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¿’Hispania delenda est’?

Tacho Rufino | 10 de abril de 2012 a las 12:36

Si España es el condenado a la crucifixión, los inversores financieros son los romanos y la Unión Europea una mezcla de sanedrines de pose técnica y de Herodes lavándose las manos (por ejemplo, no comprando deuda española durante estos episodios de ataque y venta masiva, lo cual disuadiría a los atemorizados de vender presa del pánico y a los especuladores puros de jugar a ganar en el río revuelto). Recordarán aquella hilarante escena de La vida de Brian: “¿Crucifixión?”, preguntaba amablemente el listero romano. “Sí”, respondía con igual cortesía el reo. “Bien, salga por esa puerta, alinéese a la derecha, una cruz por persona”. España no tiene quien la defienda, o mejor, ni siquiera la atribulada adopción de medidas de enorme impacto social y económico de su Gobierno es capaz de parar las impenitentes y periódicas razzias de unos agentes de los mercados que vienen a decirle: “Dése usted por jodida; le canto a usted por Luz Casal: Y voy a por ti, y voy a por ti, como una locomotora por ti, y voy a por ti, y voy a por ti, y voy a por ti ahora”.

Los confusamente llamados “mercados”, los dueños y árbitros finales de la economía que vivimos, los emperadores invisibles, no se creen que vayamos a ser capaz de ir amortizando nuestra creciente deuda (privada, pública, externa), a retomar la senda del crecimiento ni a poder soportar los mazazos automutiladores de los recortes, muchos repentinos y atribulados, alguno planificado, casi todos negados antes de anunciados. Los romanos del siglo XXI dan y quitan. Si, por un lado, es innegable que la situación de España es muy comprometida fiscalmente y muy preocupante en cuanto a su nivel de actividad, y todo ello justifica parte de la prima de riesgo, por otro es también innegable que un reducido número de inversores globales es capaz de condenar a una economía completa, reforzando su proceso de degradación y taponándole las vías de recuperación. No sólo la prima de riesgo (el interés que pagamos de más que el que paga menos por su deuda pública, Alemania, en estos momentos con un alarmante nivel de 420 puntos básicos), sino los ataques a ciertos valores de nuestra bolsa de valores. En este sentido, el levantamiento de la suspensión de las operaciones bajistas o de short selling (dicho mal y pronto, apostar con dinero o acciones de otro a que a alguien –por ejemplo, ahora, Abengoa, Bankinter o Popular– le va a ir mal, vendiendo a su valor acciones u otros títulos, haciendo así caer su precio en el mercado, para recomprarlas baratas, ganando en origen) ha ocasionado que unos pocos grandes inversores acaparen cientos de millones de euros en inversiones destructivas (para ellos no lo son, claro es). Hay quien las justifica porque dan liquidez al sistema, algo así como decir que cortándole la mano a alguien elimino la posibilidad de que ese alguien se hurgue la nariz. Algunos nombres de estas gestoras que se han instalado en España para hacer subir y bajar las cosas obteniendo réditos en una y otra circunstancia, acelerando el proceso de mala fama y descomposición de nuestra economía: Amber Capital, Wellington Management, Landsdowne Partners y Marshall Wace.

Carthago delenda est“–“Cartago debe ser destruida”–  dicen que dijo un senador romano. Cartago es España, los romanos, queda dicho, son los inversores. “Hispania delenda est”.

La insoportable terquedad del déficit cero

Tacho Rufino | 29 de enero de 2012 a las 13:44

RESULTA sorprendente la cantidad de minutos que se reservan en los noticiarios a los partes meteorológicos, que ocupan más espacio que Cristiano, Mou, Soraya y Rajoy juntos; como si fuéramos todos agricultores. Para mí que el tiempo es el nuevo opio del pueblo junto con internet. Los modelos predictivos que utilizan los Mariano Medina de hoy combinan una serie de variables, las meten en la coctelera matemática y te predicen con días de antelación el frío que van a pasar en Aguilar de Campoo o en Mudela de Calatrava. Menos espacio se dedica a un modelo predictivo fundamental, el llamado cuadro marcroeconómico. El cuadro macroeconómico es una representación valorada -un escenario- de las grandes magnitudes económicas de un país: crecimiento esperado del Producto Interior Bruto (PIB), demanda nacional, saldo de exportaciones menos importaciones… y tasa de paro. Esta hoja de ruta primigenia es el cuadro de mando integral de la tripleta Rajoy-Guindos-Montoro, con Báñez de típico centrocampista de poco vistosa pero fundamental función. Cierto es que cualquier plan es hoy en día dudoso, que el corto plazo y sus fuegos financieros ocupan toda la labor ejecutiva pública y privada; que el “ya veremos”, el “de momento” y el “a día de hoy” contaminan toda previsión de déficit, todo rumor de fusión bancaria, y no digamos cualquier plan vital de cualquier individuo o familia: la esquelética estrategia es tirar p’alante, sobrevivir. Pero aun así, los grandes números son imprescindibles, y sus relaciones tienen chicha y margen de maniobra.

España tiene un problema brutal de deuda privada. Una deuda familiar y empresarial desquiciada (más de tres veces el PIB), y de bastante dudoso cobro. España -sus bancos, los tiránicos niños mimados de una familia en decadencia- tiene un problema silente de devaluación real (o sobrevaloración contable) de sus activos inmobiliarios, incluidos los créditos privados dudosos antes mencionados (¿no le ha llamado su banco para ver si usted quiere una carencia en el pago del principal de su hipoteca dos años, y así pagar sólo intereses, sin que usted haya abierto la boca y pague religiosamente?). España tiene por supuesto un problema grave de crecimiento del PIB, o mejor dicho, de decrecimiento del PIB. Sin que crezca el PIB, no hay empleo. Y España, sobre todo, tiene un negro agujero de desempleo, apuntalado por la solidaridad familiar y la economía sumergida. Para rematar el escenario macro formato pescadilla que se muerde la cola, España tiene un mandato alemán, ya constitucional, de limitar al máximo el déficit; es decir, de conseguir en pocos años no gastar más de lo que se ingresa. Y ése, el gasto público, es la única variable que teóricamente puede manejar el Gobierno, que además debe tutelar el déficit autonómico. Pero resulta que hemos prescindido de ese recurso, con la fe del converso a la ortodoxia religiosa germánica. No podemos jugar con el déficit, porque el déficit es tabú hoy. Hay que ahorrar, no cabe invertir.

España, como Estado, no puede gastar, sólo se nos permite recortar. Nada de gastar con la intención de dar color al rostro blanquecino de nuestra economía: “¿Y por la noche qué harás?”. “Recortar y callar”. Lo único que le queda a España es pedir a Alemania que nos deje gastar algo más de lo que entra, aunque nuestros ingresos públicos sean menguantes. O bien alguna forma derivada de caridad comunitaria, que en ningún caso sería controlada por España. La terquedad del déficit cero es insoportable. No la puede soportar España. Salvo que aceptemos convertirnos en un país satélite, una región secundaria y dependiente.