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¿Por qué se irá Soros?

Tacho Rufino | 27 de julio de 2011 a las 20:50

George Soros se retira de todas las finanzas menos las suyas y las de su familia, que, dicho sea de paso, deben requerir una estructura de personal en toda regla, dada la enorme fortuna amasada por el húngaro-estadounidense mediante fondos de inversión y transacciones en divisas. En varias biografías-exprés que he consultado hoy me encuentro con que, como era de esperar, se califica a Soros de especulador. Para ver si es que los españoles somos unos faltones que creen en conspiraciones, acudo inmediatamente a páginas tan fiables como Wikipedia en inglés y, también lo llaman speculator (en un sito llamado investopedia lo llaman, más halagadores, “gran inversor”) en la primera línea, tras la fecha y el lugar de nacimiento. Se ve que lo es, y quizá cabe de nuevo recordar aquí que especular no es esencialmente malo: todos los hacemos cuando invertimos en algo que no sea de estricta necesidad, porque esperamos obtener un beneficio al desinvertir; por ejemplo, en una vivienda en la playa. Distinta cosa es maquinar con el fin de alterar el precio de las cosas para obtener una ganancia más o menos a corto plazo, dejando detrás tierra calcinada y severos daños patrimoniales a empresas y particulares. Soros ha hundido monedas –como la libra, a la que se encargó de cepillarse en 1992, ataque que pagó el contribuyente británico—o a empresas con ataques que no sólo castigaban la sobre o infravaloración de la divisa o la acción, sino que sembraban inercia y pánico en los movimientos de inversores más débiles y peor informados. El fondo que ahora abandona practica la venta corta y opera con derivados de difícil trazabilidad, como los CDS (ver reciente entrada sobre este asunto aquí).

Puede que Soros se sienta mayor; puede que no ya le motive seguir ejerciendo de gran escualo de los mercados financieros; puede que le divierta más multiplicar la infinita riqueza de sus tataranietos, y puede –como dice la versión oficial— que la mayor regulación sobre las actividades –a veces muy opacas— de sus fondos le ha hecho desistir, porque al supuesto filántropo y pieza fija en el ranking de Forbes no le va que lo vigilen. Pero, ay, puede que Soros piense que en los mercados hasta él tiene poco ya que ganar a medio plazo. Y eso es preocupante.

CDS, esas armas de destrucción masiva

Tacho Rufino | 21 de julio de 2011 a las 13:51

”Buffett

Cualquiera puede tomar un seguro para cubrirse de un riesgo: un incendio, un accidente, un robo. En el mercado financiero, existen los Credit Default Swaps (CDS), unos seguros por incumplimiento de las obligaciones de crédito, con los que quien, pongamos, compra deuda pública española se cubre ante el eventual impago de la obligación a su vencimiento por parte del Estado español: España no paga, yo cobro mi seguro… pero hay negocio en el camino, sin que se tenga que realizar la (aparentemente) indeseada contingencia. Los CDS también se pueden instrumentar para cubrirse ante otros acontecimientos más sutiles, como el hecho de que la agencias de calificación de riesgo o agencias de rating rebajen la calificación de la deuda de un país. Una peculiaridad y a la vez un peligro sistémico que conllevan estos derivados financieros (derivados: “productos cuyo valor fluctúa en función de un tercer activo o suceso, llamado subyacente”) es que se pueden comprar y vender: cotizan. Por tanto, alguien puede adquirir CDS sin que realmente se esté cubriendo de nada: sólo está invirtiendo, jugando. O sea, los CDS, unos seguros que no aseguran nada, tienen vida propia. Una vida propia (sus cambios de valor en el mercado) cuyas subidas y bajadas de precio funcionan de manera inversa a la del valor que teóricamente cubren. De forma que, por ejemplo, cuanto peor se comporte la deuda pública de España, más valen los seguros de riesgo de impago (o sea, los CDS) vinculados a él. Toda una perversión que estimula a intentar forzar a los títulos de un país a ir cada vez peor, porque así yo, que he comprado CDS de esa deuda española, podré obtener plusvalías: los apostantes de la ruina. Donde había una seguro para cubrirse de algo, hay un producto financiero cuyo valor engorda cuanto peor le vaya al título cuyo riesgo cubre. Como recordamos en la entrada anterior, el multimillonario inversor tranquilo Warren Buffett llamó a los CDS “armas de destrucción masiva”. El arsenal, potencialmente letal (ver en el cuadro de abajo su creciente vomunen de negocio del mercado de CDS), funciona así:

  1. Un bono de deuda española tiene buena reputación y cotiza bien. Su seguro asociado (su CDS), por tanto, es barato. Compro muchísimos, yo que puedo.
  2. Si consigo que el título vaya mal, y después peor, y después todavía peor (aquí está el acto de fe o de negación: “Esto es lo que hacen los poderosos especuladores”, “Esto es algo que no hace nadie, una atractiva paranoia”), los CDS de ese título subirán como la espuma.
  3. Cuando están reventones, vendo y obtengo la plusvalía. O sea: me interesa que los títulos de un país vayan mal para que a mí me vaya bien. Si tengo influencia, intentaré que una divisa (recuerden el mortal ataque de George Soros a la libra esterlina en 1992), o unos bonos de deuda o aquello a lo que yo esté jugando, le vaya lo peor posible.

No se trata de prohibir; se trata de limitar el daño causado por acciones puramente especulativas que machacan a territorios enteros… y no benefician al funcionamiento razonable “del sistema”, sino que lo contaminan y le hacen perder credibilidad.

Dos gráficos:

1. The New York Times: Volumen rampante del mercado de CDS

2. The Peacock Den: Evolución de los precios de los CDS en los países periféricos

The New York Times

Qué es un ‘ataque especulativo’

Tacho Rufino | 20 de julio de 2011 a las 13:34

Financial Times nunca hablaría de “ataques especulativos” a España (o Italia o a la Zona euro) al informar sobre los vaivenes de los mercados financieros de deuda soberana o de divisas: cree y defiende que los mercados son justos y benéficos, o bien hacen labores de dar liquidez al sistema, o cuando menos depurativas de la fruta podrida. Sin embargo, la mayor parte de la prensa económica y generalista habla de dichos ataques, los da por ciertos.

Entendemos por ataque especulativo una acción deliberada realizada por un agente con gran calidad de información y gran capacidad de invertir y endeudarse en la bolsa y otros mercados financieros, de forma que puede modificar al alza o a la baja los precios de los productos financieros o las divisas, estimulando a otros agentes menores en el mercado a seguir su inercia o reaccionar antes sus acciones, obteniendo el ‘atacante’ pingües beneficios en esos movimientos, que eventualmente provocan grandes daños en la estabilidad económica de territorios enteros (disculpen la extensísima definición, no podía dejar nada importante detrás).

Según quienes defienden (y creen que realmente existe) el libre juego de la oferta y la demanda en los mercados financieros y su limpia fijación de los precios, quienes afirman que existen ataques especulativos son ingenuos o paranoides. Sin embargo, no ya el rojo de Krugman, sino también Merkel, Obama o Sarkozy, pero también Guillermo de la Dehesa, Warren Buffett y otros expertos no dudan de que existen los ataques especulativos… gente nada nada sospechosa de querer hacerse los interesantes con conspiranoias sobre doctores No y tipos muy malos y muy poderosos que están en la sombra. Eppur si muove… Ataques, “haberlos, haylos”.

Veamos breve y claramente cómo funciona un ataque a la deuda pública de un país (sobre esto, conviene conocer una de las claves: el mercado irregulado de los Credit Default Swaps –CDS–, en un artículo que publicó Guillermo de la Dehesa, siempre ultratécnico sin concesiones, este domingo el el Negocios de El País). Aparte de que si algo se ve débil –un bono griego que vencerá en un año, por ejemplo–, los inversores de a pie querrán vender, y si lo hacen en gran medida esto hará que la cotización de una acción baje o la deuda de un país se deba vender más cara, los ataques pueden funcionar tal que así:

    1. Un poderoso inversor –si lo prefieren, un especulador— cree que un Estado puede tener dificultades presupuestarias y, por tanto, podría tener dificultades para atender la devolución a los inversores de una emisión de su deuda pública que vence próximamente. También puede que no tenga tales problemas inminentes, pero una situación de un vecino enfermo –véase, Grecia—estimule tales temores. “A por él”.
    2. El poderoso inversor –el filántropo George Soros, por ejemplo— alquila o toma prestados de un banco a cambio de un precio –el euríbor, por ejemplo– una gran cantidad de dichos bonos u otros títulos de deuda pública. No se los compra, se los alquila para devolvérselos una vez hecha la operación (el ataque).
    3. Ahora entran los voceros: las alarmas mediante prensa especializada (esa que niega que existan los ataques y se burla de los paranoicos), think tanks, grandes instituciones financieras planetarias y, también, otros individuos que no ganan nada con esto, pero a los que gusta tildar de loquitos que ven gigantes donde sólo hay molinos a quienes denuncian estas armas de destrucción masiva (así llamó a los CDS otro gran inversor nada sospechoso de anti-mercados, Warren Buffett).
    4. Tras el “¡Grecia (España, el euro) se hunde, tonto el último en vender!”, gran cantidad de inversores aterrorizados comienzan a vender masivamente esos títulos para limitar sus pérdidas. La cotización de dichos títulos se hunde: la ley de la oferta y la demanda sentencia que, cuando la demanda de un bien baja, el precio del bien baja. En este caso, la “pendiente” de la bajada es abrupta: el precio se hunde. Cuanto más se hunda, más gana el atacante.
    5. El atacante-especulador espera al momento más bajo del precio de los títulos en el mercado de compra y venta (el llamado secundario, el de cotización). Entonces el atacante compra barato… y devuelve los títulos depreciados al banco, con el que el acuerdo es “te lo alquilo a cambio de un precio de alquiler –no de venta–, y te los devuelvo, valgan lo que valgan cuando yo te los devuelvo”. Como vendía en el mercado caro y compré barato, obtengo grandes ganancias. Y a otra cosa, sea esta cosa la deuda de otro país, las acciones de una gran empresa o un divisa concreta.

A esto se lo llama venta corta o short-selling, y es legal, una práctica habitual en los mercados. ¿Les parece especulativa? O si le parece que lo especulativo es natural, ¿la creen conveniente para el sistema económico global? Estas prácticas, en definitiva, son capaces de generar paro masivo por la parálisis económica y la inestabilidad que crean en territorios enteros llenos de personas. Además, merma en los ahorros de los pequeños ahorradores, por no hablar de los hipotecados y otros deudores que pagan los platos rotos de una banca –griega, española— presa del pánico. Sor Presa del Pánico y Sor Rata de Callejón, como aquellas irreverentes monjitas de Entre Tinieblas.

Un ‘post’ largo

Tacho Rufino | 26 de mayo de 2010 a las 17:43

Tobalito de Guayé, hombre de mente lúcida y comprometida, a la par que sincero consejero mío de ocasión, me reprocha ciertas cosas publicadas en este blog. Básicamente, que asuma como inevitables y positivos los métodos y herramientas liberales –según él– para afrontar la crisis. Él tiene como liberales, casi los peores liberales, a los socialistas (al PSOE, queremos decir), que han hecho el mismo juego en política economómica que el PP, o que cualquier partido liberal-conservador. Es más, Guayé afirma, directamente, que ni uno ni otro han hecho política económica: se han limitado a ciertos maquillajes fiscales, normalmente a eliminar impuestos directos cuando el consumo y sus impuestos indirectos estaban en enorme auge. Y sobre todo, dice él, se han dedicado a desmembrar el sector público y los servicios públicos… faena que se ha intensificado en las útlimas semanas. Desmontar, y no deconstruir: eliminar partes, y no separar las piezas del lego para identificar las contrdicciones del sistema y volverlo a montar de una manera mejor.

Aquí en este blog se defendió que el Gobierno acometiera un plan drástico de recorte presupuestario, pero con matizaciones  (no a la congelación de las paupérrimas pensiones; no a la mutilación de la capacidad del Estado de dinamizar la economía mediante gasto público útil: obras públicas, sanidad -con copago, ok-, educación). También se criticó la reacción extemporánea que llevó al Gobierno a entonar un “¡Ah, se me olvidaba!, también vamos a gravar las rentas y los patrimonios de los ricos-ricos”. Un paquete de medidas de tal calibre –por muy inducidas por los mercados y por la dupla franco-alemana que fueran– no debe y no puede redefinirse en lo esencial de un día para otro. Y, además, mi confianza en que realmente se gravarán las fortunas de una de las colas de la distribución (los del taco riguroso) es nula a día de hoy: acabarán pagando los que más contribuyen a formar capital humano en el país, expresión esa de capital humano tan manoseada; pagarán las partes altas de la clase media, los profesionales.

Por otra parte, la deuda familiar española es una locura insostenible, superior a la de Grecia o el Reino Unido (por mucho que los tres déficits públicos sean similares), y eso obliga, por una parte, a los bancos acreedores de hipotecas que pagaron casas menguantes a conceder carencias y demoras en los pagos a quienes lo solicitan, para no convertirlos en fallidos y dinamitar los propios balances bancarios; por otra parte, dicha deuda familiar da mucho miedo fuera (que es de donde, originariamente, vinieron los dineros para los créditos: aquí agotamos los nacionales y seguíamos con sed de ladrillo), y es ése el motivo que en el fondo nos tiene en el centro de la diana, el motivo de que paguemos mucho por nuestras emisiones de deuda y que, como ayer, estuviéramos al borde del abismo al cubrirse de chiripa una emisión de bonos públicos, absolutamente necesaria para amortizar deudas que vencen ya. (Salgado, presa del pánico, anunciaba poco antes que se iba a prohibir a los ayuntamientos endeudarse… para que, debemos colegir, el crédito que hubiera por ahí disponible se lo llevara el propio Estado. Al borde literalmente del abismo. Que me perdonen los argentinos por la insistencia en la comparación: no estamos tan lejos de lo que allí pasó hace unos años, por mucho que los motivos sean distintos; allí monetario, aquí fiscal-presupuestario, público y familiar.)

Dicho esto, dicha otra cosa: la medida más inmediata es reducir las salidas de los propios salarios que pago: los de los funcionarios y asimilados. De acuerdo, los funcionarios pasan de privilegiados a víctimas… pero, sin tanto extremismo terminológico, lo que son en realidad es los primeros damnificados (los segundos, mejor dicho, la masa salarial privada se ha reducido mucho más que lo que se va a reducir la pública: y esos salarios privados de la gente que va al paro los tiene que pagar el Estado). Así debe ser, si ello se acompaña de otras medidas. Sacrificio, pero con compromiso de racionalidad y justicia social en las medidas ulteriores: ¿qué pasa con el gasto militar, nos preguntamos muchos? ¿Tiene que ver el silencio oficial sobre esta partida con los compromisos adquiridos con alemanes, franceses y estadounidenses de comprarles y seguirles comprando y actualizando nuestro armamento y todas las tecnologías asociadas? Pues claro que sí, y en este sentido cabe dudar de el hecho de que la improbable  ministra Chacón presumiera ayer de un soldado español cibernético (con ordenador, pda, gps y toda la leche entre la impedimenta), afirmando ufana que “toda la tecnología es española”. Ésa lo será, pero la inmensa mayoría del resto de la enorme inversión en Defensa, no.

En fin, que el cinturón debe apretárselo todo el mundo. Pero no es lo mismo desmontar autonomías inservibles que son derroche puro de un día para otro que reducir transitoriamente el salario a los empleados más seguros, los públicos. Es más fácil, más inmediato. Yo también lo haría, pero cabría exigírme contrapartidas serias, coherentes; abundar en los recortes de aquello que es superfluo. De lo importante, lo básico-público, no recortar: gestionar mejor.