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¿’Tu quoque, Germania’?

Tacho Rufino | 24 de noviembre de 2011 a las 15:05

La noticia de la semana –por ahora; nunca se sabe– es que Alemania ha sufrido para financiarse mediante la emisión de títulos de deuda pública ayer y sólo ha conseguido captar una parte del dinero buscado. Lo que se llama en la jerga “un ratio de cobertura muy bajo”. ¿Los ricos también lloran, y más que van a llorar si no entienden que el problema de los otros serán tarde o temprano su problema, o mejor, lo es ya?
Antecedentes:

  • Alemania paga poco a los inversores en sus títulos de deuda pública. La gente (fondos, bancos, instituciones, particulares) invierte en bunds y otros títulos alemanes a pesar de ser poco rentables: se considera, junto con la deuda pública estadounidense, un valor refugio.
    – Se supone, pues, que nunca nadie va a tener problemas en recuperar su inversión en bonos alemanes (hasta hace nada, eso mismo se suponía de muchos otros países, como Italia o España).
    – Los países considerados menos fiables como deudores por su futuro económico –no sólo Grecia, sino también Portugal, Irlanda, Italia o España—deben ofrecer más dinero (interés) por captar fondos de los inversores a cambio de sus títulos de deuda soberana.
    – Los títulos de deuda (bonos u obligaciones a largo plazo, letras del Tesoro a menor plazo) se emiten en el mercado primario y después se comercian libremente entre particulares en el mercado secundario. La prima de riesgo encarece los títulos en el secundario, pero también afecta a los tipos que los inversores exigen en el primario en emisiones posteriores.
    – A la diferencia percibida entre el tipo de interés que paga anualmente Alemania por un título a su comprador y lo que paga otro país de la UE por un título de plazo de amortización igual se llama “prima de riesgo”. Se considera que mide el mayor o menor riesgo-país (de impago) con respecto a la fiabilidad absoluta de los títulos germánicos, en concreto el bund (bono) a 10 años. Alemania “no tiene prima de riesgo”.
    – Una prima de riesgo superior a 5 puntos de tipo de interés (500 puntos básicos) o más se considera síntoma de que el país que debe prometer pagar tanto no va a ser capaz de devolver sus deudas cuando venzan los plazos. Según la jerga, el país entra en “zona de rescate”.
    – Rescatar significa salvar a un país, claro, y eso se hace mediante el préstamo del dinero que necesita dicho país para pagar sus obligaciones, e incluso mediante un acuerdo de reducción de la deuda exterior de dicho país (una “quita”, con lo que los acreedores transfieren rentas a los deudores).
    – Para rescatar países hay fondos europeos (Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, FEEF) e internacionales (préstamos del Fondo Monetario Internacional), no necesariamente créditos blandos o de bajo interés. A cambio, al prestatario o rescatado se le exigen altos sacrificios de austeridad presupuestaria, reformas laborales y eliminación de coberturas y garantías sociales, además de la inspección permanente de sus movimientos presupuestarios y sus reformas.

Hechos recientes:

  • - Ayer, en la subasta de títulos de deuda alemanes se colocó mucho menos montante que lo que el Estado alemán pretendía, y Alemania tuvo que subir el tipo de interés para hacer más atractivo y colocar parte de lo emitido.
    – Un mayor interés por el título de deuda alemán presiona –en teoría, al menos— a las primas de riesgo de otros países hacia arriba.
    – La legislación alemana obliga a reservar porcentajes mayores de reserva en cada emisión, lo cual no obsta para considerar la emisión de ayer como desastrosa (desde 2008, Alemania ha colocado completamente el 80% de sus emisiones. Nunca con tan mal ratio de cobertura como ayer).
    – La noticia es un bombazo, aunque últimamente todo lo es y nada nos rompe los tímpanos.

Interpretaciones:

  1. Aquí no ha pasado nada, y menos nada que ponga en duda la solidez alemana. La gente ya se ha refugiado bastante en la madre de la seguridad germánica, y ahora pide un poco más de rentabilidad para comprar los títulos alemanes, que estaban demasiado bajos. Hay poca liquidez en el sistema, y eso hace que cada vez sea más difícil vender deuda pública. Alemania, además, se está viendo contaminada por las dudas que existen sobre sus socios comunitarios. El problema sigue siendo el déficit de ciertos países llamados periféricos, su falta de disciplina fiscal (presupuestaria). Esto le pasa a Alemania por asociarse con pillos.
  2. Alemania paga y pagará (y todos después con ella) su arrogancia, su falta de visión de futuro, sus dogmas de política económica centrados en la austeridad a toda costa y en la negativa a espantar a los especuladores y calmar a los otros inversores con facilidades crediticias y emisoras comunitarios (véase, compra de deuda pública por parte del BCE y puesta en circulación de los llamados eurobonos). Alemania, además, quiere ver que el euro ha sido un auténtico chollo para su balanza comercial (antes de la entrada del euro, Alemania era un país altamente deficitario por cuenta corriente; después de 1999, sucedió todo lo contrario), por mucho que su balanza fiscal ha sido deficitaria (“ha dado mucho fondo europeo”). Muchos alemanes de a pie –miopes y desmemoriados– ven a los periféricos como vampiros, y emergen políticos de mensaje populista que rentabilizan ese estado de opinión. Los políticos más serios ven comprometida su reelección: el caso de Angela Merkel, que no quiere hacer lo que tiene que hacer… y acabará haciendo de mala manera.
  3. Tras ir atacando y devorando a los antílopes más débiles de forma sistemática y –sólo en parte— manipuladora mediante grandes fondos de gran capacidad de generar inercias en los mercados financieros, con ataques a la deuda pública de países periféricos (España incluida), ahora le toca a las presas más grandes y apetitosas. Mientras, los guardas de la reserva (Comisión Europea, Eurogrupo, BCE) se enzarzan en discusiones interminables sobre la estrategia defensiva a seguir. En el fondo, el objetivo de ‘los mercados’ no es este o aquel rumiante, sino el propio territorio, un territorio monetario: el euro. Una moneda que ha osado discutir el papel de moneda franca planetaria al dólar. El dólar tiene sus legiones pretorianas más o menos visibles, que han aprovechado las debilidades de un poliedro dispar como es la Unión Europea para atacar desde distintos frentes de forma implacable al enemigo, el euro. Cuando Alemania –y otros más chiquititos y sobrados, como Holanda– empiece a sufrir de verdad, el euro es tierra conquistada.

¿Tiene usted alguna interpretación alternativa, o un mix de las anteriores?

¿Era solidaridad o era un ‘queo’?

Tacho Rufino | 12 de noviembre de 2011 a las 11:22

EN reiteradas ocasiones hemos alabado aquí a la economía alemana y el saber hacer de su canciller, Angela Merkel, en el proceloso poliedro comunitario. Su estructura económica altamente industrial, su competitividad y calidad y su hegemonía exportadora -esté el euro alto o bajo- son no ya dignos de elogio, sino de melancólica envidia. Pero la situación europea ha llegado a tal nivel de riesgo para todo y para todos que, para entender lo que pasa y preparase para lo que hay y lo que viene, conviene recordar ciertas situaciones relativamente recientes y comentar otras que resultan esclarecedoras. Y desmitificadoras de lo alemán como paradigma de todo lo bueno y todo lo bien hecho.

Los vicios de la memoria -o desmemoria- selectiva nos hacen no tener en cuenta un hecho sólo en apariencia sorprendente: durante la década anterior al nacimiento del euro, Alemania tenía un altísimo déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente (la diferencia entre cobros y pagos con el exterior), casi al mismo nivel que el campeón importador-consumidor, Estados Unidos. En ese mismo periodo, España, Italia y Grecia sostienen este déficit exterior en un nivel muy por debajo de Alemania, que justo antes del euro (en 1999, y en 2000 igual) era el tercer país con mayor déficit por cuenta corriente del mundo. Como recordaba Nuño Rodrigo en su blog en Cinco Días este miércoles, “con la introducción del euro Alemania pasó a tener superávit (y encarnar las virtudes del trabajo bien hecho) mientras el arco mediterráneo pasaba a registrar cuantiosos desequilibrios comerciales que deben ser compensados con entradas de capital” desde el exterior: con deuda, con préstamos del exterior que financien el consumo de los vagos mediterráneos, consumo ahora demonizado. Un consumo de bienes que, en buena parte, ha hecho de Alemania la campeona de las exportaciones. O sea, en corto y por derecho: el euro ha sido un chollo para los alemanes, que ahora -¡oh paradoja!-, anhelan airados la vuelta al marco: como si el euro no hubiera sido un marco disfrazado. He jugado y me he forrado; me largo, se siente. Mientras, los países mediterráneos -los llamados periféricos, frente a los centrales alrededor de Alemania- hemos sido las vacas lecheras que ha ordeñado Alemania en un verdadero mercado común.

Sí, es cierto: hemos recibido muchos fondos europeos que nos han hecho quizá pasivos -cuidado con los adjetivos: ya está bien-. Pasivos consumidores a los que se ha dejado el grifo del crédito abierto a tope. Con la necesaria negligencia o falta de luces de nuestros gobernantes y de la mayoría de los economistas que opinan, el país creció con la deuda y con el consumo de ladrillo y otros bienes no inmuebles. Ahora nos hemos encontrado con la escoba en la mano, una escoba insoportablemente pesada. ¿Es culpa de las indolentes esencias nacionales? Por favor. ¿Era solidaridad o era un queo? Ustedes dirán. [En andalucía suele usarse la palbara queo por engaño]

(Inevitable buscar similitudes entre estas relaciones con ciertas controversias patrias (con perdón). La balanza fiscal (la diferencia entre lo que una comunidad autónoma aporta al Estado y lo que esa comunidad recibe del Estado en inversiones) está en boca del nacionalismo catalán con razón, pero no con toda la razón. En realidad, lo que se desea no es equilibrar insolidariamente tal balanza, sino conseguir la inaudita prebenda fiscal vasca, llamada cupo. Sea como sea, las cosas se reproducen a escala doméstica en la balanza comercial entre regiones, tan ignorada como esencial para comprender las relaciones de intercambio y la aparición de brechas de riqueza entre territorios y personas. Es un juego de roles que ha ido evolucionando y mutando a lo largo de la Historia: “Yo soy el productor productivo pagador de impuestos porque tú eres el consumidor de lo mío”. Y encima te llaman subsidiado, holgazán y vividor. Menos en Suiza, Luxemburgo y dos sitios más, sucede lo mismo a lo largo y ancho del planeta. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.)