Archivos para el tag ‘Eurozona’

Nada más lindo que la familia unida

Tacho Rufino | 17 de diciembre de 2012 a las 13:55

EUROPA se parece a una gran familia con muchos herederos que tienen intereses distintos. Los miembros tienen un negocio compartido, que en el caso comunitario es, más allá de unos mercados y una regulación comunes, el euro. Pero las visiones de cómo gestionar ese bien común son distintas, si no abiertamente contrapuestas. Por ejemplo, los intereses de Finlandia no es que no tengan que ver con los de Portugal, es que probablemente sean contrarios. Igual cabe decir sobre Alemania frente a España. El verso suelto, el Reino Unido, tiene su empresita propia -la City financiera de Londres, que vive en buena parte de la empresa matriz- y no tiene acciones en el negocio del euro: va por libre, pero permanentemente haciendo de pepitogrillo sobre lo burocráticos, lo antiguos y lo distintos de él que son sus 24 familiares del continente, y exigiendo protección a sus intereses; lo demás le importa poco o nada. Alemania es el heredero que gobierna el patrimonio a heredar, y hace y deshace a su gusto con mayor o menor finura, arrimando siempre el ascua a su sardina con la ayuda de parientes que más bien son lacayos, contentados por el macho de la vara –Alemania, como decimos– con migajas y con la inútil sensación de seguridad que al endeble le proporciona el poder del dominante, poder que a su vez ellos sustentan. Una jaula de grillos con las antenas requemadas. El euro fue un amor que, como tantos otros, se acabó convirtiendo en una condena. Aunque no en igual medida para todos, no.

La Europa unida política y económicamente tendrá o no tendrá futuro, pero no tiene presente ninguno. Con la actual estructura de relaciones es insostenible. Para colmo, el gamberrillo refinado, creativo y vividor de la familia reclama de repente su visibilidad y cuota perdida en la gestión del cotarro compartido… o quizá acabe yéndose y reventando el invento. No el cipayo técnico llamado Monti, sino el país, Italia, ese otro verso suelto, comienza a mostrar síntomas de hartazgo infinito con el manejo que en su propia casa ejerce el núcleo duro de la familia. Italia no es cualquiera: puede hacer un enorme daño a los demás, y siempre ha sabido caminar sola. Con más razón que un santo, Berlusconi -quizá descontado, seguramente impresentable y hasta delincuente, pero un premier electo una vez tras otra- ha dicho esta semana que la prima de riesgo es una estafa. Un engaño que pocos atrincherados perpetran contra muchos desprotegidos. Un timo vestido de racionalidad del mercado. Todas las criaturas llevan dentro una perversión oculta: la prima de riesgo es un concepto técnico razonable, pero es a la postre una forma de destrucción de territorios que tiene como fin último apropiarse de los mejores activos de dichos territorios.

Esta semana, la familia ha acordado controlar más y mejor a la banca, en la enésima reunión versallesca que aquilata las relaciones desiguales. ¿Toda la banca? No. El acuerdo evita importunar los recovecos más oscuros de la banca alemana (que fue tan golfa e irresponsable como la que más). Con el objetivo de calmar al minotauro de los mercados financieros, la Europa germánica –y todos tras ella, marcando el paso– sigue obsesionada con una política de austeridad que está diezmando la demanda hasta niveles que impiden cualquier perspectiva de crecimiento económico y, consecuentemente, manda sucesivas oleadas al paro o al infraempleo. Una epidemia de pobreza está en curso. Pero no es que no haya dinero, es que está concentradísimo: la brecha de rentas -muy pocos extraordinariamente ricos; la gran mayoría sin poder pagar los bienes y servicios acostumbrados- es la principal bomba de relojería. La brutal desigualdad que se acelera también vertiginosamente tiene que ver con la patente de corso que se otorgó a la banca, y en el cada vez más reducido número de fortunas galácticas están, sobre todo, los intereses de la alta finanza. La familia, en tanto, parece no querer darse por enterada. Por qué será.

Hagan paso a los estímulos, por favor

Tacho Rufino | 20 de junio de 2012 a las 18:47

La prensa británica liberal (recordemos que los liberales anglos no son el equivalente nuestros ultraconservadores de credo antiestatalista, sino gente más compleja y realmente amante de la libertad general, y no sólo de la propia), cuyo máximo y mejor exponente es The Economist, reconocen desde hace meses que la austeridad no es por sí misma una solución de la eurozona, y que con las gafas monocolor del recorte y la contención del déficit como dogma cero se hace mayor daño a las economías que la purificación y racionalidad presupuestaria que se les aporta (los futbolistas que me gustan –Cruyff, Zidane, Iniesta, Van Basten— juegan con las dos piernas. Algún genio, como Maradona, era zocato radical, pero no es mi tipo). Paul Krugman ha sido, por defender esa acción combinada en política económica, acusado de practicar el “pensamiento mágico”. Sin embargo, el hombre tiene razón una y otra vez, por mucho que sus detractores –la prensa económica más liberal en el spanish way—intenten desmontar sus argumentos. En concreto, la idea que de una Alemania henchida de orgullo y superioridad moral y productiva está haciendo un gran daño a Europa. Paul Krugman, The Economist, pero también recortadores natos de lo público como Guindos o Monti reclaman ya estímulos públicos, inyecciones de dinero con propósito, dirigidas a algo más que a salvar entidades que son demasiado grandes y peligrosas para caer. Algo que Estados Unidos ha hecho siempre que ha tenido necesidad, sin que ello merme su genética capitalista. Por eso Obama está presionando a Alemania para que piense en el crecimiento de la Zona Euro, y no sólo en aplicar durísimos planes de austeridad a los díscolos, que abren las brechas porque mucho de lo que unos pierden lo ganan otros.

El G-20, capitaneado por un Obama preocupado por la terquedad germánica, debía ser algo más que una reunión de próceres cuyo principal resultado es una foto llena de trajes oscuros. Y parece que por fin lo va a ser. Los problemas globales deben ser atacados en foros globales. Y todo, o casi, es global. Por lo menos los problemas económicos, en la actividad productiva y comercial, en los difíciles equilibrios financieros. Todos pueden salpicarse con ácido. Vienen tiempos de hablar de volver a crecer. Una vez asimilado en España el gran golpe de los bancos zombi, habrá que hacer transfusiones a la economía… o dejarla morir. La lección del despilfarro está aprendida suficientemente, por lo menos para unos años. Los recortes deben venir de la mayor eficiencia del uso del dinero público, no de la poda cojitranca, improvisada y a instancia de parte. ¿De dónde se saca el dinero para los estímulos? De donde hay, e incluso de donde no hay. Sobre eso seguiremos hablando esta semana. Sobre qué son las políticas de estímulo y cómo pueden realizarse en el actual estado de cosas.

 

(En la ilustración: “Por favor, Sra. Merkel, ¿podemos arrancar ya los motores?”)

‘Zobra’ el griego, o urge su catarsis

Tacho Rufino | 26 de abril de 2010 a las 17:16

 moneda euro-Grecia

(Foto: Un euro griego)

DE nada ha servido a Grecia contar con un primer ministro, Yorgos Papandreu, con un excelente bagaje técnico y diplomático, el tercer eslabón de una familia de primeros ministros con exquisita formación. Su padre Andreas, exiliado, estudió Filosofía y Economía en Harvard, universidad en la que fue profesor antes de conseguir sendas cátedras de Economía en Minnesota y en UCLA. Su abuelo Giorgios, nacido en el XIX, es la piedra de toque de una exquisita saga de socialistas moderados. A pesar de contar con un político de raza y prestigio al frente de su Gobierno, el país ha entrado en una fase de descomposición de consecuencias incalculables, para Grecia y para la Europa comunitaria. Permitan que recuerde aquel chascarrillo: se abre el telón, y se ve a una pareja pelando la pava denodadamente, mientras un discóbolo posa tras ellos. Se cierra el telón. ¿Cómo se llama la película?: ‘Zobra’ el griego. Puede que en Fráncfort se estén planteando que sí, que sobra Zorba. Si deja de pagar sus deudas, deberá abandonar el euro.

Ayer viernes, todas las portadas de los principales periódicos occidentales -compartiendo primera plana con un Obama en Wall Street que no ceja en su compromiso de domeñar el salvajismo financiero- dedicaban espacios preeminentes a la “agonía” o a la “sentencia” de Grecia por parte de los inversores, a la inminente “quiebra” griega y , por supuesto, a la “tragedia”, vocablo tan griego como crisis o caos… y catarsis . Nadie, sin embargo, mencionaba en la primera plana que la expulsión del euro del país helénico es la consecuencia natural de sus elevadísimas deudas pública y exterior, de sus insostenibles déficits fiscal y por cuenta corriente, de la falta de reacción de las inversión internacional al apoyo del FMI, de la rebaja de su calificación de riesgo por parte de las agencias de ráting, de sus maquilajes estadísticos a la postre descubiertos, de, en fin, su incapacidad de exportar bienes que son caros por su exceso de mano de obra incorporada, también sobrevalorada salarialmente. Una economía en fuera de juego competitivo, castigada por sus vicios y la emergencia de China y otros países.

Una economía anémica, carente no sólo de glóbulos rojos suficientes para competir, sino empeñada hasta las cejas. Y, ahora, totalmente descontada por los inversores y ahorradores, que están llevándose el dinero a otros territorios, vendiendo masivamente una deuda pública griega que, aunque pague más interés que nadie, nadie quiere. Nadie se fía. Sin dinero corriente, no hay movimiento económico. Un problema de liquidez gravísimo, el griego, que pudiera ser consecuencia de una insolvencia fatal. Lo primero es gestionable con ayudas y apoyos externos transitorios; lo segundo es la muerte. A Grecia, muy probablemente, no le queda sino adelgazar a lo bestia, sufrir un bajonazo drástico de su nivel de vida. (En el momento en que esto se escribe, la agencia Efe difunde el anuncio de Yorgos Papandreu: “Grecia se rinde al mercado y solicita la activación del plan de rescate”.)

Es inevitable en este punto volver a preguntarse en cuántas cosas nos parecemos a Grecia. No tenemos su desaforado déficit público, ni mucho menos su deuda pública, que en España arroja mejores niveles que la media de la eurozona. España cuenta con grandes empresas multinacionales (financieras, energéticas, tecnológicas, constructoras) que Grecia no tiene en medida comparable. España no miente en sus estadísticas públicas y aguanta el tirón de los demiurgos del rating, cuyas calificaciones inducen la circulación del ahorro y la inversión. Pero España está expuesta al contagio, porque se nos identifica con Grecia merced, en buena parte, al acrónimo PIGS, y también por causas objetivas: nuestra debilidad competitiva, nuestros productos relativamente caros y nuestro crecimiento no ya anémico, sino adobado con un creciente paro crónico. Urge adelantarse a la jugada y seguir abundando en las reformas y los recortes públicos. A los griegos sólo les queda resurgir de sus cenizas, como su Ave Fénix. La catarsis griega: purificación ritual, y vuelta a la vida.