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La pesadilla del celta

Tacho Rufino | 13 de noviembre de 2010 a las 13:48

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COMO la autocita viene al caso para ilustrar un error, no causa empacho decir que aquí mismo, hace unos cuatro años, se publicó un artículo titulado El tigre que abrazó la fe del conocimiento. En él se atribuía, elogiosamente, buena parte del llamado milagro celta a la alta inversión pública en educación en Irlanda, a la alta exigencia y nivel de sus profesores y, como consecuencia de esto, al alto nivel de formación de los jóvenes formados en la isla Esmeralda. También contribuían a su fenomenal salto económico otros factores: grandes empresas estadounidenses -tecnológicas, químicas, farmacéuticas- establecieron allí sus sedes europeas; el inglés como verdadero idioma en la práctica, toda una ventaja competitiva nacional; una especie de dumping fiscal que, con tipos del impuesto de sociedades dos y tres veces inferiores a los del resto de Europa, atraía a muchas empresas extranjeras. Y, claro, a un boom inmobiliario que no sólo llenó de segundas viviendas las costas y colinas irlandesas, sino que acabó por explotarle en las manos a particulares, empresas, ayuntamientos y bancos. Todo ello tras años de ausencia de paro y de crecimiento del PIB sin precedentes, en los que Irlanda era uno de los países más ricos de Europa… en apariencia. Ahora, las arcas públicas están tiritando, los mercados financieros están perpetrando continuas razzias en la credibilidad del país, y el riesgo de bancarrota es máximo a día de hoy (viernes). El conocimiento no lo es todo. Pudieron más las fuerzas de la gran mentira: “Esta fiesta no tiene fin, beban y bailen”.

Es en parte una cuestión de tamaño. Se suele atribuir una mayor sensibilidad de las economías pequeñas a los ciclos altos de la economía, y una mayor vulnerabilidad ante los bajos. En Irlanda, como en Islandia, se ha cumplido el principio (España sería la excepción que confirma la regla). Como dice su Doctor Fatalidad autóctono, Morgan Kelly, “las deudas de Irlanda exceden con mucho su capacidad de devolverlas”. Irlanda es, al contrario de lo que suele suceder, líquida pero insolvente. Ha acumulado dinero en efectivo tras verle las orejas al lobo, como quien llena la despensa del sótano con conservas y agua ante la inminencia de una catástrofe. Pero el lobo está ahí, y ha venido para quedarse, y las provisiones acabarán agotándose. Entonces, según el cenizo de guardia, vendrá la insolvencia-muerte y la bancarrota-funeral. Ahora le queda a Irlanda una cruel subida de impuestos y un plan de recortes públicos a imagen del español. Prácticamente cada euro de ingresos públicos irá a amortizar deuda: la deuda privada impagada, la de los bancos que se comen buena parte de dicho impago, la del propio Estado irlandés que se las ve y se las desea para conseguir que alguien le compre su deuda pública… y eso que promete pagarla bien, con altas primas de riesgo. A Irlanda le esperan años de severa austeridad. ¿Nos debe mover el ver sus barbas trasquiladas para poner las nuestras en remojo? No demasiado. Primero, porque España lleva más tiempo haciendo los deberes de adelgazamiento que nos imponen quienes, a unas malas, nos salvarían. Segundo, porque la deuda de empresas y particulares de Irlanda, en relación a su PIB, es muy superior a la española (cierto es que, en términos absolutos, la nuestra es incomparablemente superior). Tercero, Irlanda es rescatable, como lo ha sido Grecia. Hay otros países que no lo son, y señalar está feo. A nuestros acreedores y a nuestros socios comunitarios les da más miedo España.

Podemos decir que el celta de a pie, el de Dublín y el de Kerry, afronta la versión financiera -y menos trágica, por supuesto- de la Hambruna de la Patata de 1845, que obligó a tantos irlandeses a abandonar su país en precarias condiciones. Ahora son los jóvenes sobradamente preparados de las universidades irlandesas los que se ven obligados a alquilar su alto valor intelectual y profesional a otros países. Una agridulce oferta. Una pesadilla solapada a un bonito sueño.

(Otros post de este blog sobre Irlanda: El tigre y el toro renquean al unísono (Marzo 2009), A todo tigre (y toro) le llega su San Martín (Julio 2008).)