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Los frutos de la conciencia

Tacho Rufino | 27 de agosto de 2011 a las 20:51

COMO sucederá a muchos al reencontrarse con la realidad la semana que viene, ésta ha sido una semana de grandes propósitos de la enmienda, aunque en versión institucional. Con la limitación del déficit del Estado según dicten los oráculos comunitarios, Zapatero y Rajoy van a comprometer ad aeternum la capacidad de acción fiscal de sus partidos cuando gobiernen. Un compromiso, desde luego, más vinculante que el que adquiere uno pagando la matrícula y tres meses por adelantado en el gimnasio al inicio del nuevo curso, o cuando se dispone, como todos los septiembres, a comprar fascículos de cursos de inglés, aviones de guerra o piedras preciosísimas a dos euro la pieza. Nadie duda de que Alemania y, en menor medida Francia, han exigido al aún presidente que tome esta medida a la voz de ya. A ejecutar esta nueva cesión de soberanía… y gracias. La prensa alemana no para de dar ideas para meternos en vereda y evitar que nuestra turbulencia e incierto porvenir salpiquen al Gran Germano. No Merkel directamente, sino su ministro de Finanzas, sus asesores económicos y los de sus aliados, y hasta de sus opositores, exigen -más que sugieren- que vayamos poniendo encima de la mesa las joyas de nuestra corona, a modo de aval: las joyas con quilates de verdad -las reservas de oro-, y las joyas empresariales, es decir, nuestras empresas públicas, las que queden con capacidad de avalar. Prusia aprieta pero no afloja. La gobernanza económica, la política fiscal en concreto, y la gestión de las arcas públicas son y serán crecientemente cosa de Alemania.

Aunque Salgado afirme que las medidas se encaminan a calmar a los impersonales mercados, quien conmina en mayor medida a tal o cual ajuste es Alemania. Con razones de peso, pero también con exceso de celo, y arrastrada por sus ciudadanos, en quienes ha calado el mensaje del vampiro latino. Cambiar la Constitución para asumir la prohibición del déficit como dogma es matar moscas a cañonazos. Las moscas en cuestión son gordas y cojoneras, pero hay sprays en forma de leyes y decretos propios, nacionales, incluidas las leyes de presupuesto, que pueden ser diseñadas en función de nuestro estadio en el ciclo económico. Eso se acabó, ya veremos qué pasa. Nuestra mala conciencia pone un último ingrediente a la mansedumbre; un sentimiento de culpa y de miedo que ha sido alimentado con acusaciones de despilfarradores, vivales y malos gestores. Estamos entregaditos.

Hay otro caso vigente de conciencia inquieta, que busca serenarse asumiendo más carga. Se trata de los ricos solidarios, los que hacen algo por su país, o dicen que quieren hacerlo. Los italianos que, con Montezemolo el de Ferrari a la cabeza, se ofrecen a comprar buenos paquetes de deuda pública italiana para aliviar las tensiones de la prima de riesgo de su país; las 16 megafortunas francesas que piden que les graven más porque han cabido a una parte mucho más sustanciosa del pastel; el recurrente Warren Buffett que predica dando trigo cuando, tras decir que los ricos están fiscalmente mimados en EEUU, apuntala al Bank of America en una colosal pero aparentemente pésima inversión. ¿Se trata de mala conciencia? No lo creo. ¿De un oportuno argumento de marketing? Quizá los más poderosos han entendido que los políticos están siendo noqueados por los brutales golpes de la realeconomics -simbolizadas con la expresión “los mercados”- y que más les vale emerger como salvadores si quieren aspirar a mantener su posición. Mientras la opinión pública y la política de calle alemana parecen no darse cuenta de que los males de los orejas de burro tienen que ver con sus propios pasados bienes (y sus males futuros) si siguen presa de la soberbia populista, algunos magnates planetarios se tientan la ropa ante el tifón que no cesa, y declaran querer poner su carne en el asador de forma más proporcional. Y, entre ellos, algunos hasta lo practican.

Salgado y los íntimos enemigos

Tacho Rufino | 12 de octubre de 2009 a las 19:57

 

LA chica, rubia, sofisticada y con atuendo urban chic, se santigua con parsimonia y amplitud, de frente a ombligo y de hombro a hombro, e inmediatamente se enciende un pitillo, como si confiara en la divina providencia para tener sus pulmones a salvo del humo que se disponía a tragar. Descarto rápidamente tal apreciación: la mujer está pasando en ese momento justo por delante de la iglesia que está enfrente de esta redacción. Como voy dándole vueltas a esto que ahora escribo, como ella me recuerda vagamente a alguien que no identifico de momento, y como había decidido que el leit motiv va a ser hoy Elena Salgado, vinculo la escena con dicho asunto, la ministra de Economía (admito que la conexión es algo forzada, la concentración y la fijación tienen eso). Elena Salgado, sin embargo, no sólo no fuma -apuesto a que tampoco se santigua ante los templos-, sino que ha sido el auténtico azote de los tabaquistas hispanos, y es ésa quizá la mejor contribución que ha hecho al país, cuando estaba al mando de una de las carteras ministeriales que ha ocupado, la de Sanidad: todos los que esto leen deben recordar cómo se fumaba en los hospitales, en las guarderías, en las residencias de ancianos, en los banquillos de los campos de fútbol y, claro, en cualquier otro sitio. Algo que cada vez nos parecerá más remoto y pintoresco, porque la medida de nuestra, en apariencia, glacial ministra ha desmontado la insolidaria costumbre nacional de compartir el tabaco con todos los que están a tu alrededor, cosa que quien suscribe ha hecho como tantos otros. Retirar a muchos del tabaco, o arrinconar a los más contumaces, es un mérito de Elena Salgado: fumar es malísimo. Más allá, y sobre todo desde que asumió vicepresidencia económica, sus logros son escuálidos, en caso de ser alguno. Seamos justos y digamos que la maldita crisis no ayuda a fomentar y tutelar la economía.

Pero no todo es crisis o, mejor dicho, la crisis puede ser atacada con armas y estrategias diversas. El Gobierno español, tras el estadounidense y el australiano, ha sido el que ha realizado un mayor esfuerzo en forma de planes anticrisis. Sus resultados son difíciles de evaluar, no así su diligencia o su coherencia: la primera es innegable; la segunda, más que dudosa. De hecho, como testimonian las viñetas de todos los periódicos, Zapatero está atribulado y confuso por los golpes del boomerang de la precipitación y la política de cámaras y micrófonos. El presidencialismo de un presidente henchido de poder -¿como todos, tarde o temprano?- ha condicionado enormemente la labor de la ministra de Economía. La sombra de un ZP lego en la materia ha sido demasiado larga y densa para Elena. Como lo fue para otra figura que, a su vez, también empequeñece a la de Salgado: Pedro Solbes, el padre Solbes, el venerable sabio, escudado en la técnica y el halo de la objetividad. Tenido por un Zidane de la política económica, debe de ser muy duro sucederlo en el puesto. Y encima -torero parlamentario- da la espantá justo el día en que se van a votar los presupuestos. ¿Pilatos, Caín o Quijote? La siguiente figura -que difumina también a la de Salgado, disolviéndola “como lágrimas en la lluvia”- tiene clara su respuesta: Solbes es “un desagradecido”. Un escaqueado con aires dignos.

Así lo vino a decir esta semana José Blanco en el Foro Joly. Solbes será un desagradecido, pero la figura del ministro de Fomento y fontanero máximo del PSOE, Pepiño, tampoco potencia a Elena Salgado. Al contrario, el sanguíneo y aguerrido Blanco se permitió hace unas semanas dar un gran pelotazo informativo, que hubiera correspondido dar a nuestra mujer, cuando anunció que el gobierno se proponía subir los impuestos. Para colmo, el gobernador del Banco de España y asesor nominal del Ejecutivo, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, no para de reconvenir y censurar al Gobierno y su gestión de la economía.

En fin, quizá debiera usted santiguarse, ministra, antes de aspirar los humos de los fuegos que la rodean: con amigos como éstos, quién quiere enemigos.

 

(Fotos arriba: Marlene, Greta y Elena, ¿a que tienen un aire?, Solbes con Zp en el Parlamento)

Que vayan acoplándose

Tacho Rufino | 15 de julio de 2009 a las 16:34

“Salgado confiesa ante sus colegas europeos que no “no tiene ni idea” sobre cómo evolucionará la vivienda”

EN Alemania, el precio de la vivienda no ha caído con la crisis: es el benéfico efecto de un robusto mercado de alquiler, un rasgo que distingue a los germanos a la hora de disfrutar de unas paredes donde vivir. Donde más cae es en Gran Bretaña (allí, sólo en los tres primeros meses de 2009, ha bajado el precio medio un 12%), seguida por España (un 6,5% de caída: una casa valorada en enero en 300 mil euros pasó a cotizar casi veinte mil euros menos en marzo, y sin seguridad de venta). Patrimonio familiar menguante: valor de mercado decreciente, hipoteca constante. La ministra Salgado dice que no tiene “ni idea” de cómo van a evolucionar los precios de la vivienda en España. Se agradece la sinceridad, y se comparten sus votos para que la oferta y la demanda de casas “vayan acoplándose”, como confesó esta semana la ministra de Economía ante sus colegas de la UE. Ahora vemos al Ministerio de la Vivienda del primer Zapatero en su justa medida: un florero de aquel gabinete bisex, a favor de la corriente del último arreón económico que entraba por la popa. Tampoco se le dio bola alguna a la fugaz Trujillo, su extremeña titular; eso es cierto. O sea, más allá de las correctísimas carteras ministeriales entregadas con el Rey de testigo, queremos pensar que sabía el Gobierno que la vivienda no tiene enmienda, y que el parón se iba a producir. O igual tampoco el Gobierno tenía ni idea de que el barranco estaba a dos pasos… ¿Alguien la tenía? Muchas inmobiliarias -y muchos compradores, claro- tampoco demostraron saber calibrar el entorno, a la vista de los acontecimientos del último año y medio largo.

Que vayan acoplándose oferta y demanda. Ojalá, y cuanto antes. El mercado de la vivienda es variopinto y heterogéneo, y hay casas que van cuesta abajo y sin freno, y otras que pasan por ser valores seguros y que, de momento y hasta que no se pongan en venta, se mantienen como pinos junto a la ribera. Siempre ha habido clases… Y bolsillos para aguantar. Ileso, nadie. Pero no hay tanta vivienda vacía como para desplomar los precios mucho más. Y el español quiere casa con escritura de propiedad. Y hay experiencia y capacidad instalada en la oferta, por mucho que sepamos que la construcción no genera el empleo de mayor calidad y valor añadido: no hay mucho más de momento en nuestra estructura económica, en la que el turismo debe mantenerse como gran ponedora. Las casas han bajado mucho menos de precio que los coches, por ejemplo. Las primeras viviendas urbanas son más inelásticas -se resisten más a bajar de precio- que muchas barbaridades urbanísticas litorales vendidas “como inversión”, que podrían acabar siendo inertes páramos enladrillados que no cuentan con infraestructuras sostenibles. La capacidad de muchas corporaciones locales para fiscalizar y mantener las nuevas urbanizaciones que tanto engordaron su presupuesto es tan limitada que miedo da. Pero el español -no sólo el casado- quiere casa.

Heterogéneo que lo es, el mercado de la vivienda no puede caer mucho más. Tras una fase ya larga sin ventas, no debe caer más. La huelga de celo bancaria debe remitir, duele repetirlo. También influye a la baja la situación de asfixia de aquellos inmuebles cuyos propietarios -o copropietarios, con su banco y socio- se quedaron sin silla en el juego, endeudados por causa del cuento de La Lechera, una metáfora del llamado efecto riqueza.
Queremos tener propiedades para sentirnos seguros. La mayoría de los españoles no conocemos muchas otras formas de invertir el ahorro que las casas. Ojalá que vayan acoplándose la oferta y la demanda (que ésta despierte), y esperemos que suceda más pronto que tarde: sería un buen síntoma. Sensu contrario, una caída en picado de los precios sería un síntoma fatal. Sólo las cañas más aceradas, unas pocas, pescarían en las aguas estancadas.