Archivos para el tag ‘China’

La trastienda del chino

Tacho Rufino | 17 de abril de 2011 a las 11:35

HACE ya años, en una de esas bodegas de Jerez con nombre inglés cuyos vinos no los beben los nacionales, sino que van masivamente a nutrir la marca blanca alemana o inglesa, un gran mayorista germano vino a visitar las idílicas instalaciones de la empresa. El anfitrión, orgulloso del señorío y la solera que irradiaban pabellones, patios y botas, hizo ver a su cliente que las golondrinas anidaban año tras año por los rincones y arcadas de la bodega. Un detalle bucólico, pensó el bodeguero, que incurría en la habitual sobrevaloración española de las golondrinas, ave urbana tan bella como ruidosa y sucia, que supuestamente alivió a Cristo en la cruz quitándole las espinas de la frente. Los alemanes no deben contar tan dudosa leyenda a sus niños, y el inspector dijo: “Esos nidos y esos pájaros, fuera, o no hay trato”. “Pero, pero… ¿por qué?”. “Porque nuestra política de calidad prescribe que no podemos aceptar en los proveedores extranjeros lo que no acepta nuestra ley en Alemania. Nuestros clientes nacionales son exigentes y responsables, y no compran productos de dudosa trazabilidad; que estén abonados con productos prohibidos allí, o fabricados en fábricas más contaminantes que las de allí, o ensamblados con manos infantiles o explotadas… tampoco elaborados bajo excrementos y plumas de pájaros”. Superado el shock, el dueño de la bodega mandó quitar los nidos.

La entrada de España en Europa no sólo supuso la aparición de oportunidades y ventajas comerciales, sino que obligó a un país socialmente poco concienciado a asumir leyes y regulaciones medioambientales y sociales que aquí no hubiéramos desarrollado motu proprio en muchos años. Nuestro cemento y otras industrias dejaron de ser tan competitivos como lo eran cuando ensuciaban más y pagar las multas era rentable, pero en general nos pusieron -gratis- las botas de las siete leguas en responsabilidad social corporativa (término que entonces no existía, por cierto). Aun así, España hoy, salvo un par de regiones excepcionales, es un país donde el coche domina los espacios, las calles están tan sucias como limpias están las cocinas, y el ruido chirriante y el negro humo de mi moto, con que no lo perciba la Policía, basta. Esta falta de conciencia protectora de lo común, esa miopía y ese cortoplacismo social que, de nuevo en general, no ha mejorado con las nuevas generaciones simboliza nuestra condición de consumidores. El español medio no se pregunta ante la laca de uñas, el picardías, las pilas, el candado o la fregona: “Y tú, ¿de quién eres?”. Se va al chino y compra lo más barato.

Circula un vídeo de un profesor de Economía (Julián Pavón en Youtube: “Modelo parasitario chino de expansión económica”) que critica esta condición consumidora española. Para ello, describe el comucapitalismo chino (ése que esta semana ha prometido echar un flotador a nuestras cajas; no se crean nada) como madre de todas las estafas planetarias. El esquema -simple pero con pegada- que defiende Pavón con vehemencia es el siguiente: el Estado chino crea empresas chinas que emplean a chinos para fabricar productos chinos en China, que se venden a precios sin competencia a consumidores de fuera. Los ingresos por ventas van a bancos chinos que llevan el dinero a China. Con las reservas estratosféricas en divisa obtenidas, China compra el mundo: materias primas estratégicas en África y Latinoamérica (o cajas en España…). Consigue el control de la economía mundial. Una implacable estrategia de hormiga orquestada desde el Partido Comunista chino. Quien me manda el vídeo del catedrático apostilla en su email: “Ahora vas y compras en un chino”. No es una cuestión de forma de ojos y color de pelo y piel, es una cuestión de competencia y reglas del juego. La defensa sólo puede venir de los consumidores responsables, que los hay.

China teme que le florezcan jazmines

Tacho Rufino | 1 de marzo de 2011 a las 17:37

El New York Times publica hoy un pequeño artículo de opinión titulado Por qué China está nerviosa con los levantamientos árabes. La buena marcha económica no es suficiente para acallar completamente la contestación política y la reclamación de libertades individuales en el gigante asiático. En muchas webs se ha suprimido la posiblidad de buscar las palabras Egipto o Túnez, e incluso Revolución de los Jazmines. Como hemos dicho aquí otras veces, las tomas de la Bastilla de nuestro tiempo se realizarán por medio de las redes sociales.

China exporta mucho, pero no tanto como creemos

Tacho Rufino | 23 de febrero de 2011 a las 16:19

Enumero tres de las certezas más compartidas acerca de la economía china:

  1. Los chinos consumen poco (luego ahorran, siempre en función de su renta, aún relativamente baja);
  2. China basa masivamente su PIB en las exportaciones, e importan comparativamente poco.
  3. China tiene grandísimas reservas líquidas que mueve por el mundo (es el principal “banquero” de EE.UU., de los que posee una parte mayoritaria de su deuda pública).

Pues bien; salvo la última, que es una verdad completa, las dos primeras afirmaciones son verdades a medias. Miren el gráfico (Crecimiento de las exportaciones reales en términos de crecimiento del PIB: Exportaciones totales en azul, Exportaciones de Valor Añadido Interno –DVAE, en inglés, en amarillo–, Mackinsey Quarterly).

China exporta

A lo largo de los años analizados, el PIB chino decae, y también lo hacen las exportaciones, si las consideramos netas de aquellas que se producen después de importar y, no en todos los casos, transformar dichas importaciones: hay importaciones que se reexportan dentro de los productos que salen fuera. Particularmente en 2008, esas exportaciones que han sido antes importaciones caen, pero no tanto como el PIB. Es decir: no es exportación de pura cepa todo lo que reluce en el dragón que tanto resopla.

Una de las lecturas de estos datos es que el consumo chino, por fin para el resto del mundo (a corto plazo, porque a largo…), se vigoriza, lo cual redunda en un mayor atractivo para que compañías extranjeras se establezcan allí. En plata: el alto crecimiento del país asiático no se debe tantísimo a las exportaciones, sino que también a la demanda interna, que da señales de vida. El chino le coge el gusto a consumir. Tratándose de cientos y cientos de millones, veremos dónde acaba esto. De momento, comercialmente, son buenas noticias.

Las dependencias contemporáneas

Tacho Rufino | 22 de enero de 2011 a las 21:11

patatasALMORZANDO, y ante la del todo justa relación calidad-precio del barato menú universitario, un compañero me comenta que su Carredona ofrece unas bolsas de patatas con brócolis a euro y pico, que se meten seis minutitos en el microondas y te resuelven una cena para dos, rica, saludable y fácil de preparar. Concluimos que por ese precio no cena uno en casa guisando, por no mencionar el tiempo de preparación, el consumo energético, el fregado de cacharros y hasta el riesgo de petardazo culinario. La cocina casera con ingredientes naturales ha pasado, de ser la más económica, a ser una opción más cara que rendirse al multiforme y marketiniano mundo de los precocinados: las materias primas son, irremisiblemente, cosa de mayoristas, de empresas agroalimentarias. Una vez que el acceso a lo natural y antes barato sea cosa de privilegiados, dependeremos de los menús preparados, y no habrá marcha atrás. Es una de las muchas dependencias contemporáneas, que sustituyen a las anteriores, menores en número y complejidad.

”"Fuori

Otra dependencia contemporánea, la más brutal, es la tecnológica. No ya por la adicción creciente a dispositivos, internet y redes sociales, sino por la inversión periódica que supone la obsolescencia programada. Usted actualiza su sistema operativo una y otra vez y, en dos años, por esto mismo, su ordenador está gagá. No hablemos de los televisores; su HD, sus led y LCD, y sus TDT, que practican el fuera de juego como el Milan de Sacchi. Otro efecto mucho más pedestre de este tipo de dependencia es la galopante pérdida de destreza en la escritura manual, ¿no les pasa? El boli, en peligro de extinción.

En los años 70, los economistas de izquierda hablaron de la dialéctica Norte-Sur, de la dependencia de la periferia con respecto al centro más o menos geográfico. También un enfoque de estrategia empresarial, la Teoría de la Dependencia de Recursos, proponía como objetivo de superviviencia para una empresa el control suficiente sobre los recursos de los cuales depende su funcionamiento. Las dependencias vigentes arrojan muchos elementos para juzgar la situación.

yuanPor ejemplo, dependemos de China, y no ya nosotros, sino un Estados Unidos presa del pánico por perder el cetro mundial: no ha sido Noam Chomsky ni Spike Lee, sino Hillary Clinton quien ha venido a decir “no toquemos las bolas chinas, que con el banquero de uno hay que llevarse bien”. No en vano China posee un millón de millones de dólares de deuda estadounidense. Dependemos, por otro lado, más de Alemania. Si antes ellos compraban territorios comerciales a cambio de fondos europeos, ahora es su crecimiento -revisado al alza esta semana, qué gloria- quien nos hace ir a su remolque en mayor medida. Si no cambia mucho la cosa, nuestras universidades prepararán buenos ingenieros para que acaben trabajando en Mannheim o Shanghai. Quizá acabarán estudiando directamente allí, para ahorrar. Recientemente hemos sabido que Alemania necesita decenas de miles de ingenieros, y también de mano de obra menos cualificada. Otra nueva forma de dependencia, y de gran alcance.

mou pepA nivel más casero, un ejemplo de la creciente concentración de recursos y poder es el fútbol, esa metáfora polivalente de la vida. El Barcelona y el Madrid acaparan la mayor parte del pastel publicitario televisivo, y así pueden fichar a lo mejor y más caro. De esta forma, nuestra liga -y los muy hartibles espacios deportivos en los noticiarios- se convierte en un ente dependiente de estos dos equipos-holding. Nos cargamos así la competición, la cantera y lo que haga falta; venga Mou y Cristiano, Pep y Messi. A la vuelta de dos días, la pelota estará pinchada, y la liga degradada por la hiperdependencia reconcentrada. Por eso supo a gloria, no sólo a los béticos, el 3-1 del Betis al Barça del miércoles.

La nueva forma de dominio

Tacho Rufino | 12 de enero de 2011 a las 17:29

Los países emergentes (no sólo, pero sobre todo China) exportan mucho, y su consumo interno es muy débil, como sus salarios. Por eso, acumulan fuertes cantidades de dinero, de liquidez. ¿Dónde la invierten, sobre todo mediante lo que se da en llamar Fondos Soberanos? En deuda pública de aqullos a quienes les ha pasado lo contrario: exportan poco (o sea, su balanza comercial es negativa), conusmen  mucho… y tienen necesidad de enedudarse, con lo que su deuda exterior es grande (por ejemplo, España, 1, 2, 3, responda otra vez). ¿Quién compra esa deuda, cada vez en mayor proporción? Quien tiene liquidez, como los mencionados países emergentes. Ser acreedor de alguien con muchas deudas es una excelente forma de dominación geoestratégica.

 

(Con la venia, ahí va una viñeta del gran “El Roto”)

el roto deudores

Chinos, os recibimos con alegría… e incredulidad

Tacho Rufino | 10 de enero de 2011 a las 13:15

POR pura comparación entre la oferta y la demanda y por mero poder de negociación de las partes, si China se encaprichara con tomar pan con aceite de oliva español y jamón ibérico, regado con rioja, nosotros tendríamos que dejar de hacerlo. O si no llega tanto la cosa, el todavía hoy asequible lujo hispánico nos saldría carísimo. O peor aún: quedarían las peores partidas para el mercado nacional. La prensa extranjera, incluido el diario oficial chino, el Renmin Ribao, prefiere centrarse en los acuerdos sobre estos tres productos señeros españoles -de los que sólo se ha sustanciado un precontrato de un par de millones, algo relativamente modesto- que en el verdadero apoyo que el régimen comucapitalista asiático podría darnos: comprar nuestra deuda soberana. Es ésa la única vía de mantener nuestra tesorería pública en movimiento, además de la mejor fórmula para apartar los mengues especulativos que se ciernen sobre España cual marea que sube y baja, puro acoso y derribo financiero. Pero esta ayuda será, en caso de ser, necesariamente transitoria y no hay motivos para entonar el “Chinos, os recibimos con alegría”.

Un primer motivo para ser cautos con la visita del occidentalizado hombre fuerte del régimen, Li Keqiang, es que los chinos son reconocidos negociadores de boquilla. Su fuerte no es cumplir los compromisos verbales que adquieren en las cancillerías de otros países, y valga como muestra sus repetidas promesas incumplidas de revaluar su moneda, el yuan, una divisa mantenida artificialmente baja para ser también artificialmente más competitivos de lo que de por sí son. Un segundo motivo para el escepticismo es que nadie da nada por nada, y tampoco un chino. ¿Por qué habría de lanzarnos una tabla de salvación la República Popular, comprando bonos españoles que las agencias de calificación, ay, evalúan cada vez peor? Algo querrán, aparte de colocar su tremebunda liquidez, ¿no? Lo mismo hicieron antes con Grecia e Irlanda. ¿Qué quieren de nosotros, que tan poco podemos ofrecer, sin ánimo de desmerecer los adorables manjares patrios?: quieren comprometer nuestro apoyo para grandes asuntos geoestratégicos: poder contaminar a ritmos exponenciales y fuera de todo estándar de Kioto o Copenhague; que la UE les levante el embargo de armas; que no les toquemos la nariz con los premios Nobel; que no pongamos pegas a su expansión africana y latinoamericana. A cambio de nuestro servilismo en estas cosas, con el tacón nos firman acuerdos comerciales de algunos milloncejos, que, eso sí, pueden suponer un excelente apuntalamiento allí para, por ejemplo, el aceite andaluz Hojiblanca. Por lo demás, y referente a la deuda, hasta que no lo veas, no lo creas.

El comunismo empresarial asoma las orejas

Tacho Rufino | 9 de enero de 2011 a las 21:50

HACE unos días leí a un compañero en estas mismas páginas que a veces es mejor que los sueños no se hagan realidad. Se refería al sueño liberal -lo que aquí conocemos por liberal, es decir, antipúblico- de desmontar el Estado del Bienestar para liberar las sabias fuerzas del mercado. Y sí, lo desmontamos, pero no por nuestra propia mano, sino forzados por las circunstancias. A la fuerza, vendemos o quemamos nuestro patrimonio; el común, el público, el que tan poco valoran -salvo, por ejemplo, para operarse gratis y con garantías en la Seguridad Social- quienes de pronto degustan el irresistible sabor del éxito empresarial o profesional, y descubren que lo común es una rémora. Nos hacemos yanquis de pacotilla, y a la vez empobrecidos economistas de calle de la Argentina de el corralito. Norte pero Sur, mezcla e indefinición: una mala situación estratégica. En el fondo, no es sino esa misma contradicción la que impera en el escenario económico.

multinacionalLas empresas grandes mueren menos que las pequeñas en este largo y tortuoso camino que emprendimos, sin previo aviso, hace unos tres años. La mayor concentración de riqueza en pocas manos es una de las consecuencias de toda crisis económica. También el mundo empresarial reduce su número de agentes. Las empresas familiares -un modelo antinatural a la larga- son pasto de las llamas en primera instancia. El muchas veces sumergido y muy desprotegido mundo del autónomo también es víctima propiciatoria. Cuando las relaciones económicas se vuelven más salvajes, sobreviven las grandes corporaciones. O sea: el “búscate la vida o muere” convive con las superburocracias empresariales, grandes empresas que emplean a millares de personas. Algo, en esencia, muy poco diferente de los fracasados esquemas estatalistas. La mayor parte de la gente en los países desarrollados vive y vivirá su vida laboral en burocracias de planificación centralizada llamadas empresas, en entidades que buscan contratos y suministros al más largo plazo posible. De la misma forma que rige la bipolaridad laboral empleado maduro, seguro y bien remunerado vs. empleado precario, dispuesto y bien formado, las relaciones económicas parecen condenadas a la bipolaridad: grandes empresas que emplean a la mayoría con condiciones salariales extremas, junto a miríadas de pequeños empresarios que sobreviven al albur y a expensas de aquellas. Al Estado no se le espera, está ingresado. Un Estado que recorta en mayor medida su inversión que su gasto: sueldos y prestaciones irracionales para los políticos, entidades superpobladas de levantadores de mano como el Senado o los parlamentos autonómicos, coches oficiales, dietas para políticos… que deberían ser sustituidos por funcionarios de carrera que garanticen una mayor independencia en la gestión de las instituciones. Mutilar la inversión pública que nutre el tejido empresarial y maquillar los recortes de gasto (salvo los hachazos a los funcionarios de a pie): justo la combinación de política presupuestaria que más daño hace al sector privado, que, no lo olvidemos, es el único potencial recuperador de empleo.

china_car_logoY, de pronto, gritamos “¡albricias!” al saber que China, la verdadera gran empresa global planificada y burocratizada, va a colocar en nuestra economía un montón de sus enormes sacos de dinero líquido. Aliviará las tensiones de nuestra deuda y, de paso, se posiciona en nuestra economía de una forma bien distinta que la habitual de polígono con tienda de todo y todo barato, esas naves y megatiendas cuya generación espontánea hace pensar que, efectivamente, fueron la pica en Flandes del Imperio Naciente: “Primero, mandamos emisarios con dinero fresco, cuyo origen era posiblemente tan soberano como los fondos oficiales que ahora han venido para quedarse”. El nuevo comunismo empresarial asoma las orejas por distintos frentes.

China, ‘to be or not to be’

Tacho Rufino | 9 de octubre de 2010 a las 13:05

mcdonald china

¿CUÁLES son los valores universales? ¿Es el derecho a llevar armas uno de ellos? ¿Lo es quizá el derecho al trabajo y a la vivienda? ¿A la sanidad y la educación gratuitas? La pena de muerte, ¿proviene de un “universal”? ¿Y la propiedad privada? ¿Son las democracias estadounidense, española, sueca, zaireña y británica iguales? Y, ¿quién puede afirmar que el modelo occidental es el mejor y sería beneficioso para el resto del mundo? ¿Conocen algún buen ejemplo de esa traslación cultural? ¿La India, Afganistán quizá? Los valores son los niños de una cultura, y las culturas son diversísimas: los valores imperantes en Wall Street en poco o nada se parecen a los de un asram en el Tíbet. Por ello hay muchos chinos -y no sólo chinos- que se hacen preguntas como ésas en el debate recurrente acerca de si China abrazará valores universales (¿o debemos decir “occidentales”?), como la Democracia. Algo de lo que parece depender, y mucho, nuestro futuro. El futuro de todos, pero particularmente el futuro de un estilo de vida que se basó en un potente crecimiento industrial tras la Segunda Guerra Mundial, con un continente europeo diezmado de población por el conflicto y, por tanto, con un divisor del ratio per cápita irrepetiblemente pequeño: varias décadas de bonanza “por barba” histórica que dieron lugar al Estado del bienestar y a la socialdemocracia. ¿Volverán esos años? ¿Para los mismos territorios? That is the question.

Esta semana The Economist propone a sus lectores ese debate (China: The Debate over universal values), y muchos de los comentarios de dichos lectores son jugosísimos. Uno de ellos dice que no es una cuestión de querer libertad, buena vida y felicidad. La clave está en cómo van a perseguir -los chinos, los indios, los árabes- esos objetivos que en principio a nadie repelen. Ellos saben bien qué no quieren del modelo occidental. Por ejemplo, unos mercados más poderosos de facto que el poder político. Por ejemplo, una inestabilidad económica tan brutal como la que padece occidente desde hace tres años, y lo que queda. Cabe preguntarse si las reformas políticas y la liberalización de los mercados internos chinos van a facilitar que China se convierta en una democracia basada en el consumo económicamente, y en la igualdad de derechos y la protección socialmente, allá por 2040. Largo me lo fiáis.

Asia acapara centralidad en el planeta. De pronto, el lunes, escuchamos a Nick Clegg, viceprimer minsitro del Reino Unido, decir “Asia es el modelo a emular“, porque “ellos son el optimismo, y nosotros la ansiedad y la incertidumbre”. Después, pronunció la retahíla de los mantras más in: recortes de pensiones, sueldos y coberturas sociales; profundos cambios estructurales, jalones o alargues fiscales ad hoc y, claro es, mucho capital humano, investigación, innovación e infraestructuras verdes. A estas necesidades las llama “catalizadores para un nuevo crecimiento”. Dios lo oiga.

Quizá convendría no intentar desechar lo nuestro con la misma emergencia con que se ansía lo de allá. Las crisis, por definición, acaban pasando, y normalmente purifican y vuelven las cosas a su sustancia natural, sin hinchazones (“saldremos de la crisis por la innovación y la reducción de costes”, afirmó anteayer en el Foro Joly Pedro Guerrero, presidente de Bankinter: con astucia y apreturas, cabe parafrasear). China, por supuesto, bombea su burbuja: la financiero-inmobiliaria está en marcha aceleradamente en las ciudades importantes. Mientras, en vez de encasquetar valores universales y el “Ser o no ser… occidental”, conformémonos con que haya muchos McDonald’s por el mundo: donde esté un burger Mac, no hay odio al occidental, y conocerán la frase: “No habrá guerra en países con MCDonald’s”. (Aquí el Big Mac index del propio The Economist.)

Misterios orientales de andar por casa

Tacho Rufino | 8 de agosto de 2010 a las 12:16

el-corte-chinocasa serafín
QUIZÁ a usted también le sorprenda cómo, casi de un año para otro, los establecimientos de inmigrantes chinos -“lo compré en el chino“- abundan y se enseñorean por los polígonos y barrios de cualquier nivel de renta de su ciudad, y que ocupen sin problemas financieros grandes locales en sitios en los que el metro cuadrado es caro.

También quizá le sorprenda la flexibilidad municipal con sus horarios, los controles sanitarios también relajados que reciben y la gama de alimentos, servicios y productos de cualquier tipo que ofrecen. Y, sobre todo, los precios que cobran por ellos, que hace que el comerciante tradicional no pueda estar a la altura de ninguna manera. Aparte del milagro financiero que suponen dichas tiendas, y aparte del hecho de que deba por fuerza existir una supraorganización invisible que riegue con dinero líquido esta expansión china, las causas del surgimiento de este competidor comercial implacable hay que buscarlas en la propia China.

El chino-tipo no gasta. No es una impresión que uno tenga: sus niveles de consumo son bajísimos y es éste precisamente uno de los talones de Aquiles de su economía que, al ser básicamente inversora y exportadora, se resiente por la atonía importadora de sus principales países clientes. Sus salarios también son muy bajos. La protección y lo que aquí llamamos salud laboral son asimismo precarias. Todo ello tiene mucho que ver con su competitividad, es de cajón. El salario de los trabajadores de base que migran de las zonas rurales para trabajar en las zonas más prósperas chinas es de unos 150 euros al mes. En esas ciudades que más crecen (con su inmensa burbuja inmobiliaria hinchándose sin parar), la mano de obra es escasa, por lo que hay que deducir que ese salario -aquí inconcebible- es alto. China no se plantea ni respeta política de sostenibilidad alguna. Todo eso hace que sus productos sean muy baratos para niveles de calidad similares a los nuestros. Ah, y China es muy productiva: desde 1995 a 2005, sus costes laborales se triplicaron, pero la producción por persona ¡se quintuplicó! Si a todo ello unimos que somos consumidores racionales y no reparamos en la trazabilidad de los productos (qué edad tienen las manos que fabrican sus componentes y los ensamblan, en qué condiciones trabajan) ni en el compromiso social o ambiental de los fabricantes de las cosas que compramos, voilà el cóctel de éxito de la economía china… y de sus tiendas, que proliferan.

Pero el crecimiento lleva implícitas la reclamación y la contestación, la exigencia de una mayor porción para el empleado en el creciente pastel. Más aun si, como decimos, la mano de obra es escasa, por mucho que haya bolsas de potenciales migrantes rurales. China tiene un índice de natalidad muy bajo y su población no es joven: otro freno potencial al crecimiento sostenido a medio plazo. Los chinos de a pie, que ven el oropel occidentalizante en las calles de Shanghai o en la televisión que se generaliza, quieren más. Aunque repletos de temor por la autoridad, se han criado en el colectivismo. Y no quieren seguir “comiéndose el amargor”, según una expresión suya.

En fin, es la libre competencia: o la asumes, o reniegas de ella. Visto así, los productos baratos chinos ahorran dinero a los hogares españoles, y son benéficos -“letales”, dirá quizá un comerciante local- para la competencia, pues presionan a los precios hacia abajo. No es de recibo fustigar por su origen a quien, legalmente, quiere establecerse y prosperar fuera de su país. Pero debe quedar claro de dónde vienen los dineros para empezar a emprender negocios con una inversión elevada. Por el bien de la competencia, también. ¿O será verdad aquello que se decía de que todos los españoles acabaremos siendo camareros y albañiles (?)… que se abastecen en tiendas de chinos?

China, imparable

Tacho Rufino | 25 de enero de 2010 a las 13:40

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IGUAL que pasa entre individuos, las sociedades tienen rasgos diferentes, características distintivas que, más allá de lo físico, hacen que un gallego y un andaluz sean muy probablemente más diferentes entre sí que cada uno con respecto a sus paisanos. Esto, evidentemente, está sujeto a la generalización que, aunque suele denostarse por injusta y poco rigurosa, es uno de los pilares de las ciencias sociales, por mucho que deba reconocerse el derecho a la diferencia: a ser un andaluz hosco y sin salero alguno; a ser un vasco debilucho y de poco comer; a ser un argentino parco en palabras; a ser un chino compulsivamente gastoso. Con mucho éxito desde su publicación en los 80, el holandés Geert Hofstede dirigió una investigación sobre estos rasgos típicos en muy diversos territorios. Concluía que hay pautas culturales que determinan notablemente el comportamiento de regiones y países. Estos patrones son la distancia con el poder (menor en sociedades realmente democráticas); la masculinidad o feminidad (Japón y EEUU serían muy masculinas, Suecia y Holanda más femeninas); la tolerancia de la incertidumbre; el individualismo o colectivismo, y la orientación al corto o al largo plazo. Es interesante plantearse cómo estos rasgos pueden afectar a un inminente papel central de China en el mundo. Podríamos empezar a sentir temor a que se diluyan los valores del vigente guardián del planeta, EEUU. A fin de cuentas, son nuestro paraguas mientras no se demuestre lo contrario. Estamos hechos a ellos.
Hay cálculos variopintos, pero China no tardará más de dos décadas en adelantar a EEUU en PIB; y puede haber adelantado ya a Japón, hasta ahora segunda potencia económica. Los rankings son diferentes según el indicador y la institución que lo elabore (FMI, Eurostat, The Economist, Banco Mundial). China es un país enormemente poblado, por lo que su PIB por habitante cae hasta alrededor del puesto 100 en la clasificación. Éste, sin embargo, no es un grave problema para sus autoridades, y mucho me temo que tampoco para el chino de a pie, al menos en los términos en que dicho bienestar individual lo es para los occidentales. Y es que esa mezcla mutante que es China, compuesta de feroz autoritarismo político y laboral y ciego capitalismo económico, es, como diría Hofstede, muy distante del poder y muy colectiva (y claro, muy productiva). Se tolera desde hace siglos el sometimiento, la obediencia y la jerarquía estricta. El ciudadano chino es mucho menos remilgado en su identidad, su unicidad y sus derechos inalienables que cualquiera de nosotros. No duden que si cogen a un chino copiando en la Universidad, lo ponen a caldo, por poner un ejemplo muy al hilo de esta semana (ver nuevo reglamento de evaluación de la Universidad de Sevilla: pasmo garantizado).

Juguemos a esbozar un escenario probable. China conseguirá la hegemonía comercial, y su moneda, el yuan, será la divisa de referencia para nuestros nietos. China no será nunca un Estado Social de Derecho, ni una democracia neoliberal, ni tan siquiera una socialdemocracia. Será un sistema sin precedente. Ayudará a África y se servirá de sus recursos, y con ello la controlará militar y económicamente. En el resto de continentes y mercados financieros, China llevará también la voz cantante, y no pestañeará ante los paralizantes vicios occidentales. Si, como decíamos hace años, un pisotón al unísono de todos los chinos haría variar el eje gravitacional de la Tierra, unos fondos soberanos teletransportados de aquí a allá provocarán tsunamis económicos y, a la postre, sociales. La industria será china; la sostenibilidad y el conservacionismo, si acaso una mera fachada que, en realidad, no suponen prioridad alguna para China. Ya ha sonado el gong. Por cierto, creo que ese sonido, en mandarín, significa trabajo, y también obrero.