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En busca del centro de gravedad

Tacho Rufino | 19 de marzo de 2013 a las 13:57

NADA ha sido ajeno a la elección del nuevo Papa esta semana, por mucho que siga uno oyendo la cantinela de que los que no son católicos o son críticos con la Iglesia no deberían meterse en comentarios sobre lo que no es suyo: con tal exclusividad como norma, la verdad, no habría Historia. El mismo New York Times sacaba en su portada del miércoles trece un reportaje sobre el Papa y la Iglesia católica, aunque de contenido más sociológico y estratégico que electoral: “El nuevo Papa desplaza el centro de gravedad de la Iglesia lejos de Europa”, se titulaba. Pobre Europa, dividida entre sureños pro-crecimiento y nórdicos (tres: Alemania-Austria, Finlandia y Holanda) que no se bajan del burro de la austeridad y piensan cosas de este tipo: “Nuestros hijos tendrán que ir a recuperar su dinero al Sur” (lo dijo a un periodista español la semana pasada Hans-Werner Sinn, economista estrella de la Alemania doliente, soberbia e implacable, y con mucho dato por vía intravenosa, eso sí). Todos abandonan Europa, incluso la nacionalidad del Papa. O la tienen descontada, más como un problema potencial que como fuente de nada bueno. La Iglesia ha crecido hacia el Sur, mucho más que hacia el Norte, donde ha ido para atrás; topándose además con otra religión que crece hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados, el islam. Una situación comprometida donde las haya según el gran estratega teórico, Michael Porter: atrapada en el medio. Con su mejor bastión en Latinoamérica. La Iglesia parece estar buscando su centro de gravedad. Eso debemos hacer todos. O por lo menos saber dónde están los centros de gravedad importantes, aunque sólo sea para saber de dónde nos vienen los vientos.

Franco Battiato cantaba una estupenda canción, con una inefable pinta y baile, en los primeros 80: “Busco un centro de gravedad permanente, que no me haga nunca cambiar de idea sobre las cosas, sobre la gente”. Movidos por la incertidumbre y para contener el temor de vivir, todos hacemos eso, incluso hay quien lo consigue demasiado joven y para siempre: de este burro no me bajo, mi visión del mundo es ésta, y nada me va a hacer cambiar de idea. Comodísimo, envidiable. Pero la vida, e incluso el propio globo terráqueo, cambia de centro de gravedad, siempre ha ido cambiando.

El caso más manido -por evidente- de desplazamiento del centro de gravedad económico del mundo es el que se ha producido hacia China en la última década. En los 80 de Battiato y un servidor recién mayor de edad, el centro de gravedad de la economía mundial estaba en el Atlántico, en medio del océano. Más o menos coincidente con el estallido de la crisis, hace unos seis años, el imparable ascenso del PIB chino y de otras economías orientales comenzó a desplazar ese centro de gravedad hacia Asia. Según un estudio del profesor Quah, de la London School of Economics, en 2050 ese centro se localizará literalmente entre China e India, y según su estudio -la ubicación se hace combinando PIB y superficie de los territorios- tras recorrer unos 9.300 kilómetros desde mitad del Océano Atlántico. Aunque la economía mundial no debería ser un juego de suma cero -según el cual lo que ganan los asiáticos lo pierden los occidentales-, la cosa produce un poco de repeluco… siendo occidental, claro. Se supone que la emergencia oriental implica muchas mayores oportunidades de vender nuestros productos. Qué productos. Es la pregunta.

World's center of economic gravity shifts east 

Europa, en tanto, está atrapada en un euro que es un crisol ardiente, que contiene metales y materias cuyas reacciones no son sinérgicas, qué va: más bien parecen incompatibles. Evidentemente, nuestro viejo continente y su pérfida isla pierden peso, lo veamos o no.