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El ‘otro’ dilema fiscal

Tacho Rufino | 16 de abril de 2012 a las 13:48

EL dilema fiscal principal al que se enfrenta España es presupuestario: o recortar sin plan ni programa al ritmo de los ataques -sean de pánico razonable o planificados- contra nuestra deuda pública y, a la postre, contra nuestra economía tambaleante, o consensuar por la vía de emergencia nacional planes de eficiencia en el uso de los recursos públicos, incluidas la sanidad y la educación. Esta última opción, más soberana y razonable, no ha sido puesta encima de la mesa ni por el Gobierno anterior ni por el vigente. Ambos -cada uno en su estilo y con sus circunstancias- han ido soltando lastres para mantener al globo en el aire, de forma atribulada y a instancia de parte; mejor, de dos partes: los inversores globales, y las instancias monetarias y gubernativas comunitarias, cuya práctica habitual es decirte: “Vas bien, muchacho”, pero no reaccionar ante las oleadas contra España, consiguiendo con su dontancredismo que España se vea forzada a nuevos sacrificios. El último lastre lanzado por la canastilla ha sido de 10.000 millones: “Vale, vale, tranquilos, si no os ha gustado el presupuestito español, y dado que mi prima de riesgo se fue a máximos, mi Bolsa a mínimos y estamos muy asustados y ustedes no nos echan una mano en el mercado de segunda mano… ahí van más vírgenes”. La intervención hace de hombre del saco: uh, uh, que viene que viene. Pero hay otro dilema fiscal flotando sobre nuestro destino, decisivo para la definición del tipo de sociedad en que vamos a convertirnos: ¿seremos un país sacrificado que paga sus impuestos, porque si no el Estado se acabará vaciando hasta no ya ser otra cosa, si no nada? ¿O nos tiraremos de cabeza a la selva de la economía sumergida y, por tanto, degradada?

España es un país católico, y eso, en lo cultural, no significa precisamente cumplidor con sus obligaciones fiscales. Una religión exangüe, de fugaz remordimiento, en la que el pecado dura lo que tarda uno en decir los pecados al confesor (no disparen al pianista: lo anterior lo afirmó el Arzobispo de Milán, Carlo Maria Martini, en una entrevista en 2009) debe de tener que ver con nuestra cultura fiscal. En mi infancia, nadie pagaba impuestos sobre la renta, porque no eran obligatorios. En mi primer trabajo, el Impuesto de Sociedades era un mero paripé. Poco a poco hemos ido tomando conciencia, y atrás -no muy atrás, pero atrás- quedan los días en los que los evasores y defraudadores de todo pelaje no sólo campaban a sus anchas, sino que algunos presumían de ello. El Gobierno anuncia amnistías fiscales para los maletines del paraíso fiscal, lo que -siendo un recurso feo pero válido- va en contra de la regeneración impositiva del español, y además es tan dudosa que parece solamente querer encubrir la inminente subida del IVA, que es mucho más cierto como partida presupuestaria. El problema es que la recaudación cae año tras año en la mayoría de los impuestos. El problema, en el fondo, es la satanización de la inversión y el gasto públicos que señorea en esta Europa, pero ése es otro cantar más filosófico. Eso es cante jondo.

El año pasado, el Ministerio de Trabajo ofreció una amnistía laboral para que la gente se diera de alta tras haber estado sin contrato -¿a que no lo recuerdan?-. La medida fracasó. Es muy probable que, en vez de convertirnos en unos nuevos protestantes que piden la factura al escayolista con su IVA y todo y chivatean al vecino que innova demasiado con sus impuestos y al tendero que revolotea en el limbo laboral, nos convirtamos en un país de billetes sucios y arrugados, de chapús. Un país con más morbo mafiosillo. No nos va a hacer falta viajar a países exóticos a trajinar y regatear sintiéndonos un Jack London de plástico, que viaja ida y vuelta con Viajes El Corte Inglés. Seremos poco a poco más salvajes. Entre otras cosas, porque no hay dinero (?) para dotar con más y más eficaces medios al control tributario público -el autocontrol calvinista queda aquí descartado-, un control que se relajó muchísimo en los días de vino y rosas.

Elabore su receta presupuestaria

Tacho Rufino | 3 de septiembre de 2011 a las 17:04

MARÍA Dolores es la más fuerte del Partido Popular. La puesta en escena de la visibilísima presidenta de Castilla-La Mancha (y otros cargos, veremos en dónde acaba), el pasado miércoles, ha sido deslumbrante, e incluso acongojante: envida a la grande Cospedal, y se propone reducir el gasto público ¡en un 20%! Quién nos iba a decir que la de natural austera y periférica región manchega iba a ser el objeto de todos los focos preelectorales y la madre de todos los planes de austeridad por venir (demos por hecha la victoria popular en noviembre). Entramos de lleno en los dominios de la política fiscal, la única política económica posible hoy. En cómo el aspirante a gobernar lanza sus mensajes a los ciudadanos, buscando ese equilibrio -¿equilibrismo?- que los partidos se ven forzados a encontrar entre el su sustrato ideológico y la necesidad de gustar -o no disgustar- al gran público votante. Tras advertir Cospedal de la “bancarrota” en que encontró el PP las arcas autonómicas manchegas, la combinación de variables de política presupuestaria que se recete para La Mancha es la que esencialmente se cocinará a nivel estatal de forma más compleja.

Después de ofrecer al alimón PP y PSOE sacrificios a Alemania y a los inversores financieros abriendo la caja de Pandora de la reforma constitucional (el nacionalismo parlamentario ya pide el derecho a la autodeterminación por la misma vía), el acuerdo sobre política fiscal ha quedado ahí… y en que todos defienden el mantenimiento del gasto social: faltaría más a tres meses de las elecciones y con unos 5 millones de parados oficiales. Muchas posibilidades de manejar los presupuestos públicos no hay. Reducir el gasto y/o aumentar los ingresos. Para lo primero, el recorte vía amortización de personal, reducción de salarios públicos y mutilación de inversiones en infraestructuras son de efecto inmediato. Cospedal, aparte de otras medidas más cosméticas, anuncia esta receta, y de forma drástica: si no, no sale ese 20% ni haciendo malabares. Los planes de eficiencia en la gestión pública quedan para las grandes palabras: llevan tiempo, concienciación. Y mano dura, coerción y perseverancia. Sin embargo, la cirugía exprés merma el nivel de empleo, provoca la contracción del consumo privado y público, más un paralelo aumento de los costes sociales, por coberturas de desempleo (España paga 2.500 millones de euros mensuales por este concepto), subsidios y otras ayudas. El recorte, pues, produce ahorros, pero también supone costes, y atonía económica.

Hay pocas vías para aumentar los ingresos públicos. Primera y muy silenciada, evitar las fugas de ingresos mediante formas de economía sumergida. Hoy, con la que cae, la coartada es ubicua: “Antes que Hacienda está mi familia”, decimos antes de abrir el grifo y ver que, aleluya, sale agua, o antes de coger el coche para ir en autovía sin peaje a pasar el finde. El fraude fiscal y la economía sumergida -la de subsistencia y la pícara- son enormes en España, y son puro presupuesto público evaporado. Segunda, aumentar los impuestos al consumo: subir el IVA, o la gasolina, la cerveza o el tabaco. Que en su conjunto -más allá de maquillajes: la presión fiscal por este concepto- los impuestos indirectos no subieran en los próximos años sería milagroso. Si bajan, nos quitamos el cráneo, como diría el Don Latino de Luces de bohemia. Tercero, la vedette fiscal: los impuestos directos, los que gravan las rentas del trabajo y el capital de las personas y empresas. Se pagarán más multas, y más por contribuciones urbanas y por sellos de coches: a ver qué ayuntamiento los baja. Y las clases medias pagarán por IRPF como mínimo lo mismo que actualmente. En un mitin te dirán lo de “los ricos” pagando más -pero, ¿de cuándo ha pasado eso, por Dios?-; en el de enfrente, que bajarán los impuestos. Veremos. ¿Qué haría usted si su hacienda fuera la Hacienda española?

Herve Falciani, un Dioni con estudios

Tacho Rufino | 12 de julio de 2010 a las 20:16

 herve falcianidioni

Herve Falciani es un Dioni fino. Mientras que el segurata que cogió el dinero y corrió a Brasil nunca ocultó que forrarse con el dinero del blindado –su propio furgón de trabajo–era el único obejtivo de su golpe, el financiero suizo dice que entregó a Francia los datos de las cuentas opacas de los clientes de su banco –el británico HSBC–en Suiza por motivos ideológicos. No filtró los datos a cambio de dinero, no; tampoco lo hizo por venganza a la entidad que lo maltrataba laboralmente, qué va: Herve es un hombre con principios, un Robin Hood de traje oscuro y tirantes. Herve no quería, pero por el bien de la Humanidad y la tranquilidad de su conciencia hizo lo que hizo. Pobre Herve. Más hervés necesita el mundo, por Dios. Sea por hache o por be, hay que darle las gracias a este hombre.

¿Les suena cínico esto que escribo? Me he tomado unos minutos para rebuscar en foros y blogs de internet qué piensa la gente sobre esto y, como en botica, hay de todo. Que efectivamente es un tipo honrado que se ha jugado el pellejo (“yo hubiera hecho lo mismo para poder dormir tranquilo”, dice algún sepulcro blanqueado); que debería ser detenido, juzgado y enviado a galeras para resarcir moralmente el enorme daño que ha hecho a los titulares de las cuentas, sin entrar a distinguir en cuáles de ellos son traficantes de armas, de mujeres, de drogas o simples defraudadores sin maldad ninguna… claro, que también hay quienes no albergan, como quien suscribe, duda alguna de que Falciani ha resuelto su vida dándole el palo a la entidad que le pagaba el sueldo. Las autoridades francesas, primero, y después otras como la española, están muy contentas con el listado que contiene miles de cuentas de personas que han evadido dineros de sus países, y no les ha pesado ni un poco darle a Herve lo que pedía. Intuyo incluso que Francia ha revendido a otros países, como España, esos datos, y le ha salido redondo el negocio. No cabe duda que detectar los miles de millones que no pagan impuestos es en estos momentos un posible balón de oxígeno para las arcas públicas: impuestos sobre el patrimonio, sanciones e intereses, liquidez para el sistema financiero nacional… La pupila de Salgado se ha dilatado como la de una leona al ver a un impala que renquea (ver noticia)

No es fácil, de cualquier forma, repatriar esos dineros: la capacidad de gestión de nuestra Agencia Tributaria está lastrada por la tradicional dejadez de los gobiernos con la inspección fiscal (en este sentido resulta curioso que en la última reforma del código penal se rebajara a 5 años el periodo de prescripción de estos delitos, que antes era de diez). Tampoco está claro si se va a amnistiar a los evasores identificados gracias a Herve: librarles del delito penal, aplicarle todo o sólo parte de las sanciones y moras reglamentadas o idear otras fórmulas para incentivar el vuelve a casa, vuelve de los capitales distraídos en el todavía paraíso fiscal que es Suiza. En este sentido, se pueden leer también por la red opiniones legalistas que dicen que no se les puede hacer nada a los evasores porque las pruebas han sido obtenidas irregularmente (una garantía que puede llegar al absurdo de constituir vía de escape de criminales, en tantas ocasiones). Como afirmábamos aquí en otra entrada, los inspectores y subinspectores de la Agencia Tributaria están en contra de perdonar nada a quien ha cometido un claro delito fiscal: me consta por amigos que trabajan –y cómo– en Hacienda y que están más quemados que la pipa de un indio. Para que, encima, ahora que se puede dar árnica a las cuentas públicas, se dé en cambio un privilegio a quien no sólo tiene –legal o ilegalmente– más, sino que además no quiere contribuir y revertir parte de lo que ha obtenido en forma de impuestos a la sociedad en la que lo ha obtenido.

Sin tretas no hay paraíso

Tacho Rufino | 5 de julio de 2010 a las 21:09

 adan_y_eva

SI sólo trabajamos en los costes, acabaremos muriendo de inanición; sin capacidad de maniobra el Estado, sin capacidad de consumir (ni de ahorrar) los particulares y, en parte por ello, sin capacidad de invertir las empresas por falta de financiación. Por eso, toca trabajar en los ingresos, una vez que se le han dado tajos importantes al gasto y a la inversión pública y privada (y los que quedan: nuestros acreedores, las inefables agencias calificadoras y los fondos y bancos mundiales tienen miedo y no están satisfechos). La máxima que escuché a Lázaro Eduardo, conductor de bicitaxi habanero y hoy camionero en España, es de aplicación aquí hoy, quién lo iba a decir: “Por el dinero no te preocupes, que dinero no hay”. A pesar de ello, a la Hacienda española le toca bailar con dos feas de manual. Una, la economía sumergida que, delitos aparte, ayuda a muchas familias a tirar para adelante: si la calle no está tan dramáticamente mal como lo están las cuentas oficiales, ¿por qué será? La otra, los regates de los grandes capitales transhumantes por el orbe, regates que cada vez resultan más incómodos a sus titulares. Éste ha sido uno de los temas positivos de la semana; no para dichos titulares de cuentas opacas, claro está. En esencia, el despiste de capitales ha dejado de ser ignorado. Primero, y básicamente, porque los estados necesitan dinero para sobrevivir, de una forma más acuciante que nunca en decenas de años. Quieren que los dineros obtenidos aquí permanezcan aquí ayudando a regar la macetita de todos, que está seca, sin llegar aún a yerma. Segundo, porque existe un interés común en este sentido: británicos, estadounidenses, alemanes, italianos, españoles y franceses, entre otros, están por la labor. Antes, vacas gordas mediante, no lo estaban o no parecían estarlo, al menos con una voluntad efectiva de coordinarse para que quien fiscalmente debe pagar en su país -y revertir parte de sus ganancias en la tesorería agregada nacional- lo haga. Y no obtenga refugio en cuevas de bucaneros de alto copete, palmera y tortuga en aguas turquesa… o entre montañas y valles verde-dólar (Andorra, Liechtenstein). De hecho, España acaba de llegar a un acuerdo con Andorra para informar sobre estas cuentas de dudoso origen y clarísimo objetivo (evadir impuestos). Y es que en este empeño sí hay dinero; dinero de verdad, que puede apuntalar algún forjado dañado de la casa presupuestaria pública. El cerco sobre los paraísos fiscales no lo cierra tanto la voluntad de detectar los grandes dineros del narcotráfico, el terrorismo y la prostitución (que, junto con otros capitales menos siniestros abundan en esos lugares que -abracadabra- no necesitan presupuestos públicos), sino la necesidad de generar ingresos públicos que no sólo se produzcan apretando a los de siempre… que también.

Si arriba hablábamos de intereses comunes, ahora debemos hablar de intereses recíprocos. A los estados les urge eliminar su déficit, y a los capitales ocultos les resulta cada vez más difícil estar a salvo, también porque hay cada vez más paraísos fiscales, como Suiza, que no quieren ser reconocidos como estados-tahúres de guante blanco. El Estado (España, por ejemplo) amnistía a los hijos pródigos del taco, y los hijos pródigos, en reciprocidad por el perdón, se comprometen a repatriar sus fortunas y mantenerlas en donde debieron siempre cotizar y nutrir a la economía (la particular, claro, pero la colectiva también). Italia consiguió así el año pasado que volvieran 80.000 millones desde San Marino. Muchos técnicos de Hacienda, muy quemados, exigen inflexibilidad: que paguen lo que deben y punto. Sea como sea, los paraísos fiscales, ya sin tretas criminales, se reconvertirían en “espacios de baja tributación”, pero no opacos. De nuevo en este caso, una de las caras positivas de la crisis es la voluntad de establecer una regulación común que deje en fuera de juego las distracciones (ilegales) de quienes más parte obtienen (legal o ilegalmente) del pastel.

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(Ilustraciones: Adán y Eva, de Durero; viñeta de El Roto de El País)

P.S.: Debería haber mirado en Google antes de publicar este artículo en papel el sábado para detectar alguna coincidencia en el jueguecito de palabras que da lugar al título, pero no lo he hecho hasta ahora. Así que meto “Sin tretas…”, … y hay tal coincidencia, claro: nada menos que con un sketch del humorista Juan Mota. En fin, no es tiempo de exclusividades. Internet es como los ADN: acerca casi al 100% la condición genética a espcies tan diversas como la rata, la ameba y el hombre. No me importa ser yo la rata en este caso…

En busca del dinero espabilado

Tacho Rufino | 14 de marzo de 2010 a las 22:49

(Artículo publicado en “El poliedro”, Economía, Grupo Joly el pasado sábado)

Es difícil dar crédito al suceso que voy a referir (en cuanto a dar crédito financiero, se ha generalizado la leyenda de tanto azulejo de tasca: “Hoy no fiamos, mañana sí”). En principio, parece una historia bastante normal. Un extranjero residente en España ha sido encausado por la Agencia Tributaria, que ha enviado su caso a la Fiscalía. La del demandado es una figura más común de lo que pudiera parecer: contribuyentes -es un decir- residentes en nuestro hasta hace poco soleado país que dicen residir fuera de España, con el objeto de no pagar impuestos aquí, aunque tengan a sus hijos en colegios concertados de aquí, usen los hospitales de aquí para intervenciones delicadas y jueguen al golf cotidianamente en este meridional país, actividad del todo compatible con hacer negocios, también aquí. Hasta ahí, nada extraordinario, al menos en una tierra donde sólo paga impuestos el que no tiene más remedio y quien está controlado por la nómina, por mucho que esté muy de moda decirle a políticos, maestros de escuela, policías o celadores que “vivís de mis impuestos” (“de los que pago sin remedio”, cabría apostillar: qué calvinistas nos estamos volviendo para ciertas cosas).

Lo que no resulta tan normal es que el citado extranjero -tan bien orientado hasta que le han echado el guante- haya ingresado voluntariamente en las arcas de Hacienda ¡24 millones de euros!, cuando vio que lo habían trincado de lleno, según informaba El País el miércoles pasado. Tras intentar calcular cuántas pesetas son tal cantidad, se le suscitan a cualquiera una serie de preguntas: ¿cuánto habrá realmente defraudado?, ¿cómo ha sido tan invisible hasta ahora?, ¿cuántos defraudadores más hay como éste?, ¿cuántas infraestructuras, colegios, camas de hospital y hasta sueldos de funcionarios-en-la-diana se podrían pagar con esa suma que había driblado a la caja estatal? Se pregunta también uno quién será este hombre, qué cara tendrá… y a qué se dedica.

Es claro que la inspección fiscal cuenta con pocos medios en España. Tal debilidad no ha sido tan patente en los tiempos en que los presupuestos públicos estaban equilibrados, las empresas empleaban y pagaban a muchos más empleados como lo es hoy. En la abundancia, el relax inspector era más comprensible. Pero ahora toca sacar de donde sea, mayormente donde es de ley, por mucho que algunas administraciones giren impuestos, multas y complementarias preventivas sin fundamento que, además, se pasan por el forro la presunción de inocencia y el in dubio pro reo. Con la ley por delante, no hace falta abusar de los de siempre. A los 24 millones nos remitimos.

Ocaña, secretario de Estado de Hacienda, se ha montado encima del caballo, y enarbola la bandera del nuevo plan contra el fraude que aprobó el Consejo de Ministros hace unos días. Tiendas de chinos, africanos pañoleros organizadísimos en los semáforos y establecimientos de “todo a euro” también van a ser escrutados por la inspección fiscal, según parece.

A ver si se desvelan misterios como el de los turnos de trabajo de veinte horas (a veces en sitios insalubres, donde la inspección laboral también flaquea) y los aprovisionamientos baratísimos (que después se venden en locales con alquileres altísimos), y quizá empiecen a ser tratados con la firmeza recaudatoria con que se trata a tantos otros comerciantes nacionales. Cual seres epsilon lampando por sus dosis de soma en Un mundo feliz, las arcas públicas buscan euros debajo de las piedras, en los paraísos de la baratura de birlibirloque y hasta de las verdes alfombras de los green, porque no sólo de subidas del IVA vive la mustia Hacienda Pública