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Gracias, Mónica

Tacho Rufino | 28 de abril de 2014 a las 15:50

SE agradece la sinceridad. Evita tiempo, y delimita el terreno del juego de las rivalidades y las negociaciones. Que la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, afirme con indignación malamente contenida que los ninis (jóvenes sin trabajo ni formación) son una rémora parasitaria que “no sirve para nada” retrata perfectamente no ya la opinión de esta portavoz empresarial, sino la opinión de otras personas que demuestran una crueldad social digna de encomio cuando se refieren a colectivos desfavorecidos. En este caso, un colectivo que fue favorecido por el exceso inmobiliario que nos narcotizó y euforizó por turnos durante una década, desastrosa a la postre. Los pobres diablos, condenados al paro eterno, y encima apestados socialmente. Gente que dejó de estudiar embebida por el fajito de billetes de cincuenta en la cartera cada viernes, que compró coches negros de gama media y alto petardeo, reventones de yantas y decibelios; chicos ganando de dos mil para arriba en la construcción, con zapatillas deportivas alucinógenas, que tiraba de billetes desde el viernes al domingo como un señor. “Mi hijo no es de ésos; mi niño sí sirve para algo”, debe de pensar Oriol. Con amigos como ésta señora o el otrora presidente de la CEOE, Díaz Ferrán, quién quiere enemigos, dirán muchos empresarios, que tienen que soportar ser “representados” por personas con esta ligereza de barbuquejo. Es muy curiosa la condición de representante patronal. Por lo general, de entrada, bastantes de ellos no han sido ni son empresarios, y algunos mejor que no lo hubieran sido por el bien de este colectivo indispensable para la creación de empleo. Además, por lo general, las empresas no se organizan alrededor de patronal alguna: el empresario es más un cazador solitario que un miembro gregario de una asociación que no le reporte negocio o financiación. Me temo que Mónica de Oriol, en la trastienda de su intención, busca con estas palabras que la han lanzado al estrellato de la semana seguir consiguiendo abaratamientos laborales; precios de saldo que, comparados con los de nuestro entorno, la Unión Europea, son ya de risa. Con sus palabras, la empresaria -que lo es: es presidenta de Seguriber, una empresa de seguridad que trabaja muchísimo para lo público- ha conseguido que mucha gente recoja el bumerán y lo lance a la española, a la tremenda: “Los empresarios sí que son parásitos de la sociedad”. Oriol ha conseguido que demasiada gente vuelva a poner en duda la competitividad de nuestra empresa media, que sólo parece ganar capacidad de competir por la vía de los salarios. Gracias, Mónica.

Precios de la vivienda: miedo dan los datos USA

Tacho Rufino | 9 de mayo de 2011 a las 18:00

Suele darse por cierto que la crisis inmobiliaria en curso tiene no pocas características comunes en Estados Unidos (más bien Florida y California) y España: el crecimiento de la población entre 2011 2001 y 2008 de España (12%) y Estados Unidos (8%, pero aunque no disponemos de datos ciertos, es muy probable que las dos áreas costeras principales del Pacífico y el Atlántico americanos hayan crecido bastante más en número de habitantes), el volumen de nueva vivienda construida y, por tanto, la eclosión del crédito hipotecario son, en efecto, variables que se comportan de manera similar allí y aquí.

El ratio casas nuevas por habitante, que podría ser un indicador de cada burbuja, es sin embargo muy diferente: en el periodo de hinchazón y exuberancia (2001-2008, convengamos), en Estados Unidos se construyó una casa nueva por cada 23 habitantes; en España, una casa ¡por cada 9 habitantes! Podemos tirarnos a la piscina y concluir que la burbuja española tiene el doble de cubicaje que la americana. Evidentemente, otros factores –renta per capita, jingle mail o “ahí tiene usted las llaves”, situación de de partida de la crisis, tipos de interés, estructura productiva, inmigración– pueden matizar lo dicho.

Hoy, el Huffington Post (periódico on-line creado en 2005, con gran éxito, orientado a la agregación de noticias y blogs) ofrece un reportaje titulado “La caída de los precios de la vivienda [en EE.UU.] vuelve a ser la mayor desde 2008”. Si en 2008 la caída fue acentuada, podemos concluir que allí no han tocado fondo. El último ajuste de precios calculado es el del primer trimestre de este año, 2011, y es de un 3%. No podemos extrapolar la caída anual, pero es de temer que la reducción de precios (y la consiguiente pérdida patrimonial media de quienes tienen una vivienda, hipotecad o no) llegue a cifras de dos dígitos. El año pasado, casi tres millones de casas fueron embargadas en EE.UU., principalmente porque sus propietarios –llamémosles así– estaban, como le llaman allí, “underwater” (“bajo el agua”); es decir, su propiedad valía menos que la deuda que pesaba sobre ella. Tampoco cabe extrapolar esta caída al caso español. Ni generalizar a cualquier tipo de vivienda, claro es. Pero no son buenas noticias, son datos que no mueven a buenos presagios. Ni para los bancos, ni para los hipotecados, ni para los propietarios, ni para las empresas, ni para el patrimonio nacional que refleja la riqueza familiar entre otras cosas. Son buenos datos para quienes no pudieron comprar y esperan que la gente se dé de bruces con su imprudencia, o para quienes quieren ver a los bancos hundirse aunque eso tenga espeluznantes consecuencias para el sistema económico, o para quienes por definición asocian “constructora” e “inmobiliaria” a lucro excesivo y especulación. Aparte de ellos, hay otro colectivo, muy minoritario y muy poderoso, que también espera ulteriores caídas de precio: los que heredaron o acumularon y mantienen grandes fortunas, y están con la caña puesta en una laguna repleta de peces desesperadamente hambrientos. Las crisis, ya lo sabemos, producen nuevas y poderosas divergencias en la riqueza de la gente, que durante décadas ha convergido gracias a la redistribución fiscal. Al salir de ésta, cual sísifos del XXI, tendremos que volver a subir la montaña con la piedra a cuestas… o irnos directamente al carajo.

Gutiérrez, año 2011 ‘revisited’

Tacho Rufino | 9 de junio de 2010 a las 16:57

Hace un par de años y pico, en la extinta revista dominical de Grupo Joly de nombre RdA, dirigida por Ignacio Martínez, publiqué un artículo en el que me atrevía a plantear en clave de humor un escenario que una familia media española, presa de la fiebre ladrillo&crédito, se empeñó hasta las cejas en un inmueble “por inversión”. De igual manera que en muchos otros casos uno falla en sus previsiones, en este caso no van desencaminadas. Eso sí, lo que antes era una guasa en apariencia inofensiva, leído a día de hoy deja un sabor algo amargo. Y no digamos para quienes se encuentran precisamente en la situación de los genéricos Gutiérrez. Ahí va:

Gutiérrez, año 2011

(Publicado en RdA, Grupo Joly, 29/abril/2008)

Los Gutiérrez siempre han sido muy miraditos con el dinero. No les gusta gastar; no son feriantes, no les interesan los cruceros y tampoco las aerolíneas de bajo coste, no han pisado en su vida una tienda gourmet y siempre compran grandes lotes de suministros familiares en tiendas de descuento. Conservan un seat Málaga que no se puede mirar de lo que brillan la chapa y los sellos de la ITV. No se les ve en los bares del barrio y gastan bastante suela paseando mientras comparten sus pipas preferidas, a la par que idolatran la mortadela y el chóped como algo muy divertido y muy propio suyo: se lo repiten cada cena frente al telefunken que compraron para el Mundial de España, nutrido y reluciente a base de politus y cristasol. Los Gutiérrez son austeros, prudentes, previsores y de vida sencilla. Eso sí, el abrigo de mutón de la señora Gutiérrez arrasa en la Misa del Gallo año tras año. Hay quien en el vecindario dice que son unos agarrados de manual, pero eso no es más que maledicencia: la envidia que las cigarras acaban profesando a las hormigas.

La familia Gutiérrez decidió que los ahorros generados poco a poco estirando el sueldo del paterfamilias había que invertirlo: la cartilla y el plazo fijo no salían a cuenta para nada; más bien al contrario y para perder siempre hay tiempo. Miraron alrededor cual azafata de vuelo: a los de delante, a los de atrás, a los de la izquierda y a los de la derecha, y vieron gente que compraba las casas donde habitaban, e incluso una segunda para veranear “que prácticamente se paga sola alquilándola en agosto”. En concreto, los de la derecha –los del quinto b– habían comprado un apartamento “como inversión”, expresión centralísima de las barras de los bares durante diez años en España. Se sintieron intrépidos inversores, aguijoneados por la contemplación de la plusvalía galopante.

Pidieron un crédito para comprar algo en la playa, una oportunidad de un cuarto de millón de euros, que había que ir financiando mientras se construía en un solar muy cerca de la casa de unos famosos actores de Madrid, bastante al resguardo del levante. Contaban con treinta mil euros en la cuenta, por lo que no tuvieron que pedir préstamo personal alguno –como habían hecho tantos– para ir pagando la obra antes de firmar la hipoteca. La cuota mensual era algo más de la mitad del sueldo del que vivían los Gutiérrez, pero ellos sabían apañarse con poco: técnica del camaleón en verano –o sea, mover sólo los ojos, si acaso– en vez de poner el aire, cambiar braseros por forros polares; más pan, más cerdo de segunda, alargar el caldo de los guisos, un poco de hambre al acostarse, que dicen que es bueno. Total, el plan era poner la casa en venta recién entregada, si no se le pegaba un pase antes. Lo normal, vaya. Y ganando como mínimo un sesenta por ciento a lo puesto, si no el doble, que es lo que alardeaba Paco el del videoclub de haberle sacado a un suizo, y eso por una especie de infravivienda en una pedanía de la sierra de Huelva, adonde antes no llegaban ni los mirlos.

Pero la casa no se vendió, y los Gutiérrez han tenido que ir pagándola, igual que el resto de repentinos inversores que se habían metido en la misma promoción de la playa. Ya va para tres años que la hipoteca sobrevive vigorosa y el valor de la casa no para de menguar. De forma que, a la vuelta del esquina, lo que queda por pagar es más de lo que valdría la casa si alguien decidiera quedársela. Un sujeto económicamente racional debería plantearse dejar de pagar el crédito. Y aunque los Gutiérrez si algo son es racionales, la honra y el sueño estaban en juego en esta ocasión. Tenían, así, tres cursos de acción posibles. Primero, dejar de pagar y esperar el embargo, lo que quedó descartado por hidalga decencia. Segundo, declararse en suspensión de pagos familiar, lo cual es legal desde 2004. Pero eso llevaba un largo trámite judicial, y además no estamos para tener acreedores de por vida (banco aparte). Haciendo de la necesidad virtud, decidieron aguantar. A un año de la jubilación, la casa de la playa era una repentina fuente de serenidad. Y los que sabían de esto aseguraban que más de dos años no iba a durar la deflación inmobiliaria. A vivir, que son dos días, aunque sea con poco bolsillo.

(Los caracteres son fingidos, cualquier parecido con la hechos reales ‘será’ mera coincidencia).

Esperemos a 2011. ¡Suerte a todos los Gutiérrez!

Una fábula contemporánea

Tacho Rufino | 16 de octubre de 2008 a las 19:40

Lo que voy a contar es cierto. Conozco el caso. Él es un infraempleado español al uso: carrera, dos idiomas y medio, un mastercillo, con algo más de mil euros de salario limpio al mes. Mil quinientos el mes que más cobra con los variables. Como suele decirse, es de “extracción humilde” y sus padres tienen todos los ahorros diluidos en los tabiques de la casa que habitan. Él es un chico inteligente, independiente, con ganas de vivir. Le gusta eso que llaman la bohemia: codearse gente con aspecto alternativo, de ideas progresistas sin dolor ni riesgo, leer  a Charles Baxter, alquilar a Truffaut para preparar el espíritu con los amigos antes de lanzarse a los garitos desde el jueves noche. Por estas razones y otras aspiraciones, y animado por sus padres que le dicen que “alquilar es tirar el dinero”, nuestro hombre joven decide comprar una casa hace cosa de dos años. Él es típico caso de quien se queda con la escoba en la mano o sin silla donde sentarse en el juego de marras. Resumo su panorama: sus padres lo avalan, se apresura a comprar una casa en una promoción de la que se ha vendido menos de un diez por ciento (han desmontado la casetilla de ventas y la propia casa piloto: su urbanización parece sacada de una película de post hecatombe nuclear), dedicaba al principio el  80 por ciento de su precario sueldo a pagar la hipoteca (con las subidas de intereses, es prácticamente el noventa). Se puede decir que su casa vale a día de hoy en el mercado menos de lo que le queda por pagar de préstamo hipotecario. Quiere meter estudiantes en casa, pero los estudiantes no quieren vivir allí, a la sombra de un hipermercado de periferia. Le acaban de decir en el trabajo que vaya buscándose la vida en otro lado. Omito la moraleja. Bonito plan, en cualquier caso.

La tenia de las vacas gordas

Tacho Rufino | 22 de abril de 2008 a las 9:23

Aprovecho el blog para compartir con aquellos de vosotros que lo deseéis un artículo con un poco de guasa que publiqué el domingo en RdA, la revista dominical en papel de los 9 periódicos Joly. Con el horizonte en forma de orejas de lobo, contamos la eventual historia de una familia media española que pone todos los huevos del ahorro de su vida en la cesta de la inversión-pelotazo, justo en el momento en que las vacas gordas pillaron la tenia. Pinchar aquí para ver “Gutiérrez, año 2011“.