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Alemania se carga a Alemania

Tacho Rufino | 21 de enero de 2013 a las 9:55

DEBE de ser difícil haber sido el manijero de un país en plena transición a la democracia, la estrella emergente de la galaxia socialdemócrata, un estadista de reconocido carisma -esa virtud tan abstracta y sobrevalorada-, y dejar de serlo al final de una legislatura. El síndrome de la repentina falta de protagonismo y atención suele mover a lanzar mensajes llamativos a la audiencia, lo cual es de agradecer a veces, entre tanta mentira. Felipe González -como Aznar, aunque no como el silente Zapatero, quien quizá agotó su cupo de vana elocuencia durante su mandato- cuenta sus apariciones públicas por jugosos titulares. El último, lo ofreció el viernes en el Parlamento de Andalucía, adonde dio una conferencia: “Merkel se está cargando Europa“. Felipe dice que no es que él quiera, es que tiene que decirlo, aunque Javier Solana le aconseje ser menos desbocado. Algo así como la portera de la película de Almodóvar: “Lo siento, señorito, pero yo soy testiga de Jehová y no puedo mentir”, pero con enfoque global, detectando megatendencias. ¿Tiene razón el ex presidente?

Alemania es la variable más independiente de la complicada ecuación europea. Ha asumido su liderazgo con una pasmosa autoridad incontestada, e impone su criterio. Se le atribuye haberse anticipado a la crisis, tomando las medidas duras en las vacas gordas, como sería deseable pero no suele hacerse. Su marcha económica ha sido positiva y a veces descollante (así fue entre 2009 y 2011). Pero la crisis europea pasa ahora factura a Alemania: según datos de esta semana, está en recesión (su PIB ha caído en el último semestre de 2012, aunque levemente). Si sus socios de mercado y moneda y principales clientes sufren por la acelerada y traumática reducción del sector público, por las crecientes oleadas de nuevos parados (en su defecto, precarios sin futuro, que son millones en la propia Alemania) y por la consiguiente caída del consumo y la producción, era cuestión de tiempo que el coloso europeo comenzara a sufrir también. En ese sentido, podríamos estar en la antesala, no ya del derribo de Europa advertido por Felipe González , sino de la convulsión del propio Gran Germano: Alemania se carga a Alemania.

Consciente de que, con una brutal contracción fiscal fruto del trastorno obsesivo reductivo impuesto por Merkel, España no tiene un céntimo para políticas de estímulo al empleo y al crecimiento, Rajoy ha sugerido el martes que Alemania y otros socios de zumosol impulsen el crecimiento con las llamadas políticas expansivas. Merkel lo ha cortado en seco: de eso nada, Mariano; haz los deberes, y calla. Una postura terca y, probablemente, autodestructiva.

Aznar, un negacionista al sol que más calienta

Tacho Rufino | 20 de octubre de 2010 a las 12:09

aznarSi el otro día comentábamos aquí el derecho a cambiar radicalmente de visión y de opinión sobre cuestiones importantes –concretamente, ese derecho que ejercía Felipe González, el presidente de la Ley Corcuera, al plantear la necesidad de legalizar las drogas para acabar con los desastres que ocasiona su tráfico ilegal–, hoy no salimos de nuestro asombro al conocer la pirueta mágica en la opinión de otro ex presidente, José María Aznar, acerca del cambio climático. Donde dije digo, digo Diego. La misma persona que hace apenas dos años ironizaba sobre los que alertaban sobre el cambio climático antropogénico (o sea, causado por el hombre) presidirá el consejo asesor de un nuevo think tank dedicado precisamente a combatir dicho cambio climático. Filántropos, empresarios, políticos, científicos y otros perfiles relevantes asesorarán al converso Aznar en su nuevo empleo en el Global Adaptation Institute (por cierto, no puedo encontrar su web corporativa, en caso de tenerla).

Aznar era tan negacionista en la materia como Rajoy dijo que lo era su primo. Eran tiempos –hace nada– en que el PSOE quería abanderar aquí la lucha contra el cambio climático (que, dicho sea de paso, es un afán que ha quedado en el cajón ante otras urgencias económicas: España ha emitido gases de efecto invernadero como nunca en los últimos años, y es uno de los principales incumplidores del Protocolo de Kyoto y sus secuelas). La práctica de la política de lo contrario exigía al Partido Popular y a su líder de referencia, Aznar, poner en duda lo que prácticamente ningún científico pone en duda, e incluso tomarse a chacota el cambio climático. Algo que era, entonces, tan de derechas como oponerse al aborto o como no cargar contra los clérigos acusados de pederastia.

El grouchismo político –principios abiertos… pero flexibles– va por barrios. Si es muy cierto lo que dijo ayer Rajoy en el Parlamento (“En poco menos de 24 horas, tras un viaje a Bruselas, Zapatero declaró ante las cámaras dos cosas radicalmente contrarias acerca de los recortes y la reforma laboral”), también lo es que Aznar se posiciona al sol que más calienta, o sea, actúa por conveniencia y no por principios. Nos alegramos de que haya “visto la luz al caerse del caballo”, cita bíblica que, por cierto, utilizó Rajoy también ayer para ilustrar los vaivenes de nuestros veleidosos líderes.