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Paga más quien más tiene: la matrioska fiscal

Tacho Rufino | 29 de agosto de 2012 a las 9:45

Antes que nada, debo decir que no me encuentro dentro de la corriente recentralizadora que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, promueve desmontar el Estado de las Autonomías. Una corriente de opinión muy de derechas y, ya puestos, muy previsible. Sí estoy, por completar la premisa de este escrito, de acuerdo con simplificar el mapa autonómico devolviendo al Estado central competencias y atribuciones de ciertas comunidades –en el fondo artificiales y engordadas a favor de corriente y de ciclo económico— que no pueden hacer bien su trabajo, lo cual implica hacerlo eficientemente. Por si acaso, una apostilla más: Andalucía debe ser una autonomía de primer orden, por su peso poblacional, histórico, social y económico: el argumento de que las nacionalidades históricas son aquellas que cuentan con un idioma propio es falaz, onanista, vanidoso y ofensivo (esto último, para quien guste de ofenderse).

Pero una autonomía fuera de duda y una identidad nacional no justifican cualquier argumentación en las relaciones fiscales entre los territorios más o menos autogobernados de España. En estos días, Cataluña ha reproducido a nivel nacional la situación presupuestaria y de falta de liquidez que arrastra a España ante la Unión Europea (en adelante, Europa). Como una matrioska rusa que contiene dentro sucesivas matrioskitas de menor tamaño. Cataluña, por boca de Artur Mas, se ha visto en el brete, en el trago y en la necesidad de pedir a España que la salve de la bancarrota mediante la concesión de un crédito del fondo autonómico dotado para tal fin: para refinanciar los créditos que suscribió Cataluña y que van venciendo inexorablemente. Un rescate se llama. A la primera región económica española le duele tener que acudir al tótem de todas las frustraciones y los desapegos, el Estado español (hablamos del partido nacionalista en el poder, que representa, claro está, a buena parte del pueblo catalán). Y con esa rabia mal contenida, se aduce una y otra vez –no sólo Mas, pero sobre todo Mas– que el dinero que piden es suyo, que les fue expoliado por España confiscando sus impuestos, y que no tienen nada que agradecer, ni tampoco nada que dar a cambio en forma de concesiones políticas y merma de su autogobierno (igual que Rajoy ante Europa, en esto último). Me parece bien la defensa, pero decir “dame lo que es mío, y te perdono la vida, aunque me salves tú a mí la mía” contiene en sí otra falacia.

Los impuestos sobre la renta son personales y no territoriales. Si fueran personales y uno tuviera derecho a reclamar lo que paga más que otros, un ciudadano de renta media-alta, que paga sus impuestos, como quien suscribe, podría reclamar a Cataluña una compensación, porque paga más que la media de los catalanes. Y no digamos si podría reclamar, enardecido y arrogante, a Canarias, Galicia o al propio Estado en su conjunto. Es cierto que Cataluña –obviando, ya digo, el detalle de que los impuestos no son catalanes o manchegos, sino de las personas, los recaude quien los recaude– paga más que la mayoría, y que eso se debe a que su ciudadano medio gana más que la media española, situación envidiable por otras comunidades. Pero no olvidemos que la parte sustancial de su mayor ganancia no sólo se debe a su competitividad y su mejor estructura económica, sino a que tiene una balanza comercial indudablemente positiva con el resto del país. Gano más, pago más. Si llevamos la falacia argumental del expolio español a Cataluña (ojo: se deben revisar los flujos fiscales y de inversión pública casi de forma permanente, pero sin tumbar el principio de redistribución que rige en todos los países democráticos) al nivel local o infinitesimal, los barrios buenos de Cataluña o de Villaluenga de la Sierra deberían quejarse de los mal que gestionan los barrios pobres la sopa boba que ellos les dan, en parte, con sus mayores impuestos. O yo exigir una mejor cama en el hospital público que un parado que no paga impuestos. Es una opción, pero es moralmente repulsiva. Los europeos más ricos gustan de pensar que los mediterráneos (incluidas nuestras regiones relativamente más prósperas) dilapidamos y gestionamos mal por naturaleza. Es curioso cómo ese argumento tan epidérmico y sanguinoliento se reproduce a nivel más pequeño. Es, lamentablemente, natural.