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Economía-ficción hecha realidad

Tacho Rufino | 25 de septiembre de 2011 a las 19:04

EN los cursillos de socorrismo, se advierte que una persona presa del pánico intentará arrastrar a su salvador al fondo con ella por puro instinto de supervivencia. Debe el socorrista manejar la situación y evitar por todos los medios ser agarrado, e incluso abofeteará al accidentado si es necesario. Análoga y metafóricamente, en las llamadas dinámicas de grupo suele plantearse una situación en la que los participantes están en una barca que se hunde, y urge tomar decisiones para no morir todos. No pocas herencias y negocios familiares, en fin, se han volatilizado por la cortedad de miras de algunos de los herederos, que interiorizaron en sus corazones aquello de que “en la bicicleta me monto yo desde pequeño, luego la bicicleta es mía”, y acaban por provocar la mala venta de los bienes comunes o la ruina del negocio de todos. El que se ahoga es Grecia, y su troika de socorristas la forman el BCE, la UE y el FMI; los tripulantes de la barca son los miembros de la Eurozona, con Merkel y Sarkozy alternándose al timón y coordinando el achique de aguas; el negocio familiar es la Unión Europea y su gran empresa, el euro.

Grecia está siendo abofeteada, sin más criterio que el de forzarla a la anorexia para esperar -no se sabe cómo ni cuándo- que resurja de sus cenizas y pague sus deudas. Se la obliga no ya por su condición de hija pródiga derrochadora y pícara, sino porque pone en riesgo la joya más preciada de la corona, el euro, y su bancarrota puede acabar de noquear al sistema bancario europeo. Contagiada por el pánico, la banca no ejerce su función crediticia en los países más afectados por los ataques a la deuda soberana (y la cosa no va a quedar ahí: la crisis bancaria es claramente vírica). Éste es un cuadro bastante completo del problema esencial de la Unión Europea, de su disparidad de intereses, sus brechas de prosperidad crecientes y sus dudosas cuentas cruzadas. La situación de Alemania y Holanda poco tiene que ver con la de España e Italia, y la de éstas dos con la de Grecia. Pero aquí, de momento, vamos todos en el mismo barco.

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Esta semana, Financial Times -un medio nada eurista- ilustra por boca de Martin Wolf y con tino los problemas de la jaula de grillos de la Eurozona. Según el diario británico, los europeos compramos un puzle hace 20 años, y lo hemos ido ensamblando desde finales de los 90. Ahora, algunos -no sólo los alemanes- no quieren parientes pobres ni enfermos. Se arrepienten de haber montado el tinglado, y andan desmemoriados con las cosas buenas que tuvo el matrimonio múltiple comunitario: suele pasar, es natural. Quieren desmontar el puzle, pero no pueden hacerlo sin romper las piezas, incluidas sus piezas. El resto del mundo mira con congoja a Europa, y teme que una nueva y fatal oleada de crisis de deuda soberana y -sobre todo- una crisis bancaria de alta intensidad les afecte. Estados Unidos -el pariente emigrante que hizo fortuna, ya algo decadente aunque aún rumboso- se digna por una vez a visitarnos sin vernos como un museo antropológico viviente, y nos da consejos para salir de ésta. Nos dice justo lo contrario de lo que los fuertes de aquí recomiendan: “Estímulos fiscales necesitáis”, dice el yanqui. “Austeridad hasta la muerte”, replica Alemania. Y se vuelve a América, no sabemos bien si encogiéndose de hombros o con el rabo entre las piernas: “Están locos estos germanos… y todos los demás”.

La tragedia griega sería paneuropea por contagio, e incluiría sucesos de economía-ficción tales como la retirada masiva de depósitos bancarios y la venta masiva final de deuda soberana de un buen número de países. La desintegración del mercado de capitales europeo en empobrecidos mercados nacionales estaría servida. Como esto es desastroso, hay que evitarlo. No hay solución sin cirugía y convalecencia, y no valen soluciones parciales o locales. Nouriel Roubini apuesta por la suspensión de pagos griega y su salida del euro. Lo primero es razonable, lo segundo es sumamente complicado, legalmente incluso. Porque cabe preguntarse, ¿y después de Grecia, qué? O mejor, ¿quién? Para mantener al bañista, a la barca y a la empresa familiar a flote parece más razonable perdonar deuda y hacer frente común ante los de la (también) aterrada familia Mercados que empezar a sacrificar y desheredar a hermanos.

La prima, el primario y el secundario

Tacho Rufino | 12 de julio de 2011 a las 19:21

Recordemos un principio básico del mercado financiero: a mayor riesgo percibido por el inversor, éste exige una mayor rentabilidad para invertir en un determinado producto financiero. Ese diferencial de rentabilidad –de tipo de interés “de más” que tiene que pagar los Estados con peores situación y perspectivas– se llama en deuda soberana prima de riesgo o spread, y se mide con respecto al interés que ofrece el bono alemán, que se considera muy seguro (y por tanto, es poco rentable). El riesgo asociado a España ha crecido de manera rampante en los últimos días. En buena parte debido a que existen dudas razonables sobre la capacidad de Grecia de devolver su deuda pública a medida que vaya venciendo –y aquí todos vamos en el mismo barco, el euro, esa moneda crisol de realidades tan dispares. En parte, porque se esperan y exigen más reformas y recortes a España. En parte también porque Italia ha entrado en el punto de mira de los asustados y de aquellos a quienes el “susto” conviene para invertir en títulos “de más dudoso cobro” con –eso sí— mucha mayor rentabilidad.

Comentemos brevemente otra realidad que parece que no se tiene muy en cuenta en la información. La prima de riesgo de España está fluctuando a día de hoy en el mercado secundario, es decir, aquel mercado de compra y venta de títulos de deuda pública que fueron emitidos y adquiridos en el mercado primario, y que hoy cotizan como cotizan las acciones en bolsa: España subasta títulos en el mercado primario o de emisión, a tantos años a tal precio, y bancos, inversores institucionales, fondos de inversión y particulares los compran. Después, los inversores que ya son “titulares de los títulos” los pueden vender, repetimos, en el mercado secundario. La prima de riesgo crece o decrece en el mercado secundario, pero eso no quiere decir que el Estado español vaya a pagar más o menos por esos títulos: pagará lo pactado a su emisión y puesta en circulación. Esa prima de riesgo, sin embargo, sí tiene efectos sobre el sobreprecio que España deberá soportar (y trasladar a los españoles del futuro, sea el futuro a cinco, diez o quince años) para poder colocar sus próximas emisiones de deuda pública. O sea, que si la prima de riesgo crece por razones fundamentadas y/o meramente especulativas en estos días, es posible que tengamos que hipotecar el país más de la cuenta para poder disponer de liquidez… si la prima de riesgo no baja drásticamente. No debemos, por último, dejar de tener en cuenta que la turbulencia máxima en la deuda soberana española –desproporcionada con respecto a nuestra realidad fiscal, por comprometida que esta sea– están creando una mayor rentabilidad para quienes inviertan dentro de unos meses en bonos y letras del Reino de España en la próxima emisión.
Gráfico (Bloomberg): Estado a día de hoy de las primas de riesgo (en el recuadro blanco) de distintos países con respecto al ‘bund’ alemán.

Sobra el griego… en todo caso

Tacho Rufino | 11 de febrero de 2010 a las 19:51

Supongo que a Expansión no le importará que este humilde servidor cuelgue el siguiente enlace, en el que se aprecia a las claras que el “caso griego” no tiene demasiado que ver con el “caso español”, a los efectos de estabilidad del euro y de la Unión Europea. Si les gusta leer en inglés, Financial Times, a la sazón socio de Expansión, ofrece una colección de artículos sobre el particular (Grecia), pinchar aquí.

Affiche de “Zorba el griego”:

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