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Todos por el pescuezo

Tacho Rufino | 13 de marzo de 2012 a las 16:27

Aun a riesgo de ser el número mil y pico que lo dice o escribe, lo diré: una imagen vale más que mil palabras. Todos estaremos de acuerdo en que ese Juncker apretando por el cuello a nuestro ministro de Economía es todo un símbolo gráfico de la relación entre Europa y la España en cuarto menguante que nos alumbra, que nos alumbra poco. Pero estiremos el chicle con un poco de imaginación. Juncker –Jean-Claude para los colegas del Eurogrupo, reunión mensual de ministros de Economía de la UE, que preide el luxemburgués— es un hombre muy estudiado, con muchas horas de soledad de flexo, además de muchas más horas de acción política. Todo eso, a priori, no es incompatible con un gran sentido del humor, de ese que da una invisible patente de corso para hacer bromitas sin resultar pesadito. Quizá su improbable sentido del humor pandillero y el don de la oportunidad en la gracieta lo adornen, y –por qué no—las dos semanas que pasó en coma por un accidente sean la clave para su chispa. No descartemos que Juncker sea el gracioso oficial del Eurogrupo y el Ecofín, pero demos por cierto, a tenor de su expresión de la foto,  que al ministro De Guindos no le hizo ninguna gracia que Juncker lo trincara por el cuello delante de las cámaras y lo zamarreara: “¿A ti qué te pasa, pollo? ¿Has bebido?”, parece decirle con la mirada (después reaccionó Guindos, y departió amigablemente con su colega… ¡y en inglés!). Juncker aprieta pero no ahoga. O como gusta uno de decir, Juncker –un Dios menor– aprieta pero no afloja. Según se mire.

España, por boca de Rajoy, dijo hace algo más de una semana que no aceptaba la brutal reducción del déficit que ha pactado –“pacta o te meto”— la Unión Europea de forma mayoritaria, un 4,4% máximo. Reducir del ocho y pico al cuatro y pico el déficit público (está por hacer una nueva forma de medir el déficit menos infinitesimal, porque una décima del PIB pueden significar miles de personas a la calle, o un copago forzado, o una nueva reducción de los salarios públicos) en un año es condenar a España al fracaso presupuestario, primero, y, segundo, a la inanición económica paulatina en varios años. Y dijo Rajoy: “Soy soberano, no puedo, lo haré a otro ritmo”. Poco después –ayer—España se desdijo y la envainó, cosa a la que parecía verse abocado sin remisión De Guindos cuando Juncker lo agarró en plan supercolega por el pescuezo: “Te vas a cagar, Guindi, pero es por tu bieeen”. España aceptó la imposición de Europa, que aun así no es tan brutal –para nosotros—como llegar al 4,4% en un año: brutal, e imposible. La poliédrica y divergente Europa comunitaria se echa la soga al cuello con la inflexibilidad en el sacrosanto y germánico principio de la estabilidad presupuestaria “cueste lo que cueste”.

”¿Echarán

Para mí un melón por calar hasta ahora, a mí Guindos me empezó a caer bien ayer: siempre he sido muy partidario de quienes tienen la batalla y hasta la guerra perdida, aunque sean el malo de la película. Cuando esto se escribe, cerca de las 4 de la tarde del martes 13 de marzo, Ana Blanco retoma sorprendentemente la cámara tras los deportes y antes del muy hartible parte meteorológico. ¿Siria? ¿Terremoto? ¿Boyer? ¿Atentado? Nada de eso: la Unión Europea acaba de decidir sancionar severamente a Hungría por no cumplir con su gasto público. Millones en ayudas congelados; multas además. He ahí la clave del paso atrás inesperado de nuestro Gobierno. “España, no eres Hungría, ok. Pero vete enterando”. No Guindos, y no de broma: todos los españoles cogidos por el pescuezo. Un lustro, mínimo.

Hechos a cualquier cosa

Tacho Rufino | 31 de octubre de 2011 a las 14:26

(Publicado el sábado pasado en El poliedro en los periódicos de Joly)

ESTAMOS curados de espanto, y la semana ha sido espantosa aunque ya no nos afecten mucho las noticias de economía-ficción. Veamos algunos ejemplos. Al día siguiente del acuerdo comunitario sobre la quita del 50% de la deuda soberana de Grecia y el doloroso palo a la banca -a la pata negra, además-, la periodista del telediario habitual en la bolsa de Madrid no cabía en sí de gozo, y exclamaba cual Sara Carbonero al terminar la final de Sudáfrica: “¡Esto es una fiesta; las acciones de Santander han subido un 8% en un momento, la gente está exultante!”. Faltaba ver a los brokers abriendo botellas de champaña rosé: “¡Merkel ha abierto el Mar Rojo! ¡Pasemos los bolsistas a la tierra prometida!”. Es posible, vaya usted a saber, que este acuerdo y estas medidas adoptadas por el Eurogrupo marquen un camino de estabilidad. Pero, ¿a qué viene tanta euforia, cuando en unos días habrá rebotes técnicos -cualquiera se llama técnico hoy- y altibajos jugosos para unos invisibles pocos? Este descreimiento, dicho sea de paso, no es cosa de irredentos antisistema: es cada día más habitual, incluido en gente acaudalada a quien han abierto los ojos sus propios gestores y el adelgazamiento de su patrimonio.

Otro ejemplo de noticia lisérgica -que, sin embargo, no ha puesto a nadie los ojos como si viera a Lucy in the sky with diamonds- es el acuerdo que se ha producido entre el Estado italiano y sus evasores fiscales de postín para que éstos, bajo la promesa de no ser enchironados ni perderlo todo, repatríen sus capitales desde sus paraísos fiscales y dejen una mordidita legal para el país que los vio nacer y les permitió labrarse su huidiza fortuna. Éstas son buenas noticias: en vez de subir impuestos a los de siempre -o alos de nunca, de forma testimonial y politicona-, se recuperan impuestos evaporados. Una forma hasta hoy muy ignorada de equilibrar en algo los presupuestos públicos. ¡Se podía, sí, se podía!

Un tercer suceso acaecido esta semana que hubiera hecho que las redacciones de periódicos económicos hubieran enfebrecido sólo hace tres años es el anuncio de Merkel de que “los impuestos van a subir en Alemania, y muchos otros países deberían hacer lo mismo”. Mientras aquí hacemos política fiscal de plástico y promesa electoral, la canciller alemana aplica la lógica: danke, Angela. Por estos pagos, unos hablan de gravar “a los ricos”, sin que nunca antes y pudiendo lo hayan hecho, ni decir cómo se mata esa rata; otros hablan de rebajar el muy puenteado y de por sí devaluado Impuesto de Sociedades. Pero el círculo no lo cuadra nadie. La presión fiscal -no este impuesto o aquel otro- subirá en todos los países de la Eurozona. Particularmente, España está bastante por debajo en presión fiscal (porcentaje de impuestos y cotizaciones sociales con respecto al PIB) de la media europea. Será el IVA, será el IBI, serán las multas, será una escala plana de IRPF, o serán de nuevo los asalariados quienes pagarán más… será lo que será, pero los impuestos subirán. Nadie -ni los ganaturi que ya te saludan- se va a tirar a la piscina y va a dejar de ingresar en la Hacienda pública lo que todavía entra, con la esperanza de que la economía se dinamice y el dinero más libre se vuelva productivo y empleador. Merkel, una liberal conservadora de un país económicamente sano y rey exportador dice que los impuestos se suben porque la situación lo exige. Únicamente podando no se arregla todo por mucho que el desconcierto propicie y justifique todo tijeretazo: al contrario.

No queda espacio [esto se publicó en papel] para comentar el gran varapalo del que pasaba por ser el más sólido sistema financiero bajo el sol, o casi. Nuestro gozo en un pozo. Sólo un detalle: la naturalidad y hasta mansedumbre con que González y Botín han aceptado ser señalados entre los más necesitados del universo bancario comunitario. “Bueno, no tendremos problemas, en junio de 2012 hemos cumplido con el core capital y con lo que haga falta. Con el tacón”, han venido a decir el propio gran jefe del BBVA y el inhabilitado Sáenz. Se queda uno mucho más tranquilo.

Elecciones aparte, subirán los impuestos

Tacho Rufino | 25 de octubre de 2011 a las 18:29

Hace ya unos meses, un lector reaccionó indignado ante una ‘profecía’ lanzada desde aquí que, en el fondo, estaba cantada aunque ningún político la reconociera (ni la reconocerá): los impuestos van a subir. Van a seguir subiendo, mejor dicho. “¿Para eso están los economistas? ¿Para recomendar que la vía de reducir el déficit es aumentar la presión fiscal?”, se lamentaba él. En realidad, no se trata de recomendar, se trata de que la cuadratura del círculo sigue siendo un empeño vano: si los ingresos bajan más que proporcionalmente a los gastos, el déficit se incrementa. Otra cosa son las declaraciones de los políticos, contumaces e impenitentes en su preelectoral tarea de agradar a diestro y siniestro. Porque, siendo grandes, los recortes de gasto no han sido tan grandes –por suerte, diría yo, disintiendo de los podadores públicos vocacionales— como para compensar la gran caída de los ingresos (básicamente, ingresos por impuestos), sea para el Estado, sea para las autonomías, sea para las corporaciones locales. Ahí están los presupuestos que van saliendo, y eso que en no pocos casos se trata de desideratums poco realistas, de voluntaristas aplicaciones de porcentajes con respecto al presupuesto del año anterior.

Esta semana ha sido Merkel quien ha dicho que los impuestos –no sólo en España—tendrán que subir. Ella ya da por perdidas las elecciones, o casi, y no tiene que regalar la oreja a nadie. Mientras, Rajoy intenta mantener la coherencia formal de su discurso y anuncia que bajará el tipo del Impuesto de Sociedades, el que pagan las empresas por sus beneficios. Se lo bajará, dice, a las pequeñas empresas, sin contrapartidas de creación o mantenimiento del empleo por parte de las pymes. Manga ancha, a la espera que tal medida dinamice la economía. Olvida Rajoy que ya el año pasado –por primera vez en la historia fiscal de España– las empresas pagaron por Sociedades un tipo efectivo inferior a las rentas personales, las que pagan por IRPF los de a pie (sobre todo aquellos de a pie que viven de un sueldo con su nómina y todo: esos no se escapan). ¿Adivinan ustedes quién va a pagar los impuestos necesarios para apuntalar la casa común? Los de a pie, de nuevo, muy probablemente, es lo más fácil. Y eso significa aumentar los impuestos indirectos: aquellos que nada tienen que ver con el nivel de renta, de beneficios o de ingresos por plusvalías. Los que pagamos por consumir. El IVA y los impuestos sobre el tabaco, el alcohol y la gasolina. Si alguien cree que no van a subir, es un iluso. No se trata de uno u otro: se trata de la presión fiscal resultante. Hagan más caso a Merkel en estas cosas que a Rubalcaba o a Rajoy. Curiosamente –por la coincidencia improbable con la canciller alemana–, el exlíder de Greenpeace ahora candidato señero de la alternativa ecologista Equo para el 20-N, Juan López de Uralde, se declara partidario de subir los impuestos en función de la renta y de la contaminación que se provoque. Los impuestos, ya se sabe, no son ni de izquierdas ni de derecha, son instrumentales y todos los usan, aunque se los quiera teñir de rojo (“paga más, rico”) o de azul (“los bajamos, los bajamos… pero no”). Se trata de medir la presión y el esfuerzo fiscal, no el tipo concreto de un impuesto u otro. Y, canina la renta nacional, esas magnitudes crecen. Claro que crecen.

Miren este cuadro con datos no demasiado viejos. España está por debajo de la media de la UE en presión fiscal:

ZP: ¿a la redención por el recorte?

Tacho Rufino | 25 de enero de 2011 a las 14:40

Blair caía bien fuera mientras que en el Reino Unido el odio hacia su persona no paraba ni para de crecer; Obama tiene gran cartel fuera de sus fronteras, pero la mitad de su país es más enemigo acérrimo suyo que adversario. Los políticos con “carisma” –esa capacidad de camuflar lagartos, en demasiadas ocasiones– suelen quemarse dentro pero mantener incólume su imagen exterior. Bueno, con Berlusconi pasa justo lo contrario, pero ése es otro cantar: en Italia, tras salir a la luz pública sus orgias semanales con prostitutas y menores, el índice de popularidad del inefable Silvio… ¡sube! Pero volviendo a un mundo político más normal (?), a Zapatero le pasa en buena medida lo que a Blair u Obama: lo quieren más fuera que dentro. A los hechos me remito. La semana pasada, The Economist publicaba un reportaje sobre la mayor fortaleza reformadora que está demostrando nuestro presidente en cuestiones consideradas clave para recuperar crédito y confianza internacional, y nacional también: reforma del sistema financiero, con especial lupa sobre las cajas; recortes presupuestarios, menor dependencia de los sindicatos, reforma del sistema de pensiones, subidas de impuestos, reducción importante del gasto público, mensajes y adevertencias a las comunidades autónomas y sus déficit…

Según The Economist, Zapatero se encuentra ante una gran chance de convertir sus renuncias impopulares en una oportunidad electoral. Los sondeos son tan claros a favor del PP –que rehúye cualquier pacto nacional y sólo piensa en las urnas y la “sed de urnas de los españoles”–, que la cosa sólo puede mejorar para Zp. Según la mencionada revista, la (nueva) firmeza y la continuidad en el ajuste y la reforma podrían cambiar la imagen pública del presidente, y hacerlo aparecer en la mente y el corazón de un buen número de españoles como un estadista responsable aunque le cueste la popularidad y, teóricamente, los votos. Cuezan esos ingredientes a fuego lento durante meses, y podríamos ver a un Zp renacido cual ave fénix de sus propias cenizas. Mientras, como mono de goma, ponemos a Rubalcaba por delante: un candidato de plástico, que no irá de número uno. El número uno de la lista será Zapatero, el de la “sangre, sudor y lágrimas”. Las elecciones no son mañana, y podrían coincidir con un perceptible cambio de rumbo positivo de los ahora patéticos números de nuestra economía. No lo den por muerto.

Abajo, la significativa ilustración de The Economist, la bilbia liberal. Ojo al bíceps del esmirriado Zp:

zapatero

No es país para pactos

Tacho Rufino | 8 de febrero de 2010 a las 15:53

FranciscodeGoya-Dueloagarrotazos

REVISANDO la cronología de los hechos más relevantes del año pasado, resalta la siguiente noticia de 25 de noviembre, fascinante: “Detienen a 42 ancianas en Chipre por jugar al póquer, prohibido en esta isla mediterránea. Las mujeres, de 75 a 85 años de edad, habían sido denunciadas por molestar a sus vecinos con sus idas y venidas. Después de ser acusadas por su delito, fueron puestas en libertad”. Me imaginé unas breves escenas de los hechos: esas viejecitas encorvadas, vestidas y tocadas de negro, apostadas por las esquinas, silbándose notas secretas, dando renqueantes sprints de portal a portal con las enaguas y el refajo remangados, intentando despistar a la Policía mientras se dirigen a la hora convenida a la casa-garito donde va a tener lugar la timba… en fin, un espectáculo impagable que, sin embargo, los vecinos no toleraban, supongo que más por culpa del tercer tiempo tras la partida, en la que las ancianas habrían libado lo suyo, lo que provocaba que la salida de vuelta a casa fuera desconsiderada con el descanso de sus poco condescendientes vecinos. Tras fantasear con esa puesta en escena, fue sin duda el estrés de las noticias sobre el sistema de pensiones en nuestro país lo que me llevó a relacionar ambas cosas: si alguien es capaz de jugarse la libertad por jugar con vocación al póquer, ese alguien está en condiciones de ejercer algún tipo de trabajo remunerado. Tener 75 años, e incluso 85, no es óbice para hacer cosas más o menos valiosas. En lo tocante a la longevidad laboral, no es lo mismo haber estado trabajando de camarero 50 años que haberlos pasado dando clases de latín. No se puede comparar los 32 años de un futbolista de poquito desgaste, como el inflacionado Guti, que los de su compañero Raúl. Los trabajos menos cualificados son más penosos, y el anuncio del retraso de la jubilación no tenía en cuenta esta cuestión. Al día siguiente, Salgado dijo que sí, que eso entra dentro del área de negociación y tal, pero de nuevo la sensación de precipitación que expelen nuestros máximos dirigentes se muestra desnuda. A esto vamos.

Ejemplo contrario de la receta de no dar puntada sin hilo, el debate de las pensiones ha sido para el Ejecutivo español una prueba de la que, de momento, no ha salido airoso. Las lógicas exigencias de una Europa que hace suyo el “España como problema” de Laín Entralgo han forzado a una respuesta a España. El temor por la inestabilidad que nuestros paro, déficit, deuda y falta de competitividad pueda ocasionar al euro ha hecho que Europa, comandada por Alemania, nos pida sacrificios. Y en vez de agarrar al toro por los cuernos y tomar decisiones con efectos a corto plazo (recortes presupuestarios de entidad con la mayor justicia social posible), se arrea una patada a seguir, mandando el balón hasta no se sabe dentro de cuántos años, cuando el natural retraso de la edad de jubilación comience a tener efectos en las cuentas públicas. Todo menos perder el cuello electoral, y mira que 2012 queda lejos.

Desde dentro también se le exige al Gobierno diligencia en la política económica, aunque la impresión que da el otro bando es de no querer arrimar el hombro lo más mínimo. Si cambias y coincides con lo que yo defiendo, cambio mi discurso y leña al mono. Libro de Aznar aparte, ¿alguien sabe cómo parar la sangría del empleo, el único caballo de batalla de la oposición, como si las legiones de parados no fueran consecuencia no ya de la crisis mundial, sino de las enormes bocanadas que los gobiernos -del PSOE y del PP- han insuflado en nuestro modelo productivo sin futuro? No nos ayuda a afrontar la realidad la innata incapacidad hispánica para entendernos en momentos de emergencia, la obsesión por afirmarnos siempre en contra de un enemigo: “la patria”, pura boquilla. Lo mismo que los alemanes, igual igual. La única ancla posible parece descartada ante la carrera que Zapatero debe correr en solitario (“se lo merece, que se joda”, dirán algunos): una mesa nacional de emergencia, en la que partidos, autonomías, sindicatos y empresarios se sentaran sin cartas marcadas. Y sin jugar al póquer como las tahúres abuelas chipriotas. ¿Se imaginan? A mí me cuesta mucho.

(Arriba, Goya, “Duelo a garrotazos”)