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La cara del todavía ministro

Tacho Rufino | 12 de septiembre de 2012 a las 20:34

Como suele decirse con los entrenadores sin resultados, no sabemos si De Guindos se comerá los polvorones en el Gabinete. Más bien tiene cara de pavo en Navidades, dicho sea con el debido respeto al que durante un tiempo fue el ministro estrella (es un decir, no está la cosa para vedetismos) de Rajoy. El hombre de gran currículum profesional, Lehman Brothers como empleadora incluido. Con el rescate+condicionalidad+control férreo que viene, De Guindos puede sobrar bastante, no sé bien si en la manera en que sobra un crack en una empresa decadente o si en la manera en que sobra un gallito en el corral cuando llegan a él los gallos de pelea con espolones más acerados. El ministro de Economía y Competitividad, en el día en que Uly Martín de Video Atlas le hizo esta tremenda foto que está ahí abajo, soltó una perla de esas tremendistas y cargadas –lo siguiente es una hipótesis mía– de ideología antipública: según informa El País, De Guindos ha advertido este miércoles en el Pleno del Congreso que si en los próximos trimestres no se consigue modificar la situación económica de los últimos cinco años “será imposible que se sigan manteniendo las prestaciones sociales”. Claro. Sabemos cuán difícil está el presupuesto público y cómo es de difícil reducir el déficit. Pero creo que estas declaraciones se deben, alternativamente, a una de estas dos razones:
– Está avisando, implícitamente, de que el rescate europeo nos salvará, y que los dineros del mismo podrán seguir cubriendo las prestaciones sociales.
– Está convirtiendo un problema de liquidez en un problema estructural y apocalíptico: en una enfermedad cróncia incurable ante la que sólo cabe cirujía y/o eutanasia.
Una tercera posiblidad es que De Guindos, sabiéndose amortizado, ha perdido la vergüenza y dice lo que piensa y hasta lo que le gustaría.
La foto de marras:

No es país para pactos

Tacho Rufino | 8 de febrero de 2010 a las 15:53

FranciscodeGoya-Dueloagarrotazos

REVISANDO la cronología de los hechos más relevantes del año pasado, resalta la siguiente noticia de 25 de noviembre, fascinante: “Detienen a 42 ancianas en Chipre por jugar al póquer, prohibido en esta isla mediterránea. Las mujeres, de 75 a 85 años de edad, habían sido denunciadas por molestar a sus vecinos con sus idas y venidas. Después de ser acusadas por su delito, fueron puestas en libertad”. Me imaginé unas breves escenas de los hechos: esas viejecitas encorvadas, vestidas y tocadas de negro, apostadas por las esquinas, silbándose notas secretas, dando renqueantes sprints de portal a portal con las enaguas y el refajo remangados, intentando despistar a la Policía mientras se dirigen a la hora convenida a la casa-garito donde va a tener lugar la timba… en fin, un espectáculo impagable que, sin embargo, los vecinos no toleraban, supongo que más por culpa del tercer tiempo tras la partida, en la que las ancianas habrían libado lo suyo, lo que provocaba que la salida de vuelta a casa fuera desconsiderada con el descanso de sus poco condescendientes vecinos. Tras fantasear con esa puesta en escena, fue sin duda el estrés de las noticias sobre el sistema de pensiones en nuestro país lo que me llevó a relacionar ambas cosas: si alguien es capaz de jugarse la libertad por jugar con vocación al póquer, ese alguien está en condiciones de ejercer algún tipo de trabajo remunerado. Tener 75 años, e incluso 85, no es óbice para hacer cosas más o menos valiosas. En lo tocante a la longevidad laboral, no es lo mismo haber estado trabajando de camarero 50 años que haberlos pasado dando clases de latín. No se puede comparar los 32 años de un futbolista de poquito desgaste, como el inflacionado Guti, que los de su compañero Raúl. Los trabajos menos cualificados son más penosos, y el anuncio del retraso de la jubilación no tenía en cuenta esta cuestión. Al día siguiente, Salgado dijo que sí, que eso entra dentro del área de negociación y tal, pero de nuevo la sensación de precipitación que expelen nuestros máximos dirigentes se muestra desnuda. A esto vamos.

Ejemplo contrario de la receta de no dar puntada sin hilo, el debate de las pensiones ha sido para el Ejecutivo español una prueba de la que, de momento, no ha salido airoso. Las lógicas exigencias de una Europa que hace suyo el “España como problema” de Laín Entralgo han forzado a una respuesta a España. El temor por la inestabilidad que nuestros paro, déficit, deuda y falta de competitividad pueda ocasionar al euro ha hecho que Europa, comandada por Alemania, nos pida sacrificios. Y en vez de agarrar al toro por los cuernos y tomar decisiones con efectos a corto plazo (recortes presupuestarios de entidad con la mayor justicia social posible), se arrea una patada a seguir, mandando el balón hasta no se sabe dentro de cuántos años, cuando el natural retraso de la edad de jubilación comience a tener efectos en las cuentas públicas. Todo menos perder el cuello electoral, y mira que 2012 queda lejos.

Desde dentro también se le exige al Gobierno diligencia en la política económica, aunque la impresión que da el otro bando es de no querer arrimar el hombro lo más mínimo. Si cambias y coincides con lo que yo defiendo, cambio mi discurso y leña al mono. Libro de Aznar aparte, ¿alguien sabe cómo parar la sangría del empleo, el único caballo de batalla de la oposición, como si las legiones de parados no fueran consecuencia no ya de la crisis mundial, sino de las enormes bocanadas que los gobiernos -del PSOE y del PP- han insuflado en nuestro modelo productivo sin futuro? No nos ayuda a afrontar la realidad la innata incapacidad hispánica para entendernos en momentos de emergencia, la obsesión por afirmarnos siempre en contra de un enemigo: “la patria”, pura boquilla. Lo mismo que los alemanes, igual igual. La única ancla posible parece descartada ante la carrera que Zapatero debe correr en solitario (“se lo merece, que se joda”, dirán algunos): una mesa nacional de emergencia, en la que partidos, autonomías, sindicatos y empresarios se sentaran sin cartas marcadas. Y sin jugar al póquer como las tahúres abuelas chipriotas. ¿Se imaginan? A mí me cuesta mucho.

(Arriba, Goya, “Duelo a garrotazos”)

Sísifo somos todos

Tacho Rufino | 20 de junio de 2009 a las 17:38

POR avaro, mentiroso y bandido, los dioses lo condenaron al eterno absurdo de cargar una y otra vez una gran roca hasta la cima de una montaña, para dejarla caer a toda velocidad. Bien mirado, la condena del desdichado Sísifo no deja de parecerse a la que -no por primera ni segunda vez- el mundo sufre por causa de la economía: la condena de las crisis periódicas, la dura subida tras el alegre y vertiginoso descenso. Obviemos por un momento las teóricas causas cíclicas que quieren explicar los desastres periódicos, y vayamos a la coincidencia entre el mito clásico y el esqueleto de la cruda realidad económica y social que vivimos. Por un número considerable de avaros, mentirosos y bandidos, la economía mundial vivía en una burbuja, y por otro número considerable -y no disjunto del anterior- de avaros y mentirosos, la economía acabó reventando y yéndose al traste. Ahora nos toca subir la montaña, cargados con una mochila de problemas: paro galopante, destrucción de empresas de todo tamaño, anorexia de la confianza, caída en picado del consumo, pertinaz sequía del crédito salvo para pagar a Cristiano Ronaldo, contracción económica, probable travesía del desierto para España, drenaje acelerado de las cuentas públicas… (En este escenario, Felipe González recupera visibilidad y arrea un bofetón a su supuesto correligionario y jefe, Zapatero: declaró el martes que hemos tocado fondo, sí, pero que vamos a arrastrarnos por el fondo diez años. También, por cierto, abogó por la flexibilidad laboral y el desarrollo energético nuclear, en clara disidencia del aparato socialista en vigor.)

En estos días en los que la turbulencia económica y financiera parece -sólo parece- amainar, surge como una gran roca la deuda pública que están asumiendo los países desarrollados: grandes cantidades de dinero que incrementan el déficit presupuestario público alarmantemente. O bien grandes préstamos que el propio Estado toma, dado que los ingresos fiscales se han desplomado por la contracción de la actividad. Un lucro cesante que se suma a las costosas acciones directas de más o menos urgenica o maquillaje (planes de estímulo, keynesianismo de apretón). A estas cantidades debe unirse la repentina y creciente sangría de las prestaciones de desempleo. Las cuentas, en definitiva, están en rojo. Y para mucho tiempo. No sólo nosotros, sino nuestros hijos, tendrán que subir la montaña cargados de deuda.

Un mayor control sobre el gasto público -llamémoslo así- superfluo puede ser una solución paliativa menos arriesgada que la de subir los impuestos, política esta última que supone un riesgo claro sobre el consumo, cuya atonía es una de las claves de la crisis versión española. La cantidad recaudada por las subidas de impuestos indirectos -como los que se pagan por consumir cigarrillos y carburantes- es incomparablemente mayor y más inmediata que la de tocar los impuestos directos, personales o empresariales. Como también recordó Felipe a Zp, que acaba de subir los mencionados impuestos indirectos sobre el tabaco y la gasolina (un verdadero fortunón inmediato para las arcas públicas), en Japón la subida de impuestos implicó diez años de deflación y parálisis del PIB. (Quizá leyeran el jueves en esta misma sección el excelente didactismo de Joaquín Aurioles acerca de la relación entre deuda pública, déficit público, recaudación por impuestos, consumo, prestaciones de desempleo y otras magnitudes económicas, infaustamente de moda. Pueden leerlo en la edición digital del periódico, con el título Efectos secundarios.)

Sísifo -un mito moralizante- pagó a solas por sus culpas. En la cruda realidad, todos pagamos las culpas de no muchos bandidos tan postineros como asilvestrados, aparte de ciclos más o menos inexorables. Sísifo, en el mundo real, somos todos.