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Todas las miradas sobre nuestra banca

Tacho Rufino | 15 de enero de 2011 a las 20:55

Navidad-melancolica-952647LOS elementos del paisaje tienen en su mayoría una apariencia penosa, pero son sencillos de interpretar: crecimiento imperceptible, o sea, no ya incapaz de generar empleo, sino todavía destructor de puestos de trabajo; subidas de impuestos al consumo sucesivas, lo que unido a la contracción salarial supone un empobrecimiento de la población; brusca caída de una de las ruedas económicas, el consumo; estancamiento del flujo crediticio. Hay algunas pinceladas luminosas: el apreciable y vital incremento de las exportaciones, la recuperación del turismo, los tipos de interés bajos (pero si, como parece, los sube el BCE para frenar la inflación de los otros, España y sus legiones de hipotecados sufrirán la medida más que nadie). En la tesitura actual, cuando de nuevo la palabra “rescate” ha ocupado portadas de periódicos, España ha conseguido esta semana colocar nada menos que 3.000 nuevos millones de deuda soberana en el exterior. Pero nada parece ser suficiente, y nuestro sector bancario está ahora en boca de todos. Es lo que toca.

La banca española está, con y sin razón, en entredicho. Espero no estar obsesionado con la creciente bipolarización de todo (la semana pasada se hablaba aquí de ese mismo fenómeno en el tamaño de las empresas y su reparto de poder), pero las entidades españolas adolecen también de una polarización extrema: dos grandes bancos poderosísimos, por un lado; muchos bancos y, sobre todo, cajas en serios aprietos, por otro. Las nuevas dudas sobre nuestra viabilidad financiera como país provienen de la deuda externa y su padrastro, el déficit. La deuda no es grande en comparación con otros países, pero se la supone -como la irlandesa- muy expuesta a contagiarse del exceso de préstamos hipotecarios y otros activos procedentes de la construcción que sufre la banca privada, que, en un caso extremo, debería ser asumido por el Estado. Los bancos españoles no cumplen a día de hoy una de sus funciones -financiar, dar crédito- por la mencionada exposición inmobiliaria y también por sus enormes dificultades para obtener a su vez crédito del exterior, algo básico para su funcionamiento. Como ejemplo, los bancos españoles están financiando con instrumentos a corto plazo (los repos) lo que debería ser financiado a largo: en casa del herrero, cuchara de palo. La nueva barra libre del BCE -otra forma, antes excepcional, de obtención de fondos de la banca- ha aliviado el problema y ayudado a salvar nuestro poblado del acecho de los lobos especulativos. El reciente “¡al FROB, al FROB!” de Zapatero ha sido el otro parche de este obligado cambalache de urgencia. La enésima urgencia.

miradasPero son sobre todo las cajas de ahorros las que alimentan las nuevas desconfianzas del mundo exterior. A fin de cuentas, las finanzas son tan sensiblitas que las percepciones cuentan más que los hechos: así es si así os parece, que escribía Pirandello, y dense ustedes por fastidiados, que decía otro menos letrado. Las cajas, pues. Estarán felices quienes, por mor de la muy benéfica bancarización y, a su vez, la despolitización local y regional de las cajas y el racionalísimo abandono de sus labores sociales, aplaudieron la castración en origen de una gran caja andaluza: mientras la negligencia y el primadonnismo ejecutivo bloquearon tal posibilidad, otras comunidades se aseguraron tan útil -y abusado, que también- recurso de política económica. Ahora, a pesar de que en Alemania existen landesbank (sus cajas de ahorros) por doquier, lo de aquí les huele mal. Cierto es que tienen pequeña dimensión relativa y mucho ladrillo en sus balances, y que esto se ha soslayado transitoriamente con los SIP que unen churras con merinas poniendo a resguardo -de momento- a muchas cajas y cajitas. Pero, de nuevo, nos estamos llevando por delante, obligados desde fuera, un buen número de activos públicos y privados que podemos echar mucho de menos cuando esta oleada de liberalismo a la fuerza remita: concentración y, sí, polarización. Pírrica y contradictoria victoria del liberalismo a la fuerza.

Era eso, era eso

Tacho Rufino | 14 de junio de 2010 a las 22:01

Era la deuda del país, particularmente la que tomamos prestadas las familias y los individuos, el origen del mal actual. TAmbién las empresas se endeudaron con una carga que en muchos casos resulta de improbable cobro para el banco. Y también el Estado, las comunidades autónomas y las corporaciones locales adquirieron obligaciones que ahora, en época de ingresos contraídos, también es difícil de amortizar. En fin, que se acabó la fiesta, con una bocina que tocaron desde fuera, pero la dedua no se acaba. Y ahora resulta que hoy se hace público que quienes prestaron tanto dinero a nuestros bancos para que ellos se lo prestaran a su vez a los “agentes micro y macroecnómicos” han cerrado el grifo; nuestros bancos ya habían prestado todo lo prestable. Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos son nuestros principales prestamistas exteriores, y quieren cobrar. Como el chino de la esquina quiere cobrar el lote de botellón que le dejaron a deber los muchachos del barrio. Era eso: las presiones exteriores para llevar a cabo un plan de austeridad y recorte presupuestario venían de los mismos a quienes les debemos la pasta gansa: casi 700.000 millones de euros.

(Escrito aquí el 26 de mayo, en la entrada “Un ‘post’ largo“, en el cual se contiene el siguiente fragmento:  Por otra parte, la deuda familiar española es una locura insostenible, superior a la de Grecia o el Reino Unido (por mucho que los tres déficits públicos sean similares), y eso obliga, por una parte, a los bancos acreedores de hipotecas que pagaron casas menguantes a conceder carencias y demoras en los pagos a quienes lo solicitan, para no convertirlos en fallidos y dinamitar los propios balances bancarios; por otra parte, dicha deuda familiar da mucho miedo fuera (que es de donde, originariamente, vinieron los dineros para los créditos: aquí agotamos los nacionales y seguíamos con sed de ladrillo), y es ése el motivo que en el fondo nos tiene en el centro de la diana, el motivo de que paguemos mucho por nuestras emisiones de deuda y que, como ayer, estuviéramos al borde del abismo al cubrirse de chiripa una emisión de bonos públicos, absolutamente necesaria para amortizar deudas que vencen ya. (Salgado, presa del pánico, anunciaba poco antes que se iba a prohibir a los ayuntamientos endeudarse… para que, debemos colegir, el crédito que hubiera por ahí disponible se lo llevara el propio Estado. Al borde literalmente del abismo. Que me perdonen los argentinos por la insistencia en la comparación: no estamos tan lejos de lo que allí pasó hace unos años, por mucho que los motivos sean distintos; allí monetario, aquí fiscal-presupuestario, público y familiar.)

Un ‘post’ largo

Tacho Rufino | 26 de mayo de 2010 a las 17:43

Tobalito de Guayé, hombre de mente lúcida y comprometida, a la par que sincero consejero mío de ocasión, me reprocha ciertas cosas publicadas en este blog. Básicamente, que asuma como inevitables y positivos los métodos y herramientas liberales –según él– para afrontar la crisis. Él tiene como liberales, casi los peores liberales, a los socialistas (al PSOE, queremos decir), que han hecho el mismo juego en política economómica que el PP, o que cualquier partido liberal-conservador. Es más, Guayé afirma, directamente, que ni uno ni otro han hecho política económica: se han limitado a ciertos maquillajes fiscales, normalmente a eliminar impuestos directos cuando el consumo y sus impuestos indirectos estaban en enorme auge. Y sobre todo, dice él, se han dedicado a desmembrar el sector público y los servicios públicos… faena que se ha intensificado en las útlimas semanas. Desmontar, y no deconstruir: eliminar partes, y no separar las piezas del lego para identificar las contrdicciones del sistema y volverlo a montar de una manera mejor.

Aquí en este blog se defendió que el Gobierno acometiera un plan drástico de recorte presupuestario, pero con matizaciones  (no a la congelación de las paupérrimas pensiones; no a la mutilación de la capacidad del Estado de dinamizar la economía mediante gasto público útil: obras públicas, sanidad -con copago, ok-, educación). También se criticó la reacción extemporánea que llevó al Gobierno a entonar un “¡Ah, se me olvidaba!, también vamos a gravar las rentas y los patrimonios de los ricos-ricos”. Un paquete de medidas de tal calibre –por muy inducidas por los mercados y por la dupla franco-alemana que fueran– no debe y no puede redefinirse en lo esencial de un día para otro. Y, además, mi confianza en que realmente se gravarán las fortunas de una de las colas de la distribución (los del taco riguroso) es nula a día de hoy: acabarán pagando los que más contribuyen a formar capital humano en el país, expresión esa de capital humano tan manoseada; pagarán las partes altas de la clase media, los profesionales.

Por otra parte, la deuda familiar española es una locura insostenible, superior a la de Grecia o el Reino Unido (por mucho que los tres déficits públicos sean similares), y eso obliga, por una parte, a los bancos acreedores de hipotecas que pagaron casas menguantes a conceder carencias y demoras en los pagos a quienes lo solicitan, para no convertirlos en fallidos y dinamitar los propios balances bancarios; por otra parte, dicha deuda familiar da mucho miedo fuera (que es de donde, originariamente, vinieron los dineros para los créditos: aquí agotamos los nacionales y seguíamos con sed de ladrillo), y es ése el motivo que en el fondo nos tiene en el centro de la diana, el motivo de que paguemos mucho por nuestras emisiones de deuda y que, como ayer, estuviéramos al borde del abismo al cubrirse de chiripa una emisión de bonos públicos, absolutamente necesaria para amortizar deudas que vencen ya. (Salgado, presa del pánico, anunciaba poco antes que se iba a prohibir a los ayuntamientos endeudarse… para que, debemos colegir, el crédito que hubiera por ahí disponible se lo llevara el propio Estado. Al borde literalmente del abismo. Que me perdonen los argentinos por la insistencia en la comparación: no estamos tan lejos de lo que allí pasó hace unos años, por mucho que los motivos sean distintos; allí monetario, aquí fiscal-presupuestario, público y familiar.)

Dicho esto, dicha otra cosa: la medida más inmediata es reducir las salidas de los propios salarios que pago: los de los funcionarios y asimilados. De acuerdo, los funcionarios pasan de privilegiados a víctimas… pero, sin tanto extremismo terminológico, lo que son en realidad es los primeros damnificados (los segundos, mejor dicho, la masa salarial privada se ha reducido mucho más que lo que se va a reducir la pública: y esos salarios privados de la gente que va al paro los tiene que pagar el Estado). Así debe ser, si ello se acompaña de otras medidas. Sacrificio, pero con compromiso de racionalidad y justicia social en las medidas ulteriores: ¿qué pasa con el gasto militar, nos preguntamos muchos? ¿Tiene que ver el silencio oficial sobre esta partida con los compromisos adquiridos con alemanes, franceses y estadounidenses de comprarles y seguirles comprando y actualizando nuestro armamento y todas las tecnologías asociadas? Pues claro que sí, y en este sentido cabe dudar de el hecho de que la improbable  ministra Chacón presumiera ayer de un soldado español cibernético (con ordenador, pda, gps y toda la leche entre la impedimenta), afirmando ufana que “toda la tecnología es española”. Ésa lo será, pero la inmensa mayoría del resto de la enorme inversión en Defensa, no.

En fin, que el cinturón debe apretárselo todo el mundo. Pero no es lo mismo desmontar autonomías inservibles que son derroche puro de un día para otro que reducir transitoriamente el salario a los empleados más seguros, los públicos. Es más fácil, más inmediato. Yo también lo haría, pero cabría exigírme contrapartidas serias, coherentes; abundar en los recortes de aquello que es superfluo. De lo importante, lo básico-público, no recortar: gestionar mejor.