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Islandia, de opulenta a morosa

Tacho Rufino | 9 de marzo de 2010 a las 12:58

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En Holanda y en Gran Bretaña están muy quemados con los islandeses, que se acaban de negar en referéndum  a hacer frente a las deudas que sus bancos nacionalizados tienen con los depositantes de esos dos países: acorralado por los acreedores exteriores,  la única solución que tiene un Estado en bancarrota es financiar la deuda trasladando la roncha a los contribuyentes, que caben a unos 11.400 euros por barba roja (ó 40.000 por familia, que así puesto duele más), a pagar en 15 años al 5,5 por ciento. Un palo. Lo que allí sucedió hace un par de años es en síntesis lo que sigue: Islandia tiene una moneda propia, unos 300.000 habitantes y, aunque se enriquece fulgurantemente, tiene problemas de inflación. Para luchar con el alza continuada de los precios, el Estado islandés y su banco central mantienen unos tipos de interés altísimos, del orden del 15 por ciento… no sólo para los créditos, sino también para los inversores, con lo que los dineros europeos en euros (ahorros holandeses, mayormente) o libras (británicos) volaron hacia una gélida tierra; gélida pero  a la vez  presa de un auténtico calentón de crecimiento artificial y de una inflación que no se atajaba con los tipos altos, sino al contrario. Una burbuja de hielo con aire caliente de geiser en forma de créditos excesivos por los depósitos, que al estallar esparció cristales dañinos sobre el sueño islandés. ¿Qué pasó? Que, tras la espita del mangazo sub-prime y la contracción brutal del interbancario planetario, los bancos totalmente desproporcionados de la isla empiezan a tener problemas de liquidez, y su mini-Estado no tiene capacidad de intervenirlos como se hizo en otros países, ni su naif moneda propia contribuye a recibir fondos exteriores para evitar el petardazo. O sea, catacrac. O catacrash.

La negativa de la inmensa mayoría de los votantes a pagar a sus acreedores no hace más que complicar la papeleta a su Gobierno, al que británicos y holandeses dicen querer ayudar con su deuda común (a favor una y en contra otra, eso sí). Los cabreados votantes no son soberanos con el referéndum, pero los gobernantes deben verse las caras con ellos a diario: hablamos de una ciudad pequeña o de un pueblo grande, como quieran. Cuanto más tarden en llegar a un acuerdo, peores serán las condiciones de amortización de deuda. Debe ser duro pasar de rico con solvencia y liquidez a endeudado atrapado en una pequeña jaula de oro… falso.