tacho Rufino | 8 de diciembre de 2012 a las 22:57

LA reconversión del sistema de relaciones corre que se las pela: lo que hubo casi ha desparecido, y todavía no hemos entendido cuál es la profundidad del cambio de era. No el cambio de era de los maya del día 21 -sin cataclismo, a poder ser-, sino el menos místico, o sea, el de la involución y la teletransportación de un país a algunas décadas atrás. El proceso de deterioro de las relaciones económicas lo percibimos por síntomas micro y sociológicos de andar por casa, como la creciente legión de buscavidas por la calle, o la fatuidad de unos grafiteros cuyas artísticas deposiciones nadie limpia ya, o las farolas y semáforos repletos de ofertas de servicios baratitos pero con mucho menos papeles que la propia farola, o por el descenso del tráfico a motor y la desaparición de las colas en las gasolineras, o por la vuelta de los nativos al autobús público, o por la eclosión de bares refugio antidesempleo y el poco dinamismo del consumo de sus clientes. Si subimos al observatorio macro, utilizamos indicadores para apreciar técnicamente la deriva del deterioro público y privado en España: el PIB cae y más que va a caer (Funcas augura una caída del 1,6% en 2013), el paro crece sin que se sepa si el ascensor ha caído al piso más bajo (los últimos datos nos colocan de media en un paro registrado de 4,9 millones de personas; Andalucía acapara una parte más que proporcional en este oprobio). Pero, con todo, el dato más descorazonador es el que atañe a la destrucción de empresas. Es ésa la sangría originaria a parar.

La velocidad de la mortandad de empresas es superior a la caída del producto, y también es superior al incremento del paro. En su mayoría, las empresas que caen son pequeñas y medianas, lo cual forma parte de la escabechina darwinista que se manifiesta en mayor concentración de riqueza, tendencia al oligopolio y, en definitiva, inestabilidad social y falta de libertad emergentes. El crédito que hay es para los más grandes, para su refinanciación o para posibilitar la merma del empleo galopante mediante la financiación de unos despidos que no por muy abaratados dejan de ser costosos. Money for nothing, que cantaban Knopfler y Sting: dinero para nada. Mientras, la mortalidad se ceba con las pymes. De las más de 450.000 empresas que han desparecido en España desde 2008, la mayoría son autónomos, microempresas o pymes. Es decir, las bajas provienen de eso que vendemos como emprendedores, los salvadores de su vida y parte de la de los demás. Este tipo de empresas son la epidermis de nuestro sistema económico, el 99% de las empresas nacionales. Las de cercanía, las familiares, las del hombre o la mujer hecha a sí misma, las del autoempleo, las que tienen mayor responsabilidad con los trabajadores con quienes a diario convive físicamente. No las grandes empresas cada vez más grandes y de difícil trazabilidad y control, acaparadores del soma del crédito y los contratos públicos (el 20% de los ingresos de las empresas del Íbex son públicos), dribladoras del impuesto, capaces de perturbar los precios y los mercados, por no hablar de las voluntades políticas de aquellos que esperan ocupar un puesto de buena plata en un consejo: “Su sillón, gracias por los servicios, ministro”. Las grandes empresas -España las tiene de relumbrón- son necesarias y son las grandes fuentes de empleo, innovación y exportación. Pero su concentración y la correlativa desaparición de las pequeñas empresas son realidades nefastas para la cohesión social, y también para la libertad individual (¿paradoja? Qué va). Por ejemplo, sin medios de comunicación de mediana dimensión la democracia será una farsa mayor. Sin competencia real en el mercado de la energía, nos están friendo con la alucinante connivencia del Gobierno.

Y si encima por la cúpula patronal transitan granujas sin la mínima responsabilidad social más allá de paripés, sino con el máximo de capacidad de trinque, apaga y vámonos.

La importancia de la talla pequeña

Tacho Rufino | 27 de mayo de 2012 a las 0:20

“Que detrás de aquella loma, ya se divisa El Rocío”, se habrán dicho esta semana los peregrinos llegando a su ermita, después de desfilar por ciudades lejanas a ella a golpe de carreta y cohetazo en horas lectivas y laborales. Paralelamente, parece que detrás de la gran loma de cascotes de la destrucción perpetrada en cinco años, se divisa el fin del desastre, o al menos estamos en el punto de inflexión que nos llevará, alternativamente, al coma económico definitivo o al resurgimiento lento de nuestras cenizas. Creemos en lo segundo, profesando una fe razonable. El último pico por escalar -para empezar a poder pensar en que algo nuevo y bueno aparece detrás de esa loma- es el de la reingeniería de nuestra banca y la paralela obtención de un compromiso político y financiero de la Unión Europea frente a los ataques a la deuda española. Sin liquidez y crédito, no somos nada.La semana ha estado histérica. Mario Fernández -que ha debutado ante el gran público con picadores, él mismo también a la puya- llamó “especie de casa de putas” al proyecto Eurovegas, el mismo día en que le dieron el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades al japonés que inventó el videojuego Mario Bros (qué jurado tan innovador). Nuestro Mario bancario, el supermariode Kutxabank, quería decir que no podemos confiar nuestro futuro a las empresas galácticas ni a las grandes, sino a las pymes y los autónomos, y que por ese canal hay que meter el líquido elemento vestido de pólizas y bellos préstamos. Pero como el valioso Fernández es vasco, y quizá el almuerzo del que venía fue copioso, acabó confundido por los micrófonos y se puso prosopopéyico y bravo. Formas aparte, sus declaraciones son atinadas: son las pymes y el autoempleo las que crean y crearán el tejido económico y social esencial de nuestro ecosistema empresarial, que será más saludable y seguro cuanta más variedad de compañías lo habiten. El futuro no es de las empresas grandes. O al menos, de las occidentales. Miren a la Bolsa, no sólo la española: ya no son un lugar donde se sustancia el capitalismo popular, donde millones de pequeños ahorradores invierten, sino cada vez más el ruedo de los grandes inversores con capacidad de crear y rentabilizar inercias y rebotes puramente especulativos.Es verdad que las grandes compañías soportan gran proporción del empleo nacional, así como buena parte de nuestro PIB y de nuestras exportaciones y nuestro más o menos modesto juego diplomático y geopolítico. Es verdad que las grandes compañías -que podemos identificar con las que cotizan en bolsa, aunque no sólo son grandes ellas- están sometidas a mayores controles y publicidad de sus estados, y que es en su seno donde se desarrolla el mayor esfuerzo de desarrollo y aplicación de la innovación nacional. Pero las grandes compañías son cada vez menos y con menor peso relativo, a pesar de los pelotazos en bolsa tipo Facebook, o las nuevas transnacionales del XXI chinas o árabes. Que no son precisamente privadas. Ni están sometidas a controles eficaces.

Es urgente que nuestro tejido empresarial, incluso no conformando un modelo productivo sostenible, no se volatilice a marchas forzadas de la mano de la crisis de las siete cabezas o más. Los incentivos al mantenimiento y creación de empleo deben conjugarse con la obligación de los nuevos bancos de hacer llegar el crédito a quien los necesita para no ver degradada su posición financiera hasta la muerte. Algunos bancos españoles, los de mayor solvencia aparente, ya han visto ese filón de regar lo pequeño que es bello, y sus propuestas publicitarias van en la línea de priorizar al autónomo y la pyme. Esperemos que en breve puedan hacernos ver que superaron el trecho que va del dicho al hecho.

El comunismo empresarial asoma las orejas

Tacho Rufino | 9 de enero de 2011 a las 21:50

HACE unos días leí a un compañero en estas mismas páginas que a veces es mejor que los sueños no se hagan realidad. Se refería al sueño liberal -lo que aquí conocemos por liberal, es decir, antipúblico- de desmontar el Estado del Bienestar para liberar las sabias fuerzas del mercado. Y sí, lo desmontamos, pero no por nuestra propia mano, sino forzados por las circunstancias. A la fuerza, vendemos o quemamos nuestro patrimonio; el común, el público, el que tan poco valoran -salvo, por ejemplo, para operarse gratis y con garantías en la Seguridad Social- quienes de pronto degustan el irresistible sabor del éxito empresarial o profesional, y descubren que lo común es una rémora. Nos hacemos yanquis de pacotilla, y a la vez empobrecidos economistas de calle de la Argentina de el corralito. Norte pero Sur, mezcla e indefinición: una mala situación estratégica. En el fondo, no es sino esa misma contradicción la que impera en el escenario económico.

multinacionalLas empresas grandes mueren menos que las pequeñas en este largo y tortuoso camino que emprendimos, sin previo aviso, hace unos tres años. La mayor concentración de riqueza en pocas manos es una de las consecuencias de toda crisis económica. También el mundo empresarial reduce su número de agentes. Las empresas familiares -un modelo antinatural a la larga- son pasto de las llamas en primera instancia. El muchas veces sumergido y muy desprotegido mundo del autónomo también es víctima propiciatoria. Cuando las relaciones económicas se vuelven más salvajes, sobreviven las grandes corporaciones. O sea: el “búscate la vida o muere” convive con las superburocracias empresariales, grandes empresas que emplean a millares de personas. Algo, en esencia, muy poco diferente de los fracasados esquemas estatalistas. La mayor parte de la gente en los países desarrollados vive y vivirá su vida laboral en burocracias de planificación centralizada llamadas empresas, en entidades que buscan contratos y suministros al más largo plazo posible. De la misma forma que rige la bipolaridad laboral empleado maduro, seguro y bien remunerado vs. empleado precario, dispuesto y bien formado, las relaciones económicas parecen condenadas a la bipolaridad: grandes empresas que emplean a la mayoría con condiciones salariales extremas, junto a miríadas de pequeños empresarios que sobreviven al albur y a expensas de aquellas. Al Estado no se le espera, está ingresado. Un Estado que recorta en mayor medida su inversión que su gasto: sueldos y prestaciones irracionales para los políticos, entidades superpobladas de levantadores de mano como el Senado o los parlamentos autonómicos, coches oficiales, dietas para políticos… que deberían ser sustituidos por funcionarios de carrera que garanticen una mayor independencia en la gestión de las instituciones. Mutilar la inversión pública que nutre el tejido empresarial y maquillar los recortes de gasto (salvo los hachazos a los funcionarios de a pie): justo la combinación de política presupuestaria que más daño hace al sector privado, que, no lo olvidemos, es el único potencial recuperador de empleo.

china_car_logoY, de pronto, gritamos “¡albricias!” al saber que China, la verdadera gran empresa global planificada y burocratizada, va a colocar en nuestra economía un montón de sus enormes sacos de dinero líquido. Aliviará las tensiones de nuestra deuda y, de paso, se posiciona en nuestra economía de una forma bien distinta que la habitual de polígono con tienda de todo y todo barato, esas naves y megatiendas cuya generación espontánea hace pensar que, efectivamente, fueron la pica en Flandes del Imperio Naciente: “Primero, mandamos emisarios con dinero fresco, cuyo origen era posiblemente tan soberano como los fondos oficiales que ahora han venido para quedarse”. El nuevo comunismo empresarial asoma las orejas por distintos frentes.

Los desertores del azadón

Tacho Rufino | 23 de agosto de 2010 a las 11:03

QUIZÁ conozcan la expresión desertores de la tiza. Suele aplicarse maliciosamente a los profesores del sector público que, tras pasar unos años sirviendo en política –los hay en la izquierda, en la derecha, en los partidos nacionalistas– en comisión de servicios y gozando de sus nuevos salarios, estatus y otros concentrados de poder bebibles a diario, se resisten a volver al aula con niños, adolescentes y jóvenes más o menos ávidos de conocimiento. Es (debe de serlo) duro el retorno al despacho sin glamour ni secretaria, a la clase probablemente desinteresada, a la nómina modesta, a la opacidad pública, al frío de los mortales docentes o investigadores. La vocación de la enseñanza y el conocimiento se pone en serio riesgo cuando uno tiene asesores, subordinados y centralidad en los estrados y micrófonos. En muchos casos, la resistencia al retorno a la tiza (junto el poder de convicción adquirido en el ejercicio político) es tal, que por fuerza han crecido las fundaciones y observatorios, y han engordado los organigramas del sector público.

Algo parecido ha sucedido con los otrora boyantes y escasos albañiles, ferrallistas, soladores, electricistas, carpinteros metálicos, encofradores, fontaneros y otros. Paralizada la actividad que los reunía, la construcción, la opción era la vuelta a la barra o al azadón. En muchos casos de escasa profesionalidad encubierta por el boom, se imponía la vuelta a la hostelería y al campo: es lo que hay. Pero, también en muchos casos, esa vuelta pasa por una especie de periodo sabático en el que uno ejerce sus derechos adquiridos -la percepción del subsidio-, en el que no se hacen ascos a los chapús. (Eso sí: como han informado los técnicos de Hacienda esta semana, los microempresarios y autónomos que no están en módulos -éstos han tenido grandes ventajas, pero hoy, a la baja, su régimen no compensa- han declarado en 2009 cantidades de facturación irrisorias, trabajando grandemente en negro con la aquiescencia de los clientes, descontando con creces sus bajadas de ingresos por la crisis… a costa de menos ingresos naturales para las arcas públicas, y de una mayor economía sumergida, y no precisamente de subsistencia.)

Hace unos meses, dábamos aquí cuenta (Mr. Gómez, from Lepe) de un fenómeno de movilidad laboral que surgía de la parálisis de la construcción: en las zonas rurales, los nacionales volvían del ladrillo al plástico y el surco, del sueldo de tres mil y más al de mil doscientos en el mejor de los casos. Todo ello, desplazando de sus puestos a quienes desde fuera habían venido a cubrir los trabajos más penosos y peor pagados: quítate-tú pa-ponerme yo, que soy del país. Pues bien, parece que lo que un periódico inglés había venido a constatar al poliédrico municipio de Lepe en Huelva no está realmente sucediendo, y no hay tal desplazamiento de una mano de obra por otra. O no de una manera intensa: “Mejor agoto el subsidio de desempleo que me corresponde, que me reporta una cantidad muy similar a la de los jornales. Como está la cosa, igual si dejo el paro para más adelante, se habrán recortado estos derechos también y no veo un duro. Pájaro en mano, pues”.

A quien así barrunte no le falta razón. ¿Por qué no pensar que, junto al leñazo a las pensiones por venir no vendrá de la mano un nuevo recorte de las prestaciones por desempleo, después de haber visto cercenarse los salarios públicos, las obras también públicas, los presupuestos y organigramas ministeriales, autonómicos (menos) y locales; los gastos de defensa, la olvidada I+D+i tenida por base de todo progreso y discurso, la cooperación, la sostenibilidad energética y la sanidad, por no hablar de la todopoderosa y lenta educación que, también, todos decimos querer y ninguno dotamos? El azadón puede esperar. Y lo maneja con más ganas Mohamed.

Víctimas propicias del ciclo

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2010 a las 15:54

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(Publicado en El Poliedro, Economía, Grupo Joly, el sábado 27/2/2010)

TODOS tenemos rachas, y la economía también las tiene puesto que, al fin y al cabo, trata sobre la satisfacción eficaz de las necesidades humanas, una ambición algo desmedida a tenor de la realidad de las cosas. Las etapas de vigor, crecimiento y plenitud se encajan entre una anterior y otra posterior en las que el marasmo, la atonía y hasta la penuria son “anaqueles carcomidos que encierran grandes libros”, según decía un escritor cuyo nombre se me escapa. Las travesías del desierto, las personales y las colectivas, merecen varias consideraciones. Primera, no responden en su duración a pauta alguna que la haga extrapolable entre lapsos históricos: pueden ser más largas o más cortas que las fases de bonanza. Segunda, su intensidad es también variable: hay tiempos de gran creación y progreso material que suceden a crisis de menor intensidad, y también sucede al contrario, por lo que el saldo de creación de valor entre los ciclos altos y bajos no responde tampoco a patrón fijo alguno, ni mucho menos predecible con exactitud.

Dicho esto, cabe también decir que es cierto que el saldo general ha sido positivo en el último siglo, de forma que el mayor bienestar de un porcentaje creciente de la población es un hecho. Como también es cierto que los ciclos críticos -como el vivimos ahora- son destructores netos de riqueza… Pero no igual de destructivos para todos los individuos, ni todas las regiones, ni todas las profesiones o colectivos laborales: quienes más ganan en los ciclos altos no son los que más pierden en los bajos, y de nuevo viceversa. Si bien los ricos, salvo casos excepcionales bien tipificados y frecuentemente delictivos o inmorales, también sufren y no se hacen más ricos en tiempos de crisis, sí suelen mantener y aumentar su riqueza relativa con respecto a los que son más pobres. La realidad constatada por Vilfredo Pareto (economista italiano del XIX, que observó que el 20% de la población ostentaba el 80% del poder económico y político, realidad que no ha hecho sino acentuarse con el crecimiento económico planetario, ¿paradójicamente?) se extrema en las malas rachas. A los hechos nos remitimos.

Esta semana hemos sabido que las rentas salariales vuelven a perder peso con respecto a las empresariales y a las del capital en general. Algo indeseable según las constituciones democráticas en vigor por estos pagos europeos, que consagran el principio de redistribución de rentas, compatible con la libre empresa y la lícita prosperidad individual. El problema del desequilibrio entre las ganancias de trabajadores y empresarios no es ético, que quizá también, sino de mercado, de funcionamiento de la economía, de seguridad mercantil y social. De sostenibilidad del sistema, por decirlo a la moda. Los países más pobres tienen los máximos niveles de desigualdad de Pareto: muy pocos lo tienen casi todo. Que las rentas del trabajo, o sea, los salarios por cuenta ajena, perdieran peso en el extinto ciclo alto -que lo perdieron-, y vuelvan a perder peso ahora, son malas noticias. Porque el peso lo pierden con respecto a unas ganancias empresariales de por sí muy depauperadas: las empresas, que ganaron más antes, pierden menos que otros ahora, pero pierden mucho. Todo se adelgaza y encoge.

¿Quién se come el queso de quién? O, para no bordear la demagogia al uso, ¿quiénes están perdiendo de verdad en esta travesía de incierta duración? Las noticias y estadísticas más recientes son tozudas: no sólo las rentas del trabajo cercenadas por el paro, sino los otros colectivos más expuestos a los bofetones. Es decir, autónomos (que, en su conjunto, fueron grandes ganadores en Eldorado del Ladrillo), jóvenes, mujeres e inmigrantes. Y, de entre todos ellos, quienes tienen baja cualificación. El largo y tortuoso camino al que cantaba McCartney, que también tuvo buenos tiempos, es un camino depurativo; puede, pero es un viaje que azota sobre todo a los más débiles. Por eso escuchar la reclamación recortes sociales resulta doloroso. ¿No hay otras partidas adonde mirar?

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La ‘clase flotador’