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La madre de todas las volatilidades

Tacho Rufino | 13 de agosto de 2011 a las 14:01

”http://www.oficinadeturismo.net/estados-unidos

TRAS la enorme pérdida de riqueza que supuso la primera oleada de la Gran Crisis, hace ya más de tres años, los dineros inversores del mundo que sobrevivieron se asustaron tanto que abandonaron sus destinos habituales para refugiarse en la deuda pública, que por entonces era tan poco rentable como, en general, muy segura. Al concentrarse el mercado en bonos y letras de los tesoros nacionales, éstos se convirtieron de pronto en la madre de todas las volatilidades. Quién nos habría de decir que los principales gestores de bolsa se revolverían contra el alma errática y especulativa de la misma. Leemos en el mismísimo Expansión cosas insospechadas: “Cualquier rumor tumba a los mercados, no me extrañaría que muchos fueran interesados”, dice un gestor de fondos; “La cosa es más estable cuando se usan métodos tradicionales, y se limitan los derivados”, dice otro, un gran operador londinense. Las armas de destrucción masiva (como calificó Warren Buffett a las complicadas estructuras derivadas y a las operaciones de venta corta) existían, y no estaban en Iraq, sino por las bolsas del mundo. Lo declaran los propios directores y actores de esta película gore-financiera: eureka. La refundación del capitalismo que se anunció en 2008 ha sido un fiasco: la política se tambalea ante los golpes de una bestia que, en ausencia de árbitro, ni su entrenador puede calmar desde la esquina. [Esto se escribió el jueves, justo antes de conocerse el acuerdo europeo para prohibir las operaciones bajistas o de venta corta sobre bancos… durante 15 días].

Compartiendo casualmente una cerveza tras el deporte, uno escucha a un joven broker andaluz que trabaja en la city decir que “son una panda de chorizos, y en muchos casos no tienen idea de lo que compran y venden, nos hacen movernos por impulsos a corto plazo, por salvar el pellejo. Yo, de momento, lo salvo, pero 50.000 como yo van a la calle sólo en Londres este año”. En la misma reunión, un señor ve la otra cara del chorizo, y sentencia sin atisbo alguno de duda que “tanta emisión de deuda pública es una forma de quitar los dineros a las empresas para dárselo a los estados, que no hacen más que mantener parásitos y despilfarrar”. Descontemos el cinismo guasón del hombre y descubramos una animadversión instalada en buena parte de nuestra burguesía: lo público es muy malo. Tal certeza se puede observar en empresarios que trabajan para el Estado central, autonómico o local. Tampoco importa que el hijo estudie en un colegio privado que nunca funcionaría si no se financiase con lo público, ni que cuando a uno no le llega la salud al cuello se dirija sin dudarlo a la sanidad pública: lo público es malo. E incluso roba liquidez a las empresas, emitiendo deuda. Pero la realidad es tozuda: si la deuda pública no hubiese actuado como refugio, el dinero estaría (más aun) en oro, o hinchando calcetines y colchones… o directamente evaporado. Volatilizado. Claro, que al ser el objeto de tráfico principal -y al ser un escorpión el escorpión-, la deuda pública comenzó a sufrir las ventas en masa, le emergencia de las primas de riesgo como indicador clave, las operaciones bajistas de consecuencias tantas veces fatales. Los sofocones, las subidas, los bajonazos y las resacas de una versión de parqué de las fiestas rave de Ibiza. Los ríos revueltos y sus pocos pescadores.

Los adalides del “no toques a la rosa del mercado financiero”, los adoradores de filántropos de destrucción masiva como George Soros atacan en realidad la propia viabilidad de nuestro sistema, el capitalista. O se controla a los mercados financieros con un verdadero acuerdo a lo Bretton Woods, u Occidente periclita más pronto que tarde. Aún hay que oír aquello de que “cuando cayó Lehman y AIG, habría que haber dejado caer a todas las fichas en mal estado. Así se hubiera depurado el sistema”. Depurado, no, qué va: muerto, como vaticinó Carlos Marx. Sería irónico que el fracaso práctico de la filosofía política del alemán tuviera dentro, cual matrioska rusa, el germen del verdadero cáncer para el sistema, el que “sí funciona”.

… y se colocaron todos (bastante caros)

Tacho Rufino | 4 de agosto de 2011 a las 13:27

España ha superado la prueba, y aunque ha debido prometer a los suscriptores de los títulos de deuda de hoy un interés superior al homólogo anterior (los emitidos el 2 de junio), ha colocado sin problema la cantidad  deseada: 3.300 millones de euros a tres años o tres años y medio. La demanda ha duplicado a la oferta de estos títulos tan arriesgados según el indicador llamado prima de riesgo… El interés está por debajo del 5%, y dado el nivel previo de la prima de riesgo, puede considerarse aceptable. Eso sí, habrá que pagar un sobrecoste de casi 7 millones de euros en intereses en comparación con lo que se hubiera pagado con los tipos contratados en la última emisión de bonos de la misma naturaleza. Por otro lado, la prima de riesgo española se ha relajado, aunque en pequeña medida. Como decíamos ayer (algo precipitadamente, sí, arriesgarse causa más ganancia o más dolor que no hacerlo, tanto en la bolsa como en cualquier actividad, aunque sea la de bloguero), era de esperar: la inversión de quienes han podido suscribir hoy los bonos españoles incomparablemente mayor de la que obtendrían si invirtieran en bonos alemanes. De hecho, el Tesoro ha tenido que desechar 1.500 millones que querían la apetitosa deuda española. El bono español es una buena inversión… menos para España. ¿Alguien dudaba de que se iba a colocar todo lo requerido por el Tesoro de España, hasta el último título, y rápidamente? Una conclusión inmediata es que la presión de los mercados secundarios por medio de posiciones bajistas  –presión que eleva la prima condicionando el interés que posteriormente en el mercado de emisión debe conceder España— ha dado sus frutos: sé que voy a comprar bono español, pero voy a presionar previamente en el mercado de segunda mano, así obtendré mayores intereses. Quien puede hacerlo, lo hace, desde Singapur o desde Albacete a solas, o agregadamente a favor de corriente. España tiene un serio problema de déficit presupuestario, que provoca la necesidad de acudir al convulso –ahora, para España e Italia, antes y después eran y serán otros—mercado de deuda pública. Está claro que los mercados tienen a la política cogida por el arco, a veces como un perrito zarandea a un peluche. Pero mientras el BCE y la Comisión (el Ejecutivo español pinta poco a corto plazo) previenen este tipo de convulsiones desproporcionadas, debe concentrarse el Gobierno actual y el por venir en reducir el déficit, que, no olvidemos, tiene dos partes: aumentar los ingresos o reducir el gasto… y no sólo esto último. Es una opción política, casi ideológica: ¿aumentamos impuestos y practicamos el “afán recaudatorio”, comabatiendo decididamente el fraude fiscal? ¿O sólo recortamos gasto social? ¿A quién aumentamos o, en su caso, reducimos la presión fiscal?  Sobre este particular y otros, el certero analista de esta casa y hasta hace unos días presidente del Observatorio Económico de Andalucía, Joaquín Aurioles, ha publicado hoy un excelente artículo en Joly, titulado El gobierno de los mercados