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La ‘chinosfera’ y otras esferas

Tacho Rufino | 13 de febrero de 2012 a las 14:49

JAPÓN es mucho más masculino que Suecia, que es una de las sociedades más femeninas del planeta, aunque nada tiene eso que ver con pautas sexuales ni con pirámides de población, sino con las asunciones que se hacen sobre los papeles del hombre y la mujer en la sociedad y los valores imperantes en ella: agresividad,  ambición y acumulación material (tenidas por soberanas cosas de hombres) frente a la empatía, la afectividad y la modestia (caracterizados como valores femeninos, aunque en los países más masculinos las mujeres son menos femeninas). Los países y las culturas son, además, más o menos individualistas o colectivos, toleran mejor o peor el riesgo, son más o menos jerárquicos. El holandés Gert Hofstede estudió y llegó a convertir en un clásico sociológico a las dimensiones culturales que distinguen a las sociedades. Los estudios que vinculan la economía con la geografía, la religión y otros rasgos culturales de los territorios tienen un atractivo indudable, no pocas veces morboso y origen de anclajes xenófobos. Cuando Max Weber -un clásico tan citado como me temo que poco leído, como tantos clásicos- identificaba a la ética protestante con el origen del capitalismo (se puede opinar justo lo contrario), comenzaba una serie de estudios sociológicos que intentan explicar las diferencias de riqueza y de desarrollo a lo largo del planeta. Ahora están emergiendo los valores de la tribu como claves para entender el comercio mundial; a ver si te enteras, Adam Smith. De vuelta a los orígenes, algo propio de las crisis por otra parte.

Se acabó hace más de dos décadas el binomio bipolar Este-Occidente; ya los vídeos de comercio exterior no van de las ceremoniosas costumbres de Japón o de la forma de dar las manos y poner los pies sobre la mesa de los yanquis. No. Ahora, para hacer negocios, hay que tener en cuenta que en el mundo cuenta la anglosfera, capitaneada por el veterano Estados Unidos, la chinosfera (o sinosfera) y la indosfera. Y estas tres esferas centrales se basan en algo tan tribal como una serie de costumbres, experiencias y valores compartidos. El Informe de Valores del Mundo (citado esta semana en The power of tribes, The Economist) concluye que los lazos culturales reducen los costes de transacción, fomentan la confianza, estimulan la comunicación. Los indios ganan más que la media en Gran Bretaña, y la empresa india Tata es la industria más empleadora de ese mismo país. Pero es alrededor de la chinosfera que gravita el mundo. La chinosfera es la red cultural más vieja y, ya, la más pujante. Setenta millones de miembros de esa verdadera red social mandan dineros a China, invierten en ella. La mantienen fuerte desde todo el planeta, como los vientos bien tensados de una tienda de campaña. La cueva común es lo primero.

China, ‘to be or not to be’

Tacho Rufino | 9 de octubre de 2010 a las 13:05

mcdonald china

¿CUÁLES son los valores universales? ¿Es el derecho a llevar armas uno de ellos? ¿Lo es quizá el derecho al trabajo y a la vivienda? ¿A la sanidad y la educación gratuitas? La pena de muerte, ¿proviene de un “universal”? ¿Y la propiedad privada? ¿Son las democracias estadounidense, española, sueca, zaireña y británica iguales? Y, ¿quién puede afirmar que el modelo occidental es el mejor y sería beneficioso para el resto del mundo? ¿Conocen algún buen ejemplo de esa traslación cultural? ¿La India, Afganistán quizá? Los valores son los niños de una cultura, y las culturas son diversísimas: los valores imperantes en Wall Street en poco o nada se parecen a los de un asram en el Tíbet. Por ello hay muchos chinos -y no sólo chinos- que se hacen preguntas como ésas en el debate recurrente acerca de si China abrazará valores universales (¿o debemos decir “occidentales”?), como la Democracia. Algo de lo que parece depender, y mucho, nuestro futuro. El futuro de todos, pero particularmente el futuro de un estilo de vida que se basó en un potente crecimiento industrial tras la Segunda Guerra Mundial, con un continente europeo diezmado de población por el conflicto y, por tanto, con un divisor del ratio per cápita irrepetiblemente pequeño: varias décadas de bonanza “por barba” histórica que dieron lugar al Estado del bienestar y a la socialdemocracia. ¿Volverán esos años? ¿Para los mismos territorios? That is the question.

Esta semana The Economist propone a sus lectores ese debate (China: The Debate over universal values), y muchos de los comentarios de dichos lectores son jugosísimos. Uno de ellos dice que no es una cuestión de querer libertad, buena vida y felicidad. La clave está en cómo van a perseguir -los chinos, los indios, los árabes- esos objetivos que en principio a nadie repelen. Ellos saben bien qué no quieren del modelo occidental. Por ejemplo, unos mercados más poderosos de facto que el poder político. Por ejemplo, una inestabilidad económica tan brutal como la que padece occidente desde hace tres años, y lo que queda. Cabe preguntarse si las reformas políticas y la liberalización de los mercados internos chinos van a facilitar que China se convierta en una democracia basada en el consumo económicamente, y en la igualdad de derechos y la protección socialmente, allá por 2040. Largo me lo fiáis.

Asia acapara centralidad en el planeta. De pronto, el lunes, escuchamos a Nick Clegg, viceprimer minsitro del Reino Unido, decir “Asia es el modelo a emular“, porque “ellos son el optimismo, y nosotros la ansiedad y la incertidumbre”. Después, pronunció la retahíla de los mantras más in: recortes de pensiones, sueldos y coberturas sociales; profundos cambios estructurales, jalones o alargues fiscales ad hoc y, claro es, mucho capital humano, investigación, innovación e infraestructuras verdes. A estas necesidades las llama “catalizadores para un nuevo crecimiento”. Dios lo oiga.

Quizá convendría no intentar desechar lo nuestro con la misma emergencia con que se ansía lo de allá. Las crisis, por definición, acaban pasando, y normalmente purifican y vuelven las cosas a su sustancia natural, sin hinchazones (“saldremos de la crisis por la innovación y la reducción de costes”, afirmó anteayer en el Foro Joly Pedro Guerrero, presidente de Bankinter: con astucia y apreturas, cabe parafrasear). China, por supuesto, bombea su burbuja: la financiero-inmobiliaria está en marcha aceleradamente en las ciudades importantes. Mientras, en vez de encasquetar valores universales y el “Ser o no ser… occidental”, conformémonos con que haya muchos McDonald’s por el mundo: donde esté un burger Mac, no hay odio al occidental, y conocerán la frase: “No habrá guerra en países con MCDonald’s”. (Aquí el Big Mac index del propio The Economist.)