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España-Argentina, ida y vuelta

Tacho Rufino | 23 de noviembre de 2011 a las 14:26

(Anoche, entre las doce y la una)
La primera vez que vi Luna de Avellaneda correría el año 2005. Como puede sucederme fácilmente si voy solo al cine, si he tenido una noche agitada, si la sala está semivacía y, sobre todo, si la película va de cosas del corazón no romántico, solté varias tandas de lágrimas e incontenibles jipíos. O quizá sí podría evitar tal descontrol emotivo, pero sé por experiencia que esos excesos hacen mucho bien al tono cardiovascular. Ayer, al verla en la tele, volví a reírme y a ponerme triste alternativa e incluso simultáneamente, de nuevo con el benéfico efecto circulatorio de las duchas frío-calor. El gran Ricardo Darín, el gran José Blanco y el resto de notables actores argentinos que protagonizan la película volvieron a emocionarme. Sus pequeñas vidas y sus grandes corazones, que diría Tonino Carotone.

Pero algo había cambiado en mi forma de entender la película. Mientras que hace seis años fue la situación personal del héroe corriente y local –Darín–, su desencuentro con una amada mujer a quien se le había secado el amor y hasta el cariño, su lucha por un ideal de un barrio que es trasunto y metáfora de las relaciones humanas en cualquier dimensión, ayer paladeé ciertas alusiones de manera personal: las situaciones de aquella Argentina deprimida y sin futuro (expectativas, para ser más técnicos), sumida en el corralito y en la lucha por mantener a duras penas la dignidad personal y familiar, se me representaban como posibles aquí apenas pasemos un par de páginas de esta novela de horror por entregas que leemos obligadamente. (Hoy, de camino a la facultad, en un semáforo, he saludado a un amigo, precisamente heliopolitano como yo, que me ha dado las gracias por hacer fácil la economía… pero me ha llamado pesimista. Qué le vamos a hacer. “Ojalá me hubiera equivocado mucho más”, le he dicho, “y, además, Paulo Coelho sólo hay uno, gracias a Dios”.)
Luna de Avellaneda se filmó en 2004. En Argentina no había un peso, el trueque y el apañamiento casero eran monedas de cambio habituales, y la combinación de esta situación social depresiva con el alto nivel personal (“Eres una persona muy valiosa”, le dice en la barca entre lágrimas la chica que habla rápido al genial bebedor que interpreta Blanco: valorar lo valioso, una victoria de la crisis) de los argentinos me hacía asociarme con la película, quizá por eso que los psicólogos llaman disonancia cognitiva, quién sabe.

El caso es que ayer, en noviembre de 2011, noté una desazón al transcurrir la película. No era miedo, era toma de conciencia. El presidente catalán había ayer mismo anunciado medidas de recorte de gasto que deprimirán más aun el nivel económico nacional a corto plazo, en la esperanza incierta de que tal adelgazamiento y anemia provocarán la resurrección vigorosa, como la yerba que crecía al galopar de los cascos de los caballos en Excalibur. El electo nuevo presidente nacional, Rajoy, se veía presionado intensamente –un día después de las elecciones– desde afuera (Merkel, FMI, agencias de rating, BCE) a recortar “radicalmente”, “sorprendentemente” (Fitch quiere sorpresitas, como los padres les pedimos a nuestros hijos con las próximas notas), “inmediatamente”, en la misma línea que marcan los trend-setter de España, los catalanes. Nada de medidas de estímulo, nada de espantar la especulación con facilidad monetaria, nada de obligar a dar crédito, sino todo lo contrario: austeridad hasta los huesos, devaluación nacional. Después, cuando quiera que sea después, ya veremos.
Recordaré dos partes simbólicas de la película. Una, la situación del hijo del Román que hace Ricardo Darín me llevó directamente a un artículo que leí precisamente ayer sobre nuestros jóvenes emigrantes, que no ven otra salida que ir a infraemplearse en el extranjero. “Mi hijo está en Edimburgo de camarero”, “Mi hija trabaja en un hospital de Londres”, “Mis alumnos no paran de pedirme cartas de recomendación para trabajar en otros países”. El chaval es despedido de un trabajo en el que gana 300 dólares al mes, porque el dueño de la tienda contrata a otro por la mitad. ¿Adónde decide irse el chico? A España. Una España que, sólo hace cinco años, era una tierra de promisión que atraía oleadas de emigrantes. No hace falta explicar cuánto ha cambiado la cosa, aquí y allí. Dos, en otro pasaje de la película, Román se queja de todas las cosas de las que ha debido desprenderse: “Porque yo aprendí muchas cosas últimamente, a la fuerza, lo reconozco; aprendí que puedo vivir sin cable, sin video, sin ir al cine, sin prepaga, sin seguridad, sin ropa nueva, sin luz, sin gas, sin perfumes, pero no puedo vivir sin la admiración de mi mujer y de mi hijo, mis hijos. Yo no puedo, no puedo”. (Ver extracto, si quieren a partir del minuto 5,20″) ¿Además de pesimista, sensiblero, Tachito? Pues vale. Sólo decir una cosa más: mi frase preferida es “Hagamos de la necesidad virtud”. Reírse –más que llorar— ayuda a este propósito. Trabajar mucho y con imaginación, también.

El comunismo empresarial asoma las orejas

Tacho Rufino | 9 de enero de 2011 a las 21:50

HACE unos días leí a un compañero en estas mismas páginas que a veces es mejor que los sueños no se hagan realidad. Se refería al sueño liberal -lo que aquí conocemos por liberal, es decir, antipúblico- de desmontar el Estado del Bienestar para liberar las sabias fuerzas del mercado. Y sí, lo desmontamos, pero no por nuestra propia mano, sino forzados por las circunstancias. A la fuerza, vendemos o quemamos nuestro patrimonio; el común, el público, el que tan poco valoran -salvo, por ejemplo, para operarse gratis y con garantías en la Seguridad Social- quienes de pronto degustan el irresistible sabor del éxito empresarial o profesional, y descubren que lo común es una rémora. Nos hacemos yanquis de pacotilla, y a la vez empobrecidos economistas de calle de la Argentina de el corralito. Norte pero Sur, mezcla e indefinición: una mala situación estratégica. En el fondo, no es sino esa misma contradicción la que impera en el escenario económico.

multinacionalLas empresas grandes mueren menos que las pequeñas en este largo y tortuoso camino que emprendimos, sin previo aviso, hace unos tres años. La mayor concentración de riqueza en pocas manos es una de las consecuencias de toda crisis económica. También el mundo empresarial reduce su número de agentes. Las empresas familiares -un modelo antinatural a la larga- son pasto de las llamas en primera instancia. El muchas veces sumergido y muy desprotegido mundo del autónomo también es víctima propiciatoria. Cuando las relaciones económicas se vuelven más salvajes, sobreviven las grandes corporaciones. O sea: el “búscate la vida o muere” convive con las superburocracias empresariales, grandes empresas que emplean a millares de personas. Algo, en esencia, muy poco diferente de los fracasados esquemas estatalistas. La mayor parte de la gente en los países desarrollados vive y vivirá su vida laboral en burocracias de planificación centralizada llamadas empresas, en entidades que buscan contratos y suministros al más largo plazo posible. De la misma forma que rige la bipolaridad laboral empleado maduro, seguro y bien remunerado vs. empleado precario, dispuesto y bien formado, las relaciones económicas parecen condenadas a la bipolaridad: grandes empresas que emplean a la mayoría con condiciones salariales extremas, junto a miríadas de pequeños empresarios que sobreviven al albur y a expensas de aquellas. Al Estado no se le espera, está ingresado. Un Estado que recorta en mayor medida su inversión que su gasto: sueldos y prestaciones irracionales para los políticos, entidades superpobladas de levantadores de mano como el Senado o los parlamentos autonómicos, coches oficiales, dietas para políticos… que deberían ser sustituidos por funcionarios de carrera que garanticen una mayor independencia en la gestión de las instituciones. Mutilar la inversión pública que nutre el tejido empresarial y maquillar los recortes de gasto (salvo los hachazos a los funcionarios de a pie): justo la combinación de política presupuestaria que más daño hace al sector privado, que, no lo olvidemos, es el único potencial recuperador de empleo.

china_car_logoY, de pronto, gritamos “¡albricias!” al saber que China, la verdadera gran empresa global planificada y burocratizada, va a colocar en nuestra economía un montón de sus enormes sacos de dinero líquido. Aliviará las tensiones de nuestra deuda y, de paso, se posiciona en nuestra economía de una forma bien distinta que la habitual de polígono con tienda de todo y todo barato, esas naves y megatiendas cuya generación espontánea hace pensar que, efectivamente, fueron la pica en Flandes del Imperio Naciente: “Primero, mandamos emisarios con dinero fresco, cuyo origen era posiblemente tan soberano como los fondos oficiales que ahora han venido para quedarse”. El nuevo comunismo empresarial asoma las orejas por distintos frentes.

Deconstruyendo el euro

Tacho Rufino | 18 de octubre de 2010 a las 13:33

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UNO. En los albores de la crisis en curso, Gran Bretaña -que no pertenece al euro, pero que, desde su tradicional splendid isolation, opina oficialmente sobre la divisa europea- dijo por boca de un emisario en Davos que “si España no controla su desempleo, sus niveles de actividad y sus presupuestos y finanzas públicas, se verá forzada a abandonar el euro”. Fuera los pigs del paraíso monetario.

Dos. La semana pasada, el Nobel Joseph Stiglitz afirmaba que “el euro había sido una experiencia interesante”, para compararlo después con aquel Sistema Monetario Europeo, también llamado “serpiente monetaria”, que acabó muerta por el veneno de otra serpiente, la especulativa, que derribó a la libra en 1992. O sea, que Stiglitz no da un duro por el euro a medio plazo. De paso, el profesor de Columbia dijo que España corría grave riesgo de sufrir una versión europea de el corralito argentino: “Sólo cuando Argentina rompió la paridad de su moneda con el dólar fue cuando pudo comenzar a crecer y a reducir su déficit”. Otro agorero insigne, Nouriel Roubini, afirma que “en un tiempo, no en un año o en dos, podríamos ver la rotura de la unión monetaria europea“. La deconstrucción de la estructura monetaria europea, el desmontaje del lego llamado euro.

Tres. Esta semana, un grupo de expertos reunidos en Londres convenían que España es el país al que mejor vendría salir del euro. “Si es por vuestro bien…”. Según la mayoría de los 300 sacerdotes económicos allí reunidos, Europa no puede rescatar continuamente a países que no soportan el ritmo de Alemania. La moneda única camufla este gap competitivo, pero el problema acaba emergiendo una y otra vez, por ejemplo en forma de ataques contra la divisa o contra la capacidad de endeudarse de España.

Valgan estas tres citas para ilustrar los periódicos avisos y cargas de profundidad que nos quieren hacer volver a la peseta, sea por nuestro propio pie o con tarjeta roja. Salir del euro, devaluar la nueva peseta, hacer que nuestros productos se vendan mejor por más baratos; exportar más ante una demanda interna mustia; convertir en caros los productos europeos, haciendo preferibles los nacionales; dejar, en suma, de salir alegremente a pasar el puente en un circuito Praga-Budapest (pero reforzarnos como potencia turística, porque seríamos un destino todavía más barato).

Claro que, dando por legalmente factible la salida del euro sin abandonar la UE, los efectos benéficos de manejar el tipo de cambio tienen contrapartidas lúgubres, entre otras cosas porque importamos más que exportamos: pagaríamos la energía en dólares (caros), devolveríamos la deuda externa en euros (caros), el riesgo de cambio se dispararía y entorpecería las actividades de nuestras empresas globales, nuestra credibilidad internacional -cualquiera que ésta sea- se iría al traste durante un tiempo imposible de precisar, y la inflación inmediata de los precios, si bien tendría efectos positivos sobre la deuda privada ya en pesetas, sería difícil de controlar y crearía inestabilidad. Perderíamos la vigilancia presupuestaria que, con cierta laxitud, establece el Pacto de Estabilidad comunitario. Nos empobreceríamos.

Puede que el euro, como vino a decir Stiglitz, tenga sus años contados. Que haya sido una excelente experiencia colectiva europea, y que haya sido positiva -a favor de ciclo- para crear un verdadero mercado común. Por otra parte, ningún político se va a atrever a proponer que salgamos del euro por nuestro propio pie. No faltan razones para temer al paisaje poseuro. O sea, que mejor la tarjeta roja. Si no echan a De Jong, que a punto estuvo de partir a Xabi Alonso en dos en Sudáfrica, ¿por qué nos van a echar a nosotros los árbitros europeos?

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