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La gran bola china

Tacho Rufino | 18 de octubre de 2011 a las 12:37

China es un país de gente generalmente pequeña, pero todo lo que de allí viene, viene agigantado. Es cuestión de multiplicar por número de habitantes; o de trabajadores, hectáreas, fábricas y maquilas de ensamblaje, kilómetros de carreteras y ferrocarriles por hacer, m3 de pantanos y m2 de centros comerciales por construir: consumidores (y productores) potenciales sin límite. Por eso, cuando hablamos de que China es ya la segunda potencia económica del mundo, echándole el aliento en el cuello a Estados Unidos, debemos considerar no sólo la parte de oportunidades para el negocio o la esperanza de que su aún boyante economía –sus últimos y malos datos son un crecimiento del PIB del 9 y pico por ciento— haga de locomotora del crecimiento económico global, y tire del carro de algunos rezagados. O que la capacidad de sus fenomenales fondos soberanos alivie las penurias de liquidez de los viejos estados decadentes de Europa o Estados Unidos.

Debemos también considerar las patologías derivadas de un crecimiento acelerado y quizá prematuro, como esas escoliosis adolescentes que dan la tabarra al gigantón o gigantona durante toda su vida. Soslayemos por un momento lo insoslayable: la palmaria insostenibilidad del creciente consumo chino (e indio: uno de cada tres habitantes de la Tierra es chino o indio) de recursos naturales y sus derivados energéticos. Practiquemos por un momento también el wishful thinking –todo va a ir bien, que diría Bob Marley–, y admitamos con la cejas arriba que el trasvase de riqueza y centralidad desde Occidente a Oriente obrará un nuevo orden de cosas que, en el fondo, es más equilibrado… por mucho que no haya hierro en el planeta para fabricar un coche para cada ciudadano chino. Si usted es de la línea dura del pensamiento ilusorio, puede admitir adicionalmente que las tecnologías van a acabar de propiciar el milagro, y que va a haber de todo para los –conocimos la cifra ayer—7.000 habitantes del mundo. Pero pensemos en algunas amenazas inmediatas de corte económico. Cuando parece que remite en algo el remiendo de urgencia y descoordinado en las economías nacionales, es necesario tener en cuenta algunas burbujas y patologías chinas derivadas de su crecimiento desaforado, que sin duda afectan a un mundo cada vez más finito. No hay alternativa al G-20, un foro donde se hacían fotografías de familia para que después cada uno fuera a lo suyo, pero que ahora es la única instancia donde los deprimidos europeos, los empanicados estadounidenses y los emergentes BRICs (Brasil, Rusia, India y la propia China), con sus sustanciales diferencias, hagan un clearing house, una puesta en común de sus cuitas, sus circunstancias, sus deudas cruzadas y sus relaciones futuras. China es casi la que más tiene que decir. Sus problemas son o serán nuestros problemas. A saber, sintéticamente:

  • La deuda pública china es sólo un poco más fiable que la griega. ¿Por qué será? Descontemos la condición de juez y parte de las emporcadísimas agencias calificadoras de riesgo, y tengamos en cuenta que China es más bien un comprador nato de deuda pública, y sólo residualmente emisor y deudor de bonos chinos. Pero su capacidad de devolver lo que pide no está clara. El montante de la deuda pública China, por otra parte, es desconocido: juegan a libre mercado, pero con cartas marcadas.
  • China tiene una burbuja inmobiliaria colosal en curso: hay casi 70 millones de pisos vacíos en China. Burbuja localizada en ciertas zonas de su vastísimo y poliédrico territorio, pero colosal. Ergo, grave riesgo de petardazo financiero. ¿Les suena? Mucha casa construida y sin vender porque los precios son inasumibles para muchos. ¿Cómo se compran? A base de crédito de potencial dudoso cobro, o vendido a inversores extranjeros, algunos de los cuales se quedarán sin silla en el juego del tocadiscos que se para. Lo mismo sucede, por cierto, en países que levantan cabeza en Sudamérica, incluso con realidades tan desparejas como las de Brasil o Perú. Los vicios se desplazan por el orbe, pero son prácticamente los mismos vicios. Eso sí: China Size, en el caso que nos ocupa.
  • China está muy habitada, pero su población es vieja. Su fuerza de trabajo va a ir decreciendo salvajemente (por mucho que parte de nuestros jóvenes y de los de otros países oxidadillos se vayan allí a vivir y trabajar). Su inflación salarial crecerá rápidamente, su competitividad bajará, y con ella sus exportaciones: empezarán a comerse ellos también lo que producen ahora para el exterior. Esto no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. O sea: según se mire.
  • China necesita recursos enormes, como hemos dicho, para alimentar su maquinaria de producción y, de momento en menor medida, de consumo. Y necesita agua como el comer (o como el beber, mejor dicho). Es muy pero que muy deficitaria en agua dulce propia por habitante. Esa rata, ¿quién la mata?

La bola de nieve de los peligros de China para la propia China y para el resto de los países y sus habitantes es una versión económica de aquella bola de dragón televisiva, pero a la china en vez de a la japonesa. Una gran bola China, demasiado grande para dar placer alguno. No queda sino entenderse, y no va a ser fácil. Agarrémonos a la esperanza de que aquí nadie va por libre, y nadie está inmunizado o blindado. Por tanto, hay que negociar al más alto nivel y con la máxima multilaterialidad. ¿Cree usted que somos capaces las criaturitas de la Tierra de hacer tal cosa, cuando, por ejemplo, un país como Eslovaquia o Finlandia es capaz de bloquear un acuerdo crítico sobre Grecia para ver si les dan ellos lo suyo, por chiquitito y privado que sea lo suyo?

La trastienda del chino

Tacho Rufino | 17 de abril de 2011 a las 11:35

HACE ya años, en una de esas bodegas de Jerez con nombre inglés cuyos vinos no los beben los nacionales, sino que van masivamente a nutrir la marca blanca alemana o inglesa, un gran mayorista germano vino a visitar las idílicas instalaciones de la empresa. El anfitrión, orgulloso del señorío y la solera que irradiaban pabellones, patios y botas, hizo ver a su cliente que las golondrinas anidaban año tras año por los rincones y arcadas de la bodega. Un detalle bucólico, pensó el bodeguero, que incurría en la habitual sobrevaloración española de las golondrinas, ave urbana tan bella como ruidosa y sucia, que supuestamente alivió a Cristo en la cruz quitándole las espinas de la frente. Los alemanes no deben contar tan dudosa leyenda a sus niños, y el inspector dijo: “Esos nidos y esos pájaros, fuera, o no hay trato”. “Pero, pero… ¿por qué?”. “Porque nuestra política de calidad prescribe que no podemos aceptar en los proveedores extranjeros lo que no acepta nuestra ley en Alemania. Nuestros clientes nacionales son exigentes y responsables, y no compran productos de dudosa trazabilidad; que estén abonados con productos prohibidos allí, o fabricados en fábricas más contaminantes que las de allí, o ensamblados con manos infantiles o explotadas… tampoco elaborados bajo excrementos y plumas de pájaros”. Superado el shock, el dueño de la bodega mandó quitar los nidos.

La entrada de España en Europa no sólo supuso la aparición de oportunidades y ventajas comerciales, sino que obligó a un país socialmente poco concienciado a asumir leyes y regulaciones medioambientales y sociales que aquí no hubiéramos desarrollado motu proprio en muchos años. Nuestro cemento y otras industrias dejaron de ser tan competitivos como lo eran cuando ensuciaban más y pagar las multas era rentable, pero en general nos pusieron -gratis- las botas de las siete leguas en responsabilidad social corporativa (término que entonces no existía, por cierto). Aun así, España hoy, salvo un par de regiones excepcionales, es un país donde el coche domina los espacios, las calles están tan sucias como limpias están las cocinas, y el ruido chirriante y el negro humo de mi moto, con que no lo perciba la Policía, basta. Esta falta de conciencia protectora de lo común, esa miopía y ese cortoplacismo social que, de nuevo en general, no ha mejorado con las nuevas generaciones simboliza nuestra condición de consumidores. El español medio no se pregunta ante la laca de uñas, el picardías, las pilas, el candado o la fregona: “Y tú, ¿de quién eres?”. Se va al chino y compra lo más barato.

Circula un vídeo de un profesor de Economía (Julián Pavón en Youtube: “Modelo parasitario chino de expansión económica”) que critica esta condición consumidora española. Para ello, describe el comucapitalismo chino (ése que esta semana ha prometido echar un flotador a nuestras cajas; no se crean nada) como madre de todas las estafas planetarias. El esquema -simple pero con pegada- que defiende Pavón con vehemencia es el siguiente: el Estado chino crea empresas chinas que emplean a chinos para fabricar productos chinos en China, que se venden a precios sin competencia a consumidores de fuera. Los ingresos por ventas van a bancos chinos que llevan el dinero a China. Con las reservas estratosféricas en divisa obtenidas, China compra el mundo: materias primas estratégicas en África y Latinoamérica (o cajas en España…). Consigue el control de la economía mundial. Una implacable estrategia de hormiga orquestada desde el Partido Comunista chino. Quien me manda el vídeo del catedrático apostilla en su email: “Ahora vas y compras en un chino”. No es una cuestión de forma de ojos y color de pelo y piel, es una cuestión de competencia y reglas del juego. La defensa sólo puede venir de los consumidores responsables, que los hay.

Misterios orientales de andar por casa

Tacho Rufino | 8 de agosto de 2010 a las 12:16

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QUIZÁ a usted también le sorprenda cómo, casi de un año para otro, los establecimientos de inmigrantes chinos -“lo compré en el chino“- abundan y se enseñorean por los polígonos y barrios de cualquier nivel de renta de su ciudad, y que ocupen sin problemas financieros grandes locales en sitios en los que el metro cuadrado es caro.

También quizá le sorprenda la flexibilidad municipal con sus horarios, los controles sanitarios también relajados que reciben y la gama de alimentos, servicios y productos de cualquier tipo que ofrecen. Y, sobre todo, los precios que cobran por ellos, que hace que el comerciante tradicional no pueda estar a la altura de ninguna manera. Aparte del milagro financiero que suponen dichas tiendas, y aparte del hecho de que deba por fuerza existir una supraorganización invisible que riegue con dinero líquido esta expansión china, las causas del surgimiento de este competidor comercial implacable hay que buscarlas en la propia China.

El chino-tipo no gasta. No es una impresión que uno tenga: sus niveles de consumo son bajísimos y es éste precisamente uno de los talones de Aquiles de su economía que, al ser básicamente inversora y exportadora, se resiente por la atonía importadora de sus principales países clientes. Sus salarios también son muy bajos. La protección y lo que aquí llamamos salud laboral son asimismo precarias. Todo ello tiene mucho que ver con su competitividad, es de cajón. El salario de los trabajadores de base que migran de las zonas rurales para trabajar en las zonas más prósperas chinas es de unos 150 euros al mes. En esas ciudades que más crecen (con su inmensa burbuja inmobiliaria hinchándose sin parar), la mano de obra es escasa, por lo que hay que deducir que ese salario -aquí inconcebible- es alto. China no se plantea ni respeta política de sostenibilidad alguna. Todo eso hace que sus productos sean muy baratos para niveles de calidad similares a los nuestros. Ah, y China es muy productiva: desde 1995 a 2005, sus costes laborales se triplicaron, pero la producción por persona ¡se quintuplicó! Si a todo ello unimos que somos consumidores racionales y no reparamos en la trazabilidad de los productos (qué edad tienen las manos que fabrican sus componentes y los ensamblan, en qué condiciones trabajan) ni en el compromiso social o ambiental de los fabricantes de las cosas que compramos, voilà el cóctel de éxito de la economía china… y de sus tiendas, que proliferan.

Pero el crecimiento lleva implícitas la reclamación y la contestación, la exigencia de una mayor porción para el empleado en el creciente pastel. Más aun si, como decimos, la mano de obra es escasa, por mucho que haya bolsas de potenciales migrantes rurales. China tiene un índice de natalidad muy bajo y su población no es joven: otro freno potencial al crecimiento sostenido a medio plazo. Los chinos de a pie, que ven el oropel occidentalizante en las calles de Shanghai o en la televisión que se generaliza, quieren más. Aunque repletos de temor por la autoridad, se han criado en el colectivismo. Y no quieren seguir “comiéndose el amargor”, según una expresión suya.

En fin, es la libre competencia: o la asumes, o reniegas de ella. Visto así, los productos baratos chinos ahorran dinero a los hogares españoles, y son benéficos -“letales”, dirá quizá un comerciante local- para la competencia, pues presionan a los precios hacia abajo. No es de recibo fustigar por su origen a quien, legalmente, quiere establecerse y prosperar fuera de su país. Pero debe quedar claro de dónde vienen los dineros para empezar a emprender negocios con una inversión elevada. Por el bien de la competencia, también. ¿O será verdad aquello que se decía de que todos los españoles acabaremos siendo camareros y albañiles (?)… que se abastecen en tiendas de chinos?

China, imparable

Tacho Rufino | 25 de enero de 2010 a las 13:40

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IGUAL que pasa entre individuos, las sociedades tienen rasgos diferentes, características distintivas que, más allá de lo físico, hacen que un gallego y un andaluz sean muy probablemente más diferentes entre sí que cada uno con respecto a sus paisanos. Esto, evidentemente, está sujeto a la generalización que, aunque suele denostarse por injusta y poco rigurosa, es uno de los pilares de las ciencias sociales, por mucho que deba reconocerse el derecho a la diferencia: a ser un andaluz hosco y sin salero alguno; a ser un vasco debilucho y de poco comer; a ser un argentino parco en palabras; a ser un chino compulsivamente gastoso. Con mucho éxito desde su publicación en los 80, el holandés Geert Hofstede dirigió una investigación sobre estos rasgos típicos en muy diversos territorios. Concluía que hay pautas culturales que determinan notablemente el comportamiento de regiones y países. Estos patrones son la distancia con el poder (menor en sociedades realmente democráticas); la masculinidad o feminidad (Japón y EEUU serían muy masculinas, Suecia y Holanda más femeninas); la tolerancia de la incertidumbre; el individualismo o colectivismo, y la orientación al corto o al largo plazo. Es interesante plantearse cómo estos rasgos pueden afectar a un inminente papel central de China en el mundo. Podríamos empezar a sentir temor a que se diluyan los valores del vigente guardián del planeta, EEUU. A fin de cuentas, son nuestro paraguas mientras no se demuestre lo contrario. Estamos hechos a ellos.
Hay cálculos variopintos, pero China no tardará más de dos décadas en adelantar a EEUU en PIB; y puede haber adelantado ya a Japón, hasta ahora segunda potencia económica. Los rankings son diferentes según el indicador y la institución que lo elabore (FMI, Eurostat, The Economist, Banco Mundial). China es un país enormemente poblado, por lo que su PIB por habitante cae hasta alrededor del puesto 100 en la clasificación. Éste, sin embargo, no es un grave problema para sus autoridades, y mucho me temo que tampoco para el chino de a pie, al menos en los términos en que dicho bienestar individual lo es para los occidentales. Y es que esa mezcla mutante que es China, compuesta de feroz autoritarismo político y laboral y ciego capitalismo económico, es, como diría Hofstede, muy distante del poder y muy colectiva (y claro, muy productiva). Se tolera desde hace siglos el sometimiento, la obediencia y la jerarquía estricta. El ciudadano chino es mucho menos remilgado en su identidad, su unicidad y sus derechos inalienables que cualquiera de nosotros. No duden que si cogen a un chino copiando en la Universidad, lo ponen a caldo, por poner un ejemplo muy al hilo de esta semana (ver nuevo reglamento de evaluación de la Universidad de Sevilla: pasmo garantizado).

Juguemos a esbozar un escenario probable. China conseguirá la hegemonía comercial, y su moneda, el yuan, será la divisa de referencia para nuestros nietos. China no será nunca un Estado Social de Derecho, ni una democracia neoliberal, ni tan siquiera una socialdemocracia. Será un sistema sin precedente. Ayudará a África y se servirá de sus recursos, y con ello la controlará militar y económicamente. En el resto de continentes y mercados financieros, China llevará también la voz cantante, y no pestañeará ante los paralizantes vicios occidentales. Si, como decíamos hace años, un pisotón al unísono de todos los chinos haría variar el eje gravitacional de la Tierra, unos fondos soberanos teletransportados de aquí a allá provocarán tsunamis económicos y, a la postre, sociales. La industria será china; la sostenibilidad y el conservacionismo, si acaso una mera fachada que, en realidad, no suponen prioridad alguna para China. Ya ha sonado el gong. Por cierto, creo que ese sonido, en mandarín, significa trabajo, y también obrero.