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Los vivalavirgen y los luteranos

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2011 a las 20:07

QUIZÁ a usted también le pasó, y ha pensado durante unos días que no había entendido bien el asunto de los ERE llenos de indocumentados, ese nuevo escándalo político que emponzoña la imagen de esta tierra y su gente. Pandereteros y granujas forever: no los únicos, pero sí los que más. Puede que usted piense también que no puede ser verdad que personas que ni siquiera han pisado las oficinas de una empresa, y que probablemente no tuvieran idea de su existencia, se prejubilen a costa de ella y de todos, con un capitalito a cobrar en cómodos plazos. Como se hacía con los crápulas de las familias adineradas, había que constituirle un patrimonio a esta gente. De momento, setenta personas de extranjis: “Te metemos en un ERE; tú tranquilo, primo”. Increíble, pero cierto. Andalucía imparable. En poca vergüenza. ¿No es esta una magnífica oportunidad de dar un verdadero golpe de mano en el PSOE? (Por cierto, a nadie se le escapa que el chivatazo viene de casa, de un correligionario). Alucinante: nadie dimite; y eso que el delito se representa mayor que un atraco a una delegación de la Agencia Tributaria a punta de pistola. Nadie dimite porque todos -es un decir- tienen miedo de algún otro garganta profunda. La mejor defensa que se ha podido escuchar es un “pues los otros en Valencia, peor”. No faltan quienes, como Chaves, minimizan el mangazo reduciendo el número de perceptores egipcios. Y, por supuesto, los que tienen todo el día el chocolate del loro en la boca, y todo les parece una nimiedad, sobre todo si puede afectar a sus intereses.
Mientras, en otro mundo, una joven promesa de la política, con alta preparación y capacidad y mejor futuro, dimite al saberse que fusiló unas decenas de páginas en su tesis doctoral (con la que en absoluto pensaba ganar dinero). Dimite irrevocablemente y nadie le pide que se quede. Dice estar arrepentido y pide perdón. Por lo que este señor ha hecho, en estas latitudes no sólo no dimite nadie, sino que el copiado pasaría por un ganapán que quiere minutos de televisión a costa de un político. La hermandad política arroparía al copión, todos apiñados como balas de cañón. “Con las cosas tan importantes que tenemos entre manos, qué forma tan rastrera de atacar a un abnegado político de carrera”. En Alemania, de donde hablamos, pasan cosas también, claro. Se evaden capitales a Liechtenstein, se cobran mordidas, se trafica con drogas; en fin, se delinque. Pero los políticos dimiten si los pillan, y además piden perdón públicamente. Sienten vergüenza, quizá porque puede que alguno la tenga. Karl Theodore Von Guttenberg, ministro de Defensa de Merkel, dimitió por no respetar unos derechos de autor, por no citar la fuente en un trabajo no destinado al comercio. Por un intangible: la nuda autoría, el prestigio, ¿el honor?
Nuestra tradición católica, con el comodísimo sacramento exangüe de la confesión, poco tiene que ver con la tradición luterana de ellos: ¡Viva la Virgen!

Dios y la economía

Tacho Rufino | 23 de agosto de 2010 a las 13:42

diosMe recomiendan un interesante y fundamentado reportaje que publica hoy 23 de agosto El País acerca de la influencia de la cultura y la religión sobre la economía y el desarrollo de las naciones y/o países. Parte, cómo no, de una nueva refutación de las tesis de Max Weber en su clasiquísimo Ética protestante y el espíritu del capitalismo, citado antes aquí en un artículo corto titulado “Pícaros y vikingos”. El artículo de El País se titula, no sin arrojo, “La economía entiende muy poco de dioses”, y lo firma María Antonia Sánchez-Vallejo. La tesis básica de Weber es que el surgimiento del luteranismo y de la ética (se suele acompañar el término de “protestante”, pero en su momento quizá cabría decir “ética”, sin más, o quizá puritanismo, sobre esto, leer un viejo artículo de Savater también en El País, “Moral y puritanismo”) origina una forma de comportarse en el trabajo que desemboca en la versión primigenia del capitalismo como sistema de relaciones económicas y de modos de producción. La autora cita a un joven investiador, Davide Cantoni, quien ha estudiado la relación entre crecimiento de la renta en comarcas alemanas de distintas orientaciones religiosas (católicas y protestantes, básicamente) entre 1300 y 1900, y no ha hallado diferencias significativas. O sea, que quizá, más que la religión, lo que determina en mayor medida el crecimiento y la prosperidad es… ser alemán. Cita el reportaje también los fenómenos de Brasil o China y otros países orientales de éxito, y las opiniones de economistas y sociólogos, como Gil-Calvo.

Quien suscribe tiene una opinión, nada contrastada empíricamente, pero en la que creo con cierta dosis de fe y toda la intuición que puedo tener. Partiendo de la base de que el libro de Weber es bestial (de bueno, permítanme el adjetivo), y que debe ser analizado, cómo no, en su tiempo y contexto, yo creo que es la evolución económica de los terriotorios, de las formas de la economía, la que determina las creencias religiosas, más que al contrario. Por supuesto, deslindar ambas evoluciones –creencias y hechos económicos– y obviar sus interacciones e interferencias es osado e insensato. A quienes así pensamos nos llaman economicistas. Suena a insulto o desprecio, al menos, pero, bien mirado, no debe molestar.

Pícaros y vikingos

Tacho Rufino | 5 de octubre de 2009 a las 12:46

(Fotos: Max Weber y Carlo Martini)

LA litigiosidad crece con la penuria. Quitando las demandas de divorcio, que descienden precisamente en épocas críticas, casi todos los demás ámbitos judiciales experimentan un mayor número de demandas cuando la economía mengua. “Hasta que la expansión económica os separe”, cabe parafrasear el matrimonial precepto, porque la crisis es una poderosa defensora del vínculo: en ciertas épocas, no hay dinero ni para que se separen los que no se aguantan más, que se ven así abocados a plegarse a las economías de escala familiares: mejor una casa que dos, más barato un puchero que dos tristes precocinados.

Sería cómico, si no fuera vergonzoso, escuchar -como se escuchan- justificaciones para no pagar deudas; excusas del tipo “no te puedo pagar… ¿que por qué? Hombre, porque hay crisis”. No porque mi empresa esté en crisis, sino porque hay crisis. Estos trenes baratos para el granuja contribuyen sin duda a que los juzgados tengan las costuras más reventonas que nunca. Sin embargo, la judicialización -con perdón- de la vida civil y mercantil no sólo tiene su causa en la crisis, sino que también la tiene en una incapacidad de dilucidar los conflictos entre las partes antes de llegar al largo y tortuoso camino del pleito. La negociación, reconozcámoslo, no es lo nuestro. Se nos calientan los cascos y los belfos y nos sentimos repentinamente Angela Chaning, espetándole al contrario: “Te mandaré a mis abogados”… aunque “mis abogados” sean unos telefonistas lejanos y sin rostro que cobran una iguala de 80 euritos al año. Aquí, una reunión de comunidad entraña alto riesgo de denuncia ante el juzgado de guardia, con el consiguiente encabronamiento del bloque, además de ese pellizco en el estómago cada vez que esperamos el ascensor, no sea que aparezca de pronto la parte contraria. Pero profundicemos un pelín más, y aportemos algún dato, de esos que llamamos “objetivos”.

La litigiosidad suele medirse por el número de pleitos de un territorio por cada 100.000 habitantes. Pues bien, España tiene entre cinco y seis veces más litigiosidad que Gran Bretaña y otros países desarrollados. Cabe preguntarse por qué, dado lo descomunal de dicha asimetría. Podemos achacarlo a su mayor desarrollo y engrase económico, y algo de ello habría. También cabe imputarlo, en el caso de la comparación con Gran Bretaña, a una menor profusión y compeljidad de las leyes procesales: así lo afirman algunos peritos de la materia que me cogen cerca, y en los cuales confío, entre otras cosas porque coinciden en tal apreciación. Pero podemos hacer caso de Max Weber, y pensar que nuestra forma de ser, nuestras respectivas formas de comportarnos hacia dentro y hacia afuera tienen mucho que ver con ésta y otras cuestiones sociales. Británicos, escandinavos y germánicos tiene una raíz común guerrera, vikinga, y aun así se han dado una forma de proceder en lo colectivo -una religión- que, en la línea puritana, abjura de ciertos principios católicos, como aquel que dice que una buena confesión lo limpia todo, hasta la conciencia (lo dijo Carlo Marini, cardenal de Milán, hace unos meses en una entrevista para El País: “La confesión es un sacramento exangüe. Se confiesa algún pecado, se obtiene el perdón, se dice una oración y se acabó”). Quizá el pícaro abunda más aquí precisamente por eso, y también quizá por eso nuestros juzgados están como están.