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Un piloto que no da confianza

Tacho Rufino | 9 de agosto de 2011 a las 14:36

”Marco

Los denominados mercados están integrados por fondos de inversión, variantes más agresivos de éstos como los hedge funds, fondos de pensiones que mueven nuestros planes de pensiones, fondos soberanos de países con gran liquidez, bancos de todo tipo, agentes e intermediarios con más o menos influencia. No siempre se puede decir que el comportamiento de estos mercados sea eficiente y racional (no hablamos de ética, sólo de consistencia y coherencia en sus decisiones). Y no se puede negar que, aun así, su influencia en el futuro de zonas económicas enteras y países es excesivo. La política es lenta, y los casos recientes de la negociación para elevar el techo de la deuda en Estados Unidos y las medidas del BCE y la Unión Europea para frenar la sangría de la prima de riesgo española e italiana así lo constatan: la política va detrás de los mercados… y los mercados no son un buen termómetro de la actividad y perspectivas de la economía, ni tampoco de los riesgos de empresas, divisas, países o áreas económicas. Los países, pues, nadan a favor o en contra de la corriente, una corriente que últimamente es bastante impredecible –no es suficiente explicar lo que pasó ayer…– y hasta enloquecida. Los mandos del avión, por así decirlo, los toma de vez en cuando un pasajero borracho.

Para muestra, algunos botones.

Botón 1. Escribía ayer Jordi Sevilla, un hombre que piensa por sí mismo y no se pone las gafas de decálogo ideológico alguno para interpretar la realidad (así le fue como ministro): “Nos equivocamos si no reconocemos el carácter irracional con que, a veces, actúan los llamados mercados cuando, por ejemplo, exigen mayores retribuciones por su dinero ante los riesgos de un crecimiento lánguido en algunos países, provocando con estas subidas de tipo de interés [vía la prima de riesgo] precisamente lo que temen [: un crecimiento lánguido]”.

Botón 2. También la exigencia de austeridad por parte de los mercados es paradójica, si no contradictoria en sí misma: la economía crece con el gasto, con la compra de lo que se produce. Si el gasto se recorta al grito de “austeridad máxima como principio cero, el crecimiento puede esperar”, el deudor con problemas podrá obtener con los recortes un excedente a corto plazo y garantizar sus obligaciones a corto… pero compromete seriamente su liquidez futura, porque languidece.

Botón 3. Relacionado con lo anterior, el cortoplacismo es consustancial a los mercados financieros a día de hoy, y no es precisamente esta miopía una buena cura para los males vigentes. Palia los síntomas, pero no garantiza la salud a medio plazo, sino al contrario. La volatilidad y el erratismo extremo de las útlimas semanas son el escenario idóneo de la especulación pura y dura, que nada tiene que ver con la lógica económica y el interés común, sino con la ganancia privada más descarnada e insolidaria (para los guardaespaldas del mercado financiero libérrimo: no se trata de estigmatizar a todo el mercado: huelga decirlo, pero no cuesta volver a decirlo). Los mercados financieros son imprescindibles, pero deben ser supervisados.

Botón 4: Aunque una de las muy descalificadas agencias de calificación ha rebajado –aplicando protocolo y procedimiento, que es gerundio– la consideración del riesgo-país de Estados Unidos, su deuda pública cotiza a valores ínfimos, e incluso ridículos. O sea, que el mercado confía en la deuda de Estados Unidos, y no sólo no sigue las notas de Standard & Poor’s, sino que hace justo lo contrario de lo que ellas pretenden aconsejar. Antes de la rebaja de S&P, y después también. No en vano la calificadora no vio nada raro en dos situaciones cruciales y letales de la crisis metamorfósica que vivimos tan peligrosamente: la caída de Lehman Bros. y el burdo disfraz de solvencia de la Grecia pre-rescate.

Y botón 5. Lo hace ver hoy Gumersindo Ruiz en Economía de Joly: “[sobre los continuos bajonazos de las bolsas] Estas caídas no casan ahora con la disponibilidad de las sociedades a pagar dividendos nunca vistos, en correspondencia con unos buenos resultados, que no tienen por qué crecer más que la media de la economía internacional en la que operan”. Si las empresas son rentables y dan dividendos, cómo pueden hundirse sus cotizaciones. Desde luego que siempre hay alguna explicación, pero se trata de una paradoja, y bien gordita.

È un mondo difficile…

Tacho Rufino | 11 de julio de 2011 a las 13:10

En el año 1992, la lira tuvo que salir del embrión del euro llamado SME (Sistema Monetario Europeo), e inmediatamente fue severamente devaluada. Previamente, Italia, asfixiada por una gran deuda pública, fue machacada por la especulación. Lo que le está sucediendo ahora al país transalpino se parece bastante a aquel panorama, pero no es lo mismo. La lira no existe, y por tanto no puede ser devaluada. Lo que se va a devaluar seriamente es la estabilidad económica y financiera de Italia. Y posiblemente la calidad de vida media de sus habitantes… si no lo remedian sus tumultuosas y ortopédicas instituciones. Y algunas de ellas están en ello.

La gran diferencia de aquel entonces con este ahora es que el euro ha ido maquillando y difiriendo la toma de conciencia de la complicada situación italiana (algo similar cabe decir sobre la crisis de deuda española, larvada durante años de exuberancia crediticia). Su deuda sigue creciendo, y –no menos importante para excitar los ataques de los leones a los ñúes que muestran síntomas de debilidad– la crisis institucional es más que seria. Berlusconi está acabado, y el equilibrio de alianzas que lo mantiene en el poder se ha deshecho. Aunque el delito está prescrito, ha sido condenado por lo que todo el mundo sabía pero il Cavaliere consiguió parar hasta ahora, evitando su debacle y la cárcel: su imperio mediático está cimentado en la corrupción. En concreto, en la compra de una sentencia pagada a un juez por 400 millones de aquellas liras (menos unos 200.000 euros, calculo, si actualizamos los valores a día de hoy). Italia no tiene perspectivas de crecer, ni de crear empleo, sino al contrario. Su señera y poderosa industria del norte y su gran capacidad exportadora no lo son todo.

El precio de ahuyentar a los especuladores de Italia es de 40.000 millones de euros, la cifra en que se valora su reequilibrio presupuestario en el plazo de tres años; su déficit publico, en definitiva. Para ello, como le ha sucedido a España, debe contener los gastos y/o aumentar los ingresos de los presupuestos públicos. Nunca en la historia de Italia se había ideado y aprobado en el Parlamento en una sola semana un proyecto de consolidación fiscal –ni de nada, realmente–. Ha ocurrido ahora: miracoloso (ver video para reír). Si cierto es que la sincopada y lenta solución –o patada a seguir— de la bancarrota griega ha acelerado las dudas sobre Italia –sobre su liquidez y su solvencia– y ha estimulado los jugos gástricos de las fieras financieras globales, también es cierto que la situación italiana debe meterse en cintura. Italia no es un país pequeño como Irlanda, Grecia o Portugal: su capacidad de originar daños colaterales en su desplome en muchísimo mayor. Bofetada tras bofetada, el euro tal como está compuesto, compartido y concebido a día de hoy tiene menos futuro que Berlusconi como primer ministro italiano. El inefable papi Silvio estorba tanto a su país como Zapatero al nuestro, e incluso más. Si Berlusconi se largara, los ataques se calmarían y la prima de riesgo se reduciría enormemente, según opinan sus detractores. Un consuelo: el asedio podría trasladarse un poco al Este y un poco al Norte. Desde España a Italia. De momento, no es así.

Como decía Tonino Carotone, español que tuvo gran éxito en Italia, “è un mondo difficile”…