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CDS, esas armas de destrucción masiva

Tacho Rufino | 21 de julio de 2011 a las 13:51

”Buffett

Cualquiera puede tomar un seguro para cubrirse de un riesgo: un incendio, un accidente, un robo. En el mercado financiero, existen los Credit Default Swaps (CDS), unos seguros por incumplimiento de las obligaciones de crédito, con los que quien, pongamos, compra deuda pública española se cubre ante el eventual impago de la obligación a su vencimiento por parte del Estado español: España no paga, yo cobro mi seguro… pero hay negocio en el camino, sin que se tenga que realizar la (aparentemente) indeseada contingencia. Los CDS también se pueden instrumentar para cubrirse ante otros acontecimientos más sutiles, como el hecho de que la agencias de calificación de riesgo o agencias de rating rebajen la calificación de la deuda de un país. Una peculiaridad y a la vez un peligro sistémico que conllevan estos derivados financieros (derivados: “productos cuyo valor fluctúa en función de un tercer activo o suceso, llamado subyacente”) es que se pueden comprar y vender: cotizan. Por tanto, alguien puede adquirir CDS sin que realmente se esté cubriendo de nada: sólo está invirtiendo, jugando. O sea, los CDS, unos seguros que no aseguran nada, tienen vida propia. Una vida propia (sus cambios de valor en el mercado) cuyas subidas y bajadas de precio funcionan de manera inversa a la del valor que teóricamente cubren. De forma que, por ejemplo, cuanto peor se comporte la deuda pública de España, más valen los seguros de riesgo de impago (o sea, los CDS) vinculados a él. Toda una perversión que estimula a intentar forzar a los títulos de un país a ir cada vez peor, porque así yo, que he comprado CDS de esa deuda española, podré obtener plusvalías: los apostantes de la ruina. Donde había una seguro para cubrirse de algo, hay un producto financiero cuyo valor engorda cuanto peor le vaya al título cuyo riesgo cubre. Como recordamos en la entrada anterior, el multimillonario inversor tranquilo Warren Buffett llamó a los CDS “armas de destrucción masiva”. El arsenal, potencialmente letal (ver en el cuadro de abajo su creciente vomunen de negocio del mercado de CDS), funciona así:

  1. Un bono de deuda española tiene buena reputación y cotiza bien. Su seguro asociado (su CDS), por tanto, es barato. Compro muchísimos, yo que puedo.
  2. Si consigo que el título vaya mal, y después peor, y después todavía peor (aquí está el acto de fe o de negación: “Esto es lo que hacen los poderosos especuladores”, “Esto es algo que no hace nadie, una atractiva paranoia”), los CDS de ese título subirán como la espuma.
  3. Cuando están reventones, vendo y obtengo la plusvalía. O sea: me interesa que los títulos de un país vayan mal para que a mí me vaya bien. Si tengo influencia, intentaré que una divisa (recuerden el mortal ataque de George Soros a la libra esterlina en 1992), o unos bonos de deuda o aquello a lo que yo esté jugando, le vaya lo peor posible.

No se trata de prohibir; se trata de limitar el daño causado por acciones puramente especulativas que machacan a territorios enteros… y no benefician al funcionamiento razonable “del sistema”, sino que lo contaminan y le hacen perder credibilidad.

Dos gráficos:

1. The New York Times: Volumen rampante del mercado de CDS

2. The Peacock Den: Evolución de los precios de los CDS en los países periféricos

The New York Times

De pesimistas y optimistas informados

Tacho Rufino | 12 de septiembre de 2010 a las 20:28

optimismoVarias personas me han recriminado el pesimismo que exhala la entrada precedente a ésta, titulada La ‘matrioska’ del paro español. Tienen razón en dos cosas. Una explícita: el panorama del paro juvenil que en el artículo se resume es para llorar. La segunda razón de la cariñosa queja es implícita: la gente no quiere mensajes una y otra vez negativos, por mucho que sean ciertos (y quizá menos aun en sábado). Consciente de ello, e inconscientemente –creo– rumiando si es un error y hasta una irresponsabilidad publicar un artículo que describe una situación patética sin aportar solución alguna, rebusco en la prensa de hoy domingo artículos que despidan rayitos de luz sobre nuestra economía. Entre mis compañeros de medio no los encuentro. Encuentro, eso sí, uno muy interesante, técnico y bien construido Fernando Faces, pero su título (El fracaso de la política de gasto público) nos aleja del optimismo, a la vez que su contenido lo aleja en cierto modo de las ideas que en este blog se han emitido sobre la necesidad del gasto y la inversión públicos: para Faces, sin reformas estructurales drásticas y en una situación de alto endeudamiento, estas políticas expansivas que aun apoyan los “supervivientes del keynesianismo” están “abocadas al fracaso”.

pesimistaPero sí encuentro brotes verdes –dicho sea con bastante sarcasmo– en El País de hoy. Sólo hay que leer los títulos. Uno, de Guillermo de la Dehesa, lleva por título España es más competitiva de lo que parece; el otro, de Paul Krugman, se llama Las cosas podían ir peor. No es guasa, se titulan así. Si quieren leerlos, hagan click en los titulares. Le advierto que el de De la Dehesa es, como suelen serlo todos los suyos, denso en datos y conceptos económicos, sin concesiones. Por ello, me permito reproducir la conclusión a modo de resumen: “En resumen, en la última década España es uno de los países desarrollados que menos cuota ha perdido en las exportaciones al AE y en las mundiales de mercancías y de servicios a pesar de la ganancia de cuota de los grandes países emergentes (…)“. Hemos sido de los que menos hemos perdido, y eso teniendo en cuenta todo lo que han exportado más los emergentes (Brasil, China, México…). En cuanto a Krugman, tampoco se hagan muchas ilusiones. Las cosas podrían ir peor se puede resumir en una frase del propio texto: “El panorama no es del todo negro, sino más bien grisáceo”. Pero no se hagan ilusiones, repito: Krugman se refiere a Japón y, sobre todo, a su propio país. Él suele defender la política de Obama, o al menos tiende a justificarla y no machacarla a priori. Sobre este estado de opinión anti-Obama escribe hoy también precisamente un excelente artículo –como suele, por lo demás– Moisés Naím en su preclara columna dominical llamada El observador global, cuyo título es Obama y sus enemigos. No trata sólo de economía como los otros tres, pero es el que más recomiendo.

Sampedro y De la Dehesa

Tacho Rufino | 22 de octubre de 2009 a las 14:10

sampedrodehesa

Eli García Villalón publica hoy en los periódicos del Grupo Joly una atractiva y jugosa entrevista (pinchar para ver) a José Luis Sampedro, el penúltimo humanista de la Economía. Su perfil en este campo -cultiva otros, el más conocido el de la Literatura- es el de un hombre comprometido socialmente y que pone por delante a la redistribución frente al valor añadido como objetivo último, y la igualdad a la diferencia, que el politólogo italiano Norberto Bobbio señala como la clave para ser de izquierdas o de derechas. Sampedro es, en efecto, un hombre que se define de izquierdas, un buen hombre muy cultivado (rasgos no privativos de gente de izquierda, y perdonen que lo aclare), que identifica compromiso social y progresismo con la búsqueda de valores, como declara en la entrevista. En este sentido, resulta curioso que hasta hace una decena de años, el universo de los valores (según la RAEL, un valor es una “Cualidad que poseen algunas realidades, consideradas bienes, por lo cual son estimables“) era patrimonio más bien de la derecha cristiana.

Por otra parte, Guillermo de la Dehesa (ver su biografía aquí, y comprobarán que se trata de un economista sin carrera -la suya es la de Derecho-, que proviene del sector público, como tantos otros economistas prácticos de relevancia pública españoles) tiene un perfil más técnico, probablemente más sólido que Sampedro en lo técnico y, aunque fue secretario de Estado de Economía con Felipe González, su perfil es liberal y, si prefieren, de derechas. El domingo pasado publicó en Negocios de El País un excelente artículo (leánlo léanlo aquí) sobre el mercado laboral en España y las reformas que él considera imprescindibles, si queremos no quedarnos en el limbo competitivo. Sus principios son dos, adelanto: primero, nuestra fuerza laboral es dual (unos muy seguros y protegidos por convenios, relativamente más mayores y dignamente pagados; otros, en precario, jóvenes y preparados, que siempre son los primeros candidatos a ser despedidos); segundo, nuestra ley laboral no tolera a que las contracciones de contratación, negocio y, en general, actividad económica se trasladen en parte a contracciones salariales, como sí pasa en muchos países, la social Alemania incluida.