Archivos para el tag ‘Estado del Bienestar’

Austeridad hasta la muerte

Tacho Rufino | 7 de septiembre de 2011 a las 12:51

”Muerte

Hay twitteros muy nutritivos. Uno de ellos es Rodrigo Ponce de León, alma de la innovación editorial de Vocento. Hoy informa a la velocidad del rayo digital sobre una noticia que da tanto miedo como tristeza. Y es, a la vez, sumamente siginficativa de las cosecuencias que está trayendo y traerá la aplicación ubicua del único mandamiento de política económica vigente: “No gastarás, y siempre recortarás”. El titular reza: “El Centro Príncipe Felipe cancela el programa de terapias regenerativas tras quedarse sin ayudas” (ver noticia). Permitan la negra humorada: austeridad hasta la muerte, vía anorexia pública (sobre el efecto nefasto de la bancarización de las cajas sobre la cultura y, en menor grado, la investigación española se ha escrito aquí hace unos meses). Después morirá el resto, no nos equivoquemos. Pero si eso llega, lo que se habrá desmontado para siempre es lo que tenemos, y habremos dado años luz de marcha atrás. Seremos una república bananera habitada por dos polos muy desiguales: uno superpoblado y otro amurallado. Usted aspira a que sus hijos estén dentro de la muralla munificente, pero eso será en buena medida azaroso.

Los científicos del centro en cuestión han dimitido en bloque: “Que inventen ellos“, pardiez. Viva España, pero muy lánguida vive.

PD: Hoy Grupo Joly lleva a su tribuna a otro excompañero, José Luis García del Pueyo, que –pinchado en la vena de la jibarización del Estado del Bienestar– pasa con un salto mortal desde “cómo seguir captando clientes” a la necesidad de “meter la motosierra”. El profesor de San Telmo dice:

En las empresas llevamos cuatro años con el hacha de Pepiño y ahora toca la motosierra para las autonomías, diputaciones, ayuntamientos, y la res publica en general, porque va a ser una cuestión de supervivencia nacional y los clientes lo van a demandar. Necesitamos que venga el nuevo jardinero tras el 20N con una motosierra king size y hacer de la eficacia y eficiencia el santo y seña del nuevo Estado. En ello nos va el futuro.

Posicionamiento ideológico y claridad en la opción política no le faltan al amigo Pepe Pueyo. Por cierto, totalmente de acuerdo en hacer de la eficacia y la eficiencia el alma del Estado. Pero, con todo cariño y de nuevo con temor, prefiero buenos gestores, que sepan conservar los logros esenciales de nuestra forma de vida, a Leatherfaces obsesionados con aserruchar el lego social como ineludible vía de salvación.

Las necesidades esenciales y la selva

Tacho Rufino | 11 de junio de 2011 a las 10:53

LOS seres humanos, al parecer en mayor medida que otros animales, nos adaptamos rápido a un nuevo nivel de satisfacción de las necesidades. Lo cual a su vez hace cambiar la valoración futura de dichas necesidades: cuáles son las básicas, cuáles las prioritarias, cuáles las accesorias, cuáles las superfluas, cuáles las excesivas. En el mundo que vivimos peligrosa y austeramente, los niveles de satisfacción y exigencia se ajustan a la baja en línea con los niveles de disposición de renta menguantes, y también en función de las negras expectativas que crean las letanías agoreras del mundo interior -titular del supermercado de la esquina incluido- y exterior -estudios prospectivos de tanques del saber incluidos-.

El ajuste presupuestario en curso, el doméstico y el macro, tiene mucho de esa atribulación y de ese miedo. Nadie discutirá, o casi nadie, que si los ingresos bajan vertiginosamente, los gastos deben reducirse. En la esfera pública, tampoco se debe discutir que, si la partida fundamental de ingresos nacionales son los impuestos, los impuestos son otra vía para equilibrar el presupuesto: subiéndolos, claro es. Sin embargo, en esto topamos con rocas ideológicas. Subir los impuestos a las sufridas -nunca mejor dicho- clases medias sería inocular una nueva dosis de curare paralizante al consumo. La posición progresista -o mejor, progresiva- es apretar más la fiscalidad de las rentas más altas. Esto siempre se ha encontrado de frente con una perversión sin culpable: los que deciden sobre las subidas a las rentas más altas son precisamente rentas altas, o bien son personas con intensas dependencias de entidades financieras que obtienen jugosas rentas del capital, e intentan evitar -lobbeando- que se graven más. También hay otra vía impositiva: atacar a la economía sumergida, que se calcula en una quinta parte de la economía nacional. Para ello, conviene tener en cuenta dos cosas. Primera, la economía sumergida de subsistencia es higiénica y necesaria. Por el contrario, la evasión planificada desde posiciones de poder patrimonial, y no digamos la economía sumergida delictiva, son fuentes lógicas para recaudar más. Dicho esto, dicha también la dificultad de esta obligación pública: en la Agencia Tributaria -sufrida ella también- se da el adagio cubano: por los medios no te preocupes, que medios no hay… suficientes.

Hay, en fin, otras dos vías para ajustar los presupuestos y los presupuestos de tesorería, los que riegan las macetas a diario. La primera parece descartada ex ante: el recurso a nueva deuda pública, siquiera una deuda pública que se invirtiera en activos productivos rentables para los objetivos públicos. La segunda vía para equilibrar presupuestos es el crecimiento. Pero de nuevo la irónica sabiduría del cubano sin perspectivas: “Por el crecimiento no te preocupes, que crecimiento no hay”. ¿O sí? Sí, sí, hay algún dato bueno, aparte de las exportaciones rampantes. Hemos sabido esta semana que nuestra añeja gallina de los huevos de oro, el turismo, ha llegado a cifras desconocidas desde hace una década. El crecimiento del turismo se valora en más de seis veces superior al escuálido crecimiento previsto del Producto Interior Bruto (PIB) para el próximo año.

Sobre las necesidades y su correlativo gasto para satisfacerlas, cabe recordar a Baloo y su genial canción prestada de Louis Armstrong, The bare necessities, las necesidades esenciales, que aquí se cantaba como “Busca lo más esencial no más…”. Las imprescindibles (sanidad, educación, coberturas para los desfavorecidos y desafortunados), deben estar aseguradas por nuestro Gobierno, cualquiera que éste sea. Ese Estado social debe estar al margen de inquietantes “tendremos el Estado del bienestar que podamos tener”. Si no queremos convertir este patio en una selva, mucho más peligrosa que la de Baloo y Mowgli. La del tigre Shere Kahn y de la serpiente Kaa.

El comunismo empresarial asoma las orejas

Tacho Rufino | 9 de enero de 2011 a las 21:50

HACE unos días leí a un compañero en estas mismas páginas que a veces es mejor que los sueños no se hagan realidad. Se refería al sueño liberal -lo que aquí conocemos por liberal, es decir, antipúblico- de desmontar el Estado del Bienestar para liberar las sabias fuerzas del mercado. Y sí, lo desmontamos, pero no por nuestra propia mano, sino forzados por las circunstancias. A la fuerza, vendemos o quemamos nuestro patrimonio; el común, el público, el que tan poco valoran -salvo, por ejemplo, para operarse gratis y con garantías en la Seguridad Social- quienes de pronto degustan el irresistible sabor del éxito empresarial o profesional, y descubren que lo común es una rémora. Nos hacemos yanquis de pacotilla, y a la vez empobrecidos economistas de calle de la Argentina de el corralito. Norte pero Sur, mezcla e indefinición: una mala situación estratégica. En el fondo, no es sino esa misma contradicción la que impera en el escenario económico.

multinacionalLas empresas grandes mueren menos que las pequeñas en este largo y tortuoso camino que emprendimos, sin previo aviso, hace unos tres años. La mayor concentración de riqueza en pocas manos es una de las consecuencias de toda crisis económica. También el mundo empresarial reduce su número de agentes. Las empresas familiares -un modelo antinatural a la larga- son pasto de las llamas en primera instancia. El muchas veces sumergido y muy desprotegido mundo del autónomo también es víctima propiciatoria. Cuando las relaciones económicas se vuelven más salvajes, sobreviven las grandes corporaciones. O sea: el “búscate la vida o muere” convive con las superburocracias empresariales, grandes empresas que emplean a millares de personas. Algo, en esencia, muy poco diferente de los fracasados esquemas estatalistas. La mayor parte de la gente en los países desarrollados vive y vivirá su vida laboral en burocracias de planificación centralizada llamadas empresas, en entidades que buscan contratos y suministros al más largo plazo posible. De la misma forma que rige la bipolaridad laboral empleado maduro, seguro y bien remunerado vs. empleado precario, dispuesto y bien formado, las relaciones económicas parecen condenadas a la bipolaridad: grandes empresas que emplean a la mayoría con condiciones salariales extremas, junto a miríadas de pequeños empresarios que sobreviven al albur y a expensas de aquellas. Al Estado no se le espera, está ingresado. Un Estado que recorta en mayor medida su inversión que su gasto: sueldos y prestaciones irracionales para los políticos, entidades superpobladas de levantadores de mano como el Senado o los parlamentos autonómicos, coches oficiales, dietas para políticos… que deberían ser sustituidos por funcionarios de carrera que garanticen una mayor independencia en la gestión de las instituciones. Mutilar la inversión pública que nutre el tejido empresarial y maquillar los recortes de gasto (salvo los hachazos a los funcionarios de a pie): justo la combinación de política presupuestaria que más daño hace al sector privado, que, no lo olvidemos, es el único potencial recuperador de empleo.

china_car_logoY, de pronto, gritamos “¡albricias!” al saber que China, la verdadera gran empresa global planificada y burocratizada, va a colocar en nuestra economía un montón de sus enormes sacos de dinero líquido. Aliviará las tensiones de nuestra deuda y, de paso, se posiciona en nuestra economía de una forma bien distinta que la habitual de polígono con tienda de todo y todo barato, esas naves y megatiendas cuya generación espontánea hace pensar que, efectivamente, fueron la pica en Flandes del Imperio Naciente: “Primero, mandamos emisarios con dinero fresco, cuyo origen era posiblemente tan soberano como los fondos oficiales que ahora han venido para quedarse”. El nuevo comunismo empresarial asoma las orejas por distintos frentes.

Leña al funcionario, que es de goma

Tacho Rufino | 23 de noviembre de 2010 a las 14:10

  1. ¡Datos, datos! España tiene un número de funcionarios en relación con su población empleada por debajo de la media de la UE-15 (países que pertenecían a la UE antes de la ampliación hacia el Este; es decir, los en principio más desarrollados): un 13% frente a un 16%. Dentro de la Europa rica, Dinamarca (26%), Suecia (22%) y Finlandia (19%) no sólo son los que mayor número de funcionarios emplean, sino que también son los países que, según un reciente informe de la OCDE, cuentan con una economía más eficiente y emprendedora. ¿Quiere eso decir que, a mayor número de funcionarios, más competitiva es una economía? Claro que no, pero tampoco lo contrario, al menos como irrebatible axioma. Dos datos más: según datos de 2008 (no los tengo más recientes, si es que los hay), la población de empresarios y autónomos españoles es porcentualmente superior a la de la mencionada UE-15… pero también España cuenta con un porcentaje excesivo de empleados de baja cualificación (muchos de ellos empleados en la construcción), más propensos a ser despedidos. Es ésta una de las causas de que los porcentajes de funcionarios vayan creciendo en España: no se contratan más, no, sino que mantienen sus puestos, mientras que el denominador del ratio (la población empleada) se reduce. Sólo un dato comparativo más: la comunidad autónoma española con menos funcionarios es Cataluña (8,5%); la que tiene más, Extremadura (23%); Andalucía, un 15,6%. Ah, otro más: funcionarios puros y “de ventanilla” son pocos: una cuarta parte del total. La mayoría son médicos y sanitarios, policías y militares, maestros y profesores (alrededor del 75%). Por ello el gasto de, por ejemplo, la Junta de Andalucía es en más de un 70% dedicado a Sanidad y Educación públicas.
  2. Salarios (bueno, también son datos…). Los salarios de los funcionarios se han recortado de una manera sensible, hasta el 15% (de momento, los únicos que siguen la doctrina Krugman: “España debe reducir salarios y precios en un 20%”, dijo el Nobel en la CEA hace unos dos años; a la bajada de precios, ni se la espera). Sus pagas extras se han reducido a la mitad para este diciembre y para el año que viene. Debemos, además, recordar que los salarios de la función pública han estado años congelados, en gobiernos de distinto signo, con apreciable pérdida de su poder adquisitivo. La masa salarial privada, por su parte, se ha visto reducida por los despidos, y no tanto por recortes salariales. Los salarios públicos son seguros, pero han sido reducidos notablemente, en la mayoría de los casos a sueldos, en los mejores casos, mileuristas. Recortar ahí es lo más fácil para reducir el déficit público. Así se ha hecho, y se amenaza con más (Plan B de Salgado, apuesto yo).
  3. ¡Oh, la productividad! La productividad es otro cociente, que divide ingresos entre gastos, o salidas entre entradas, o outputs entre inputs. La productividad laboral tiene como denominador (el de abajo del cociente o ratio) el salario de los empleados. En el caso de los públicos, es difícil cuantificar los ingresos (el numerador), ya que son ingresos “sociales”: funciones que asume el Estado porque no son rentables mercantilmente, pero son necesarias para que no nos comamos a bocados por la calle o no se muera la gente de un resfriado mal curado; o pueda ir al cole el hijo de tu asistenta o el tuyo mismo (en Bélgica los colegios más deseados son los públicos;cuando se trata de salud, aquí, a unas malas, al Hospital público de cabeza); o para poder desplazarse de un sitio a otro, o para hacer frente a inclemencias y catástrofes, o para poder llamar para que saquen a un ladrón de tu casa (sin pagar); o para poder denunciar a quien lesiona tus derechos y, si la Justicia te da la razón, no pagar ni un duro; o para… mil cosas –funciones públicas– que algunos se empeñan en jibarizar y privatizar: son el origen de todos los males, en vez de un logro valiosísimo. Debe controlarse la eficiencia del gasto, y más en los tiempos que corren. Por ello, se plantea –por boca del vicepresidente Chaves– vincular salarios públicos a la productividad. Eso está muy bien, y de hecho se hace en algunas instituciones, pero para que veamos cuán procelosa es la medida de la productividad en cualquier trabajo, pero más en lo público, traigo aquí una frase de un experto (Francisco Longo, profesor de dirección de Recursos Humanos del Instituto de Gobernanza y Dirección Pública. ESADE) en un artículo de El País, antes de ayer: “¿No sería lógico evaluar a los docentes, entre otras cosas, por los resultados académicos obtenidos por sus alumnos?”. ¿Lógico, por Dios? Yo soy profesor, y el aprobado general, según el profesor Longo, es la mejor manera de hacerme un profe muy productivo. Sólo un botón de muestra, como digo, para tener cuidado con los indicadores que se utilizan, o que proponen quienes de esto saben. Como dice la teoría, el indicador debe ser preciso, relevante, pertinente… ¡medir lo que tiene que medir! ¡Que el trabajo se hace bien y en plazo! Quienes han trabajado en la empresa privada –quien suscribe, por ejemplo– saben cuán perversa para la propia empresa puede ser la soberanía del indicador: se busca satisfacerlo a cualquier costa, y atajos siempre hay. Más vale controlar horarios y cargas de trabajo en relación a medias objetivas que lanzarse a genialidades de aparente Perogrullo, como ésta de evaluar al profesor por los aprobados que da.

Tres visiones de ‘Lasadamus’

Tacho Rufino | 19 de mayo de 2010 a las 18:14

Desde que tomamos conciencia de la crisis, no pocos economistas y otros analistas en prensa de la actualidad económica han sucumbido a la tentación de citarse a sí mismos recordando a los lectores cómo dieron en la clave con antelación, cómo anticiparon los acontecimientos, cómo previeron clarividentemente el desastre y adviriteron de él sin ser atendidas las alarmas que, preclaros, nos encendían. Lo cual, siendo poco humilde y menos pudoroso, es humano y hasta lícito… si no fuera porque, también en no pocos casos, recordaban sus dardos en la diana y no sus tiros errados. Tengo a algún viejo y venerado profesor de Economía entre quienes acertaron tanto a prever el futuro inmediato… como fallaron en otras predicciones cual escopetas de feria (cosas, estas últimas, que callaron al sacar pecho). La evolución de los precios del petróleo, por ejemplo, fue objeto de patinazo de la mayoría de los que se atrevieron a prever su trayectoria, quien suscribe incluido.

Sin embargo, hay quien ha acertado con mucha antelación sobre cosas importantes, sobre tendencias sociales y sobre los riesgos de ciertos excesos en la época en que estuvimos (casi) todos cegados por la exuberancia y el ardor. Suelen no ser economistas de profesión, paradójicamente. Es el caso de León Lasa (abogado y escritor, su última obra es “En Noruega”, Almuzara), compañero articulista que no tiene web ni blog -“ni falta que me hace”, como si lo oyera- y quien, tras insisitirle yo, me permite colgar aquí tres artículos suyos realmente lúcidos y amenos, que barruntan con fundamento cosas que han sucedido de pronto, están sucediendo… o tienen todas las trazas de acabar haciéndose realidad. Aquí van. (Disculpen que no los pueda vincular para que ustedes cliqueen y abran el archivo; mientra que soluciono esa cuestión, los vuelco enteros.)

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1. Ikea en la Seguridad Social

(escrito en abril de 2007)

Casi todo el mundo alaba el fenómeno Ikea: muebles funcionales, con cierta estética desenfadada a unos precios muy asequibles. Las tiendas de Ikea están permanentemente abarrotadas de personas que buscan más por menos y que no persiguen accesorios inútiles o que no aporten nada al producto: eso sí, diseño escandinavo pero manufacturación asiática. El experimento nórdico se está introduciendo en casi todos los segmentos del mercado, desde los vuelos de bajo coste a los ordenadores portátiles, pasando por los utilitarios urbanos o la comida envasada. El prodigio, por llamarlo de alguna manera, “low cost” es tan reciente como gratificante para todos los consumidores occidentales que ven de qué forma se multiplican las oportunidades de conseguir la chatarrería más variada y de acudir a lugares que hasta hace poco sólo conocían, en el mejor de los casos, por los documentales de la televisión. La fiesta permanente está servida. Sin embargo, emulemos a Casandra por unos instantes.

             El fin de las seguridades. Es posible que, y así lo apuntábamos hace algún tiempo, estemos trocando de manera un tanto insensata el paraíso por baratijas. La creciente competitividad, la eficiencia oriental o la implementación de los circuitos productivos nos están, literalmente, inundando con todo tipo de posibilidades de adquisición hasta el punto de que, en ocasiones, nos vemos abrumados ante cualquier elección, por nimia que ésta sea: ¿qué tipo de yogur preferimos ante una gama casi infinita de opciones, qué LCD? (En este sentido, Por qué más es menos, la tiranía de la abundancia, de Barry Schwartz). Constituye un plus añadido por el que las generaciones europeas nacidas en los años cuarenta, cincuenta o primeros sesenta, blindadas en gran parte, apenas pagan peaje alguno. La mayoría ha conseguido un puesto de trabajo razonablemente estable y ha accedido a una (o más) viviendas antes de que la burbuja inmobiliaria comenzara a inflarse. No obstante, esos miembros conspicuos de la clase media, difícilmente —salvo en casos muy puntuales de acumulación exponencial de capital— conseguirán facilitar a sus hijos una vida con certezas semejantes: casas a precios inaccesibles; colocaciones precarias a pesar de mil y una titulaciones.  Es probable que en un mundo globalizado para lo bueno y para lo menos bueno únicamente nos quede abrirnos y competir con chinos, vietnamitas o malayos. Pero estos ya no sólo producen bienes tecnológicos básicos o con poco valor añadido, sino, cada vez más, productos tan sofisticados como los fabricados en Berlín o Helsinki. La teoría de David  Ricardo de las ventajas comparativas del comercio puede dejar de tener validez en el momento  en que los doscientos mil ingenieros indios que cada año se licencian en el Manipal Institute of Technology consigan anular el desfase tecnológico con Occidente. Si descartamos el proteccionismo como solución (aunque un debate pausado no estaría de más), ¿qué salida queda?

             Tiempos difíciles.- Según algunos va ser poco probable que Europa emerja airosa de los retos que se avecinan arrastrando algo tan preciado pero a la vez tan oneroso como el sistema de beneficios implantado por Beveridge en 1944, y que se basaba en el nacimiento de una clase media y un sistema fiscal cuyos cimientos se tambalean. Y, desgraciadamente, mientras antes nos preparemos para ello, en todos los sentidos, mejor. Alemania, el país pionero en la seguridad social, se ha atrevido a afrontar la reforma más ambiciosa de los últimos decenios. Una reforma que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, es restrictiva de derechos: la marea de ventajas y conquistas parece haber alcanzado a su bajamar. La edad de jubilación se retrasa a los sesenta y siete años de forma progresiva, las pensiones se recortan y otros beneficios sociales quedan también tocados. El modelo Ikea llega a la seguridad social: asistencias simples, elementales, de bajo coste, corregidas según el capital preexistente del beneficiario, que puedan ser asumidas por una sociedad que en 1960 tenía ocho activos por pensionista y ahora tiene sólo tiene tres, y en la cual la esperanza de vida ha hecho que las pensiones se perciban durante casi veinte años en lugar de diez. La Ley ha sido aprobada por los dos partidos mayoritarios de la nación germana: los democratacristianos  y los socialdemócratas.  Y algo similar ocurrirá en otros ámbitos del espectro social (sanidad, educación…). Vienen tiempos difíciles, especialmente para quienes observamos como, casi tocando, el sueño, éste comienza a desvanecerse progresivamente. Ahorren, mientras ello sea posible.

2. ¿Gratis total o…?

(escrito en noviembre de 2008)

         Llegar a una fiesta cuando los camareros comienzan a recoger las botellas y la orquesta ha puesto ya el play back suele ser descorazonador. Los amigos nos arrepentíamos, en esas ocasiones, de no habernos dado más prisa, de habernos distraído con esto o con lo otro, de no haber sido más diligentes. Pero ocurría que, a veces, por circunstancias de diversa índole, sencillamente no podíamos acudir antes, en pleno apogeo, en el momento en el que el éxtasis de música y baile alcanzaba su punto culminante. Así es la vida, nos consolábamos con las manos en los bolsillos mientras rumiábamos el fin de una noche que se prometía feliz. Y tengo la sensación, en estos meses de zozobra,  de que algo de eso nos puede pasar a los españoles del baby boom en relación con los logros más significativos del Sistema del Bienestar Social, sobre todo en materia de sanidad y pensiones.

Algunos defienden que se avecinan tiempos en los que el concepto de universalidad de las prestaciones tenderá a replantearse tal y como lo hemos conocido hasta ahora (sociedad del low cost, la han bautizado). Pero es que hay ciertas medidas que son, cuando menos, discutibles desde el punto de vista de la equidad e, incluso, de la solidaridad intergeneracional.

¿Gratis total…?.- Hace poco, la empresa municipal de transportes de una capital andaluza propuso que el llamado bonobús gratuito de la tercera edad únicamente pudiera ser utilizado por los pensionistas con una renta inferior a 1.500 euros. No alcanzo a comprender las razones, pero semejante iniciativa –que se me antoja de puro sentido común— desató las invectivas de tirios y troyanos. Sin embargo, dejemos el juicio apriorístico y cuestionémonos un instante, ¿por el mero hecho de entrar en la categoría dorada de jubilado se debe hacer uno acreedor a todo tipo de canonjías sin importar situación, patrimonio o renta preexistente?  No voy a decir, como defienden algunos sociólogos, que el sistema de pensiones sea un fraude generacional de la manera en que está articulado actualmente (se han planteado en algunas empresas prejubilaciones con 48 años de edad). Pero debería dar que pensar el que un pensionista pueda viajar gratis total, sea cual sea, como decimos, su renta o patrimonio, y que, en cambio, un trabajador mileurista tenga que pagar el transporte para acudir al tajo. Y cabría extender esa pregunta a otros servicios y productos. ¿Por qué ha de ser gratis total el medicamento –salvo los que combaten enfermedades crónicas— para cualquier persona mayor de 65 años sin tener en cuenta cual es su situación económica, y, en cambio, ha de ser pagado, siquiera sea en un porcentaje, por familias que apenas llegan a fin de mes o que, sencillamente no llegan? Además de creer en el copago como instrumento que ayude a racionalizar el uso de cualquier asistencia prestada por el Estado, estimo que aquel no lo debería determinar únicamente la edad del usuario, sino, sobre todo, su estado financiero. Algunos países están dando pasos en ese sentido. Incluido el nuestro.

¿…o coparticipación en el coste?.- No hace mucho se aprobó por las Cortes la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. Sin duda un avance más en una sociedad que aspira a cubrir las necesidades más perentorias de sus ciudadanos. En la Exposición de Motivos se indica entre otras cosas: “En España, los cambios demográficos y sociales están produciendo un incremento progresivo de la población en situación de dependencia…la atención a ese colectivo de población se convierte, pues, en un reto ineludible para los poderes públicos”. Y continúa indicando que las modificaciones en el modelo de familia y la incorporación de la mujer al mercado laboral han hecho que la atención de esas personas quede cuestionada tal y como se la conocía hasta ahora. Pero es el art 33, al regular la participación de los beneficiarios en el coste de las prestaciones, el que nos llama la atención por su valentía: “Los beneficiarios de las prestaciones de dependencia participarán en la financiación de las mismas, según el tipo y coste del servicio y su capacidad económica personal”. Ésta se tendrá en cuenta, además, para la determinación de las prestaciones económicas.

 Que a la hora de decidir sobre el cómo y el cuánto de las prestaciones de dependencia se considere  la “economía personal” del beneficiario, y no sólo la edad del mismo, parece una decisión acertada en un Estado cada vez más sujeto a compromisos crecientes y con una población en progresivo envejecimiento. A buen seguro no será  la última Ley que, codificando asistencias de cualquier clase, tenga en cuenta ese elemento. 

3. Pelé, Brasil 1970 y el Estado del Bienestar

(escrito en junio de 2008, en plena primera Eurocopa que ganó España)

Estoy, como la gran mayoría de mis conocidos y amigos (el género es a propósito), abducido por la Eurocopa. Lo reconozco. Y en días como hoy, en que la selección de fútbol –ese reducto de cosmovisión ibérica, una vez diluida la mili— se juega el pase de los malditos cuartos, pocas alternativas se me antojan tan seductoras como tomar un par de cañas al mediodía y dejarme arrastrar el resto de la tarde hasta la hora de las conexiones previas, que espero no se demoren demasiado. Como quiera que todos llevamos un primate dentro, sin duda lo que más nos satisface de esas retransmisiones es el trasunto bélico y guerrero que, en estos tiempos decididamente melifluos, acarrean. Las tribus se visten con sus colores de guerra, ondean las banderas al viento y se disponen a la batalla. Incluso con mercenarios de más allá de las limes. El primer torneo del que tengo recuerdos es el Mundial de México 1970, donde jugó la mejor selección de todos los tiempos. Y, cosas de la memoria, aunque lo vi en blanco y negro, lo tengo imantado en technicolor: ay esas camisetas amarillas o azules sin marca deportiva alguna, sin mácula que las ensuciara…El Brasil de 1970, con Pelé, Gerson, Tostao, Rivelinho, Jair etc, era un conjunto técnicamente estratosférico. Y ese Mundial dejó en la retina de millones de aficionados escenas legendarias para la historia del fútbol como la parada de Banks a la picada de cabeza de Pelé; el amago con el cuerpo de éste al portero uruguayo Mazurkiewicz; Beckenbauer jugando la prórroga contra Italia con el brazo en cabestrillo, el gol agónico del alemán Schnellinger etc. Creo que nunca ha vuelto a haber un campeonato con tanta calidad. Sin embargo, la eterna pregunta. ¿Qué haría aquel equipo brasileño jugando contra cualquier selección europea de la actualidad?Casi con toda seguridad perdería por goleada tantos partidos como disputara. Aquel era un fútbol mucho menos exigente en lo físico, de un juego infinitamente más lento, con muchos más espacios en el campo, donde los jugadores disponían de un tiempo, que hoy nos parece infinito, para recibir, controlar y decidir. Era un fútbol mucho más hermoso; más bello. Pero por suerte o  por desgracia, el de hoy es mucho más eficaz.

 También, paseando por otros pagos, es mucho más hermosa una vida en la que la jornada laboral se vaya reduciendo progresivamente de forma que se concilie con la vida familiar –sea esto hoy en día lo que sea–, el ocio, el descanso, y todo lo demás. Ahora bien, en un mundo globalizado, en esta especie de Campeonato Mundial de la Economía que acometemos a diario, ¿es posible jugar, permítame la imagen, con maneras y formas parecidas a las de Brasil 1970 si los equipos con los que competimos se machacan en el gimnasio, hacen pesas, corren como gamos, dan tarascadas a diestro y siniestro y no dan un balón por perdido? ¿Se puede ganar un partido a ritmo de samba, apelando a nuestros regates y gambetas, a nuestro disparo con la zurda o a una  jugada aislada? Confieso mi ignorancia en materia económica, pero cada vez me pregunto más insistentemente si es posible mantener un sistema de garantías sociales en un orbe globalizado donde la gran mayoría de los países las ignora. La reciente ampliación potencial de la jornada laboral a 65 horas parece sugerir que los tiempos dorados del capitalismo de corte renano empiezan a quedar atrás en Europa, y que si hemos de competir con chinos, indios, coreanos y demás, desgraciadamente no nos va a quedar otra que seguir sus pautas. Porque ellos no se muestran muy convencidos de seguir las nuestras. Sí, ya sé, nuestra mayor productividad, el mayor valor añadido de nuestros productos etc…pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Se imaginan –los más viejos– a Pelé o a Rivelinho encimando a sus defensas, bajando a defender constantemente, corriendo como locos los noventa minutos, batallando en el centro del campo, etc? Yo tampoco. Pero hoy no ganarían un partido. Aunque el tiempo y la belleza, ya lo decían los Rollings, estaban de su lado.