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Familia, propiedad privada, amor

Tacho Rufino | 28 de enero de 2013 a las 18:45

TODAVÍA no somos capaces de entender la dimensión de ciertos cambios extremos que se han producido en nuestra vida en los últimos cinco años. Uno de ellos es el cambio del rostro y de la personalidad de la banca. Particularmente, y en el caso concreto de las cajas de ahorro (q.e.p.d., en general), su forzado abandono del papel como financiador cultural ha dejado un hueco aún difícil de calibrar, pero que sin duda será difícil de sustituir, por mucho que los peritos en la materia discreparan sobre si los programas culturales de algunas de las obras socioculturales de esas cajas eran más o menos anquilosados, pretenciosos o recurrentes, sea por inercia o por espurio interés. El caso es que esa inversión, promoción y movimiento existían, y no está hoy nada claro que la iniciativa privada vaya a mejorar y ni siquiera a ocupar ese espacio. No digamos la iniciativa pública: sólo de pensarlo, da la risa, la risa llorona; los recortes de las instituciones culturales son en general radicales, de raíz, totales. Como nada es perfecto, el mecenazgo privado somete al arbitrio de un particular la creación y difusión cultural. Escribía aquí (La cultura-Bulli) Carlos Colón en 2011: “Otra cosa es que el Estado se convierta en un Lorenzo de Medici que invierta en sus caprichos (desde las vedettes de la nueva arquitectura del poder a la creación que se dice de vanguardia) el dinero de todos”. Desde otra atalaya, decía Savater poco antes, acerca de artistas del pasado , que dichos artistas “vivían dependiendo de los caprichos e intemperancias de quienes financiaban sus obras y su misma subsistencia. Produjeron logros sublimes, desde luego, pero nunca dejaron de saberse -hay testimonios abundantes de ello, algunos amargos- empleados en el mejor de los casos y criados distinguidos en el peor”. Lo ideal, según piensa Savater y resulta difícil de contradecir, es que el consumidor cultural privado quiera y pueda consumir cultura. El mecenazgo público tiene grandes riesgos y vicios, y se trata de dinero que el contribuyente dona a todos -él mismo incluido-, lo cual hace más repelente la arbitrariedad de los gestores y el nepotismo con sus elegidos oficiales. El privado, ya decimos, somete a un arbitrio particular la creación y difusión cultural. Las cajas, para bien y para mal, habitaban un espacio intermedio que, si no virtuoso por completo, cubría una función social, y perdonen lo antiquísimo de la expresión. Permitan ahora un salto con propósito. Vayamos a otras lagunas negras de la crisis, a otros espacios huérfanos; menos culturales, y aun más graves, por atañer a la mera subsistencia de las personas.

Las personas viven de su trabajo, y cuando no tienen trabajo por incapacidad física o por falta de oferta en el mercado laboral, sus ingresos mínimos son cubiertos por el Estado (reiterémoslo: por sus impuestos y los míos, e incluso por los impuestos acumulados del incapacitado o parado). Cuando a la empresa no se la espera, cuando el autoempleo es una falacia por no existir crédito ni voluntad de darlo, cuando, al rebote, el Estado protector es un enclenque anémico y vapuleado… ¿quién soporta la subsistencia de esa persona? Hace años, cuando estábamos sobrados, un conocido me dio su respuesta con una gran sonrisa, que emanaba certeza: “Si el anciano no ha contribuido, que los cuiden los hijos; si no, que duerma en cartones. Si los hijos no tienen trabajo, que los mantengan sus padres; si no, que acudan a la caridad”. Nunca pensé que lo que me pareció una gran boutade pudiera ser una realidad sociológica en España apenas cinco años después.

(Permitan que, de nuevo, muestre yo síntomas de pertenecer más bien a otro tiempo, y titule esta pieza con el nombre de una canción de Silvio Rodríguez, que si bien nunca volvería a escuchar, viene que ni pintada: La familia, la propiedad privada, el amor.)

Busquemos el claqué

Tacho Rufino | 23 de diciembre de 2011 a las 12:15

Nutrir a un blog es una actividad de mantenimiento neuronal que acaba por condicionar tu forma de conocer las cosas, de forma que, cuando uno le coge el gusto, casi cualquier cosa que sucede a tu alrededor puede ser filtrada en las claves del blog. En este caso, la economía razonable y para todos los públicos. Hace unos días vi The Artist, una película maravillosa de la cual Carlos Colón hizo una de sus habituales críticas impagables. No osaré penetrar en esos terrenos de especialista, por mucho que cualquier cinéfilo con cierta experiencia –o sea, años viendo pelis— tiene su criterio. Pero sí contaré qué esqueleto vi yo en la película, qué otra película creí descubrir tras la más evidente, probablemente como producto de mi empecinamiento en ponerme las gafas de comentarista económico (suena feo el oficio, pero tras un rato de duda no he encontrado mejor ni más cierta denominación). La sinopsis de la historia es: chico estrella del cine mudo se topa con chica que se busca la vida, y de esa misma forma azarosa le da la oportunidad de entrar en el mundo del celuloide. El destino quiere que la chica (Peppy Miller: para caer rendido a sus pies todas las mañanas) triunfe de forma fulgurante, ya en el cine sonoro –que desbanca traumáticamente y condena al olvido al cine mudo–, mientras el declive y la caída personal de él (George Valentine, rutilante y solar hasta en los malos momentos) están servidos. La cosa es que yo desconocía que todo el proceso de cambio de paradigma en la industria se produce paralelamente al hinchazón económico y caída que se da en los felices años 20 y el crash económico de 1929. ¿Les suena?

Una industria y una forma de vida que, del éxtasis y la exuberancia, mutó en un nuevo estado de las cosas, tras un bombazo económico que dinamitó no sólo la fortuna de muchos (como George Valentine o Europa), sino que también cambió la forma de hacer las cosas y la de relacionarse entre las personas, y aupó al mando económico a antiguos pobres (como Peppy Miller o China e India). Un alud sobrevenido que obligó a las personas, a las empresas y a los países a reciclarse para evita morir en vida. Con la ayuda secreta de Peppy, George sortea la muerte tras intentar suicidarse, y acaba entrando en la vereda nueva de la que él se mofaba y después renegaba. Para ello, tuvo que reinventarse como bailarín de claqué. ¿Cuál será nuestro claqué, la fórmula de vida que nos permita adaptarnos al nuevo mundo que ha venido para quedarse? Ojalá una gran Peppy Miller solidaria y fraternal –un espíritu de muchos que no sólo se miren el ombligo– nos ayude a encontrar un equilibrio nuevo, distinto pero no peor. Ustedes sean indulgentes con la probable ingenuidad, pero es Navidad y toca soñar y desear, aunque uno no sea muy soñador que digamos.