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Ahí tiene usted las llaves

Tacho Rufino | 30 de enero de 2011 a las 19:32

LA semana de la reforma de las pensiones, de las duras exigencias de core capital de Salgado a cajas y bancos, de la renovada desconfianza de Davos y el FMI en España ha dejado en la penumbra algunos hechos que son clave para interpretar el pasado perfecto y prever el futuro inmediato de la economía y de las personas que nadan en ella. El primero es el mea culpa acerca de la crisis que ha entonado Estados Unidos por medio de una comisión de su Congreso. Los economistas, en general, no fueron capaces de prever la crisis, pero la autopsia oficial publicada esta semana se centra más bien en la negligencia de los poderes políticos, en el acobardamiento de éstos ante Wall Street y sus acerados e inmorales tiburones, y también en las escopetas de feria de calificación de riesgos y hasta en el propio Greenspan (“¿sabía usted lo que iba a pasar, sí o no, señor Greenspan?”, le preguntaron al ex jefe de la Reserva Federal). El dontancredismo gubernativo, las irresponsables -y por entonces muy trendy- alegrías desreguladoras y “la ineptitud” de las agencias de calificación se han señalado a las claras, en un ejercicio político de contrición y penitencia, que más que el autoflagelo, tiene como objetivo transmitir un mensaje a la gente de a pie: “Todo esto pudo evitarse”, que viene a ser lo mismo que decir: “Os juramos que no volverá a pasar”. La avaricia y la deshonestidad bancaria, los derivados financieros cual caballos de Troya y las hipotecas subprime recorren el informe. Precisamente sobre hipotecas de dudoso cobro para los bancos va la otra noticia tapada de la semana, ya en clave española.

“Una sentencia dice que la entrega del piso vale para saldar la hipoteca”, reza un titular de prensa del pasado jueves. Esto no sería noticia en Estados Unidos, donde un hipotecado puede cancelar su deuda entregando las llaves del piso hipotecado al banco prestamista. De hecho, esa práctica tiene un nombre allí, jingle-mail (sonajero, por aquello de hacer sonar el llavero meneándolo: “ahí lo llevas, na te pío, na te debo“). Sin embargo, en España esto es un notición. El banco implicado, el BBVA, va a recurrir al Supremo, y no dudará en ir al Constitucional. Le va muchísimo e ello, y en el empeño de tumbar esta sentencia -que le afecta en pocos miles de euros- va a estar sin duda apoyado por todos sus competidores, a quienes tal jurisprudencia haría mucha pupa. En España, cuando uno firma una hipoteca se compromete a devolver el préstamo con todos sus bienes, y no sólo con la casa hipotecada. Imaginemos una situación desgraciadamente habitual: pierdo el empleo, no puedo afrontar las cuotas mensuales de la hipoteca, luego me declaro o me declaran fallido e insolvente. El banco retoma un piso que, en realidad, no había dejado de ser suyo, y lo pone en venta para desintoxicar sus maltrechos balances. En la venta o subasta, el precio de la casa resultará ser menor que la deuda pendiente, y el banco irá contra su ex cliente por la diferencia (más costas, más intereses, más todo lo refrendado alegremente ante notario en leoninas letras pequeñas). Irá por él hasta los restos. La ley -hasta ahora- protegía el derecho del banco. Pero el auto de la Audiencia de Navarra puede dar un golpe mortal a esta carga de por vida que atenaza a quienes son repentinamente insolventes (y sí, tampoco fueron precavidos o siquiera sensatos). Lo que el banco le exige al deudor es sólo 28.129 euros. Pero aquí se dilucidan millones y millones de euros. Si esta sentencia se convierte en jurisprudencia, la avalancha de sonajeros puede estar servida. Adiós a la propiedad, bienvenido el bendito alquiler. Aunque lejos en el espacio, hay más de una cosa común entre ésta y las noticias de EEUU. Entre ellas, el ingrediente moral que esgrimen tanto la citada Comisión como el juez de Navarra. Éste ha escrito en su auto que la pretensión del banco de seguir más allá de la subasta al deudor es “moralmente rechazable”. ¿Finanzas éticas, eso puede ser?

 

(Sobre este asunto, publiqué otra entrada en este blog hace algo más de dos años. Para ver, pinchar aquí)

Gutiérrez, año 2011 ‘revisited’

Tacho Rufino | 9 de junio de 2010 a las 16:57

Hace un par de años y pico, en la extinta revista dominical de Grupo Joly de nombre RdA, dirigida por Ignacio Martínez, publiqué un artículo en el que me atrevía a plantear en clave de humor un escenario que una familia media española, presa de la fiebre ladrillo&crédito, se empeñó hasta las cejas en un inmueble “por inversión”. De igual manera que en muchos otros casos uno falla en sus previsiones, en este caso no van desencaminadas. Eso sí, lo que antes era una guasa en apariencia inofensiva, leído a día de hoy deja un sabor algo amargo. Y no digamos para quienes se encuentran precisamente en la situación de los genéricos Gutiérrez. Ahí va:

Gutiérrez, año 2011

(Publicado en RdA, Grupo Joly, 29/abril/2008)

Los Gutiérrez siempre han sido muy miraditos con el dinero. No les gusta gastar; no son feriantes, no les interesan los cruceros y tampoco las aerolíneas de bajo coste, no han pisado en su vida una tienda gourmet y siempre compran grandes lotes de suministros familiares en tiendas de descuento. Conservan un seat Málaga que no se puede mirar de lo que brillan la chapa y los sellos de la ITV. No se les ve en los bares del barrio y gastan bastante suela paseando mientras comparten sus pipas preferidas, a la par que idolatran la mortadela y el chóped como algo muy divertido y muy propio suyo: se lo repiten cada cena frente al telefunken que compraron para el Mundial de España, nutrido y reluciente a base de politus y cristasol. Los Gutiérrez son austeros, prudentes, previsores y de vida sencilla. Eso sí, el abrigo de mutón de la señora Gutiérrez arrasa en la Misa del Gallo año tras año. Hay quien en el vecindario dice que son unos agarrados de manual, pero eso no es más que maledicencia: la envidia que las cigarras acaban profesando a las hormigas.

La familia Gutiérrez decidió que los ahorros generados poco a poco estirando el sueldo del paterfamilias había que invertirlo: la cartilla y el plazo fijo no salían a cuenta para nada; más bien al contrario y para perder siempre hay tiempo. Miraron alrededor cual azafata de vuelo: a los de delante, a los de atrás, a los de la izquierda y a los de la derecha, y vieron gente que compraba las casas donde habitaban, e incluso una segunda para veranear “que prácticamente se paga sola alquilándola en agosto”. En concreto, los de la derecha –los del quinto b– habían comprado un apartamento “como inversión”, expresión centralísima de las barras de los bares durante diez años en España. Se sintieron intrépidos inversores, aguijoneados por la contemplación de la plusvalía galopante.

Pidieron un crédito para comprar algo en la playa, una oportunidad de un cuarto de millón de euros, que había que ir financiando mientras se construía en un solar muy cerca de la casa de unos famosos actores de Madrid, bastante al resguardo del levante. Contaban con treinta mil euros en la cuenta, por lo que no tuvieron que pedir préstamo personal alguno –como habían hecho tantos– para ir pagando la obra antes de firmar la hipoteca. La cuota mensual era algo más de la mitad del sueldo del que vivían los Gutiérrez, pero ellos sabían apañarse con poco: técnica del camaleón en verano –o sea, mover sólo los ojos, si acaso– en vez de poner el aire, cambiar braseros por forros polares; más pan, más cerdo de segunda, alargar el caldo de los guisos, un poco de hambre al acostarse, que dicen que es bueno. Total, el plan era poner la casa en venta recién entregada, si no se le pegaba un pase antes. Lo normal, vaya. Y ganando como mínimo un sesenta por ciento a lo puesto, si no el doble, que es lo que alardeaba Paco el del videoclub de haberle sacado a un suizo, y eso por una especie de infravivienda en una pedanía de la sierra de Huelva, adonde antes no llegaban ni los mirlos.

Pero la casa no se vendió, y los Gutiérrez han tenido que ir pagándola, igual que el resto de repentinos inversores que se habían metido en la misma promoción de la playa. Ya va para tres años que la hipoteca sobrevive vigorosa y el valor de la casa no para de menguar. De forma que, a la vuelta del esquina, lo que queda por pagar es más de lo que valdría la casa si alguien decidiera quedársela. Un sujeto económicamente racional debería plantearse dejar de pagar el crédito. Y aunque los Gutiérrez si algo son es racionales, la honra y el sueño estaban en juego en esta ocasión. Tenían, así, tres cursos de acción posibles. Primero, dejar de pagar y esperar el embargo, lo que quedó descartado por hidalga decencia. Segundo, declararse en suspensión de pagos familiar, lo cual es legal desde 2004. Pero eso llevaba un largo trámite judicial, y además no estamos para tener acreedores de por vida (banco aparte). Haciendo de la necesidad virtud, decidieron aguantar. A un año de la jubilación, la casa de la playa era una repentina fuente de serenidad. Y los que sabían de esto aseguraban que más de dos años no iba a durar la deflación inmobiliaria. A vivir, que son dos días, aunque sea con poco bolsillo.

(Los caracteres son fingidos, cualquier parecido con la hechos reales ‘será’ mera coincidencia).

Esperemos a 2011. ¡Suerte a todos los Gutiérrez!

Una fábula contemporánea

Tacho Rufino | 16 de octubre de 2008 a las 19:40

Lo que voy a contar es cierto. Conozco el caso. Él es un infraempleado español al uso: carrera, dos idiomas y medio, un mastercillo, con algo más de mil euros de salario limpio al mes. Mil quinientos el mes que más cobra con los variables. Como suele decirse, es de “extracción humilde” y sus padres tienen todos los ahorros diluidos en los tabiques de la casa que habitan. Él es un chico inteligente, independiente, con ganas de vivir. Le gusta eso que llaman la bohemia: codearse gente con aspecto alternativo, de ideas progresistas sin dolor ni riesgo, leer  a Charles Baxter, alquilar a Truffaut para preparar el espíritu con los amigos antes de lanzarse a los garitos desde el jueves noche. Por estas razones y otras aspiraciones, y animado por sus padres que le dicen que “alquilar es tirar el dinero”, nuestro hombre joven decide comprar una casa hace cosa de dos años. Él es típico caso de quien se queda con la escoba en la mano o sin silla donde sentarse en el juego de marras. Resumo su panorama: sus padres lo avalan, se apresura a comprar una casa en una promoción de la que se ha vendido menos de un diez por ciento (han desmontado la casetilla de ventas y la propia casa piloto: su urbanización parece sacada de una película de post hecatombe nuclear), dedicaba al principio el  80 por ciento de su precario sueldo a pagar la hipoteca (con las subidas de intereses, es prácticamente el noventa). Se puede decir que su casa vale a día de hoy en el mercado menos de lo que le queda por pagar de préstamo hipotecario. Quiere meter estudiantes en casa, pero los estudiantes no quieren vivir allí, a la sombra de un hipermercado de periferia. Le acaban de decir en el trabajo que vaya buscándose la vida en otro lado. Omito la moraleja. Bonito plan, en cualquier caso.