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Contabilidad creativa de la multinacional sin corbata

Tacho Rufino | 26 de diciembre de 2012 a las 14:03

Sabemos, y cómo, que España no es un Estado soberano en su política económica, sino que, como miembro de la Unión Europea, ha dejado una de las palancas de dicha acción sobre la economía –la política monetaria– en manos del Banco Central Europeo. Ni España ni ningún otro miembro de la llamada Eurozona puede fijar los tipos de interés oficiales y de referencia según convenga a su economía, o recomprar títulos de deuda pública mediante un banco central propio para inyectar liquidez en el sistema, o en una situación crítica de nuestra competitividad como territorio devaluar la moneda propia. No tenemos moneda propia, y el Banco de España está desprestigiado y prácticamente amortizado. La otra palanca es la política fiscal, en el sentido de manejo de los impuestos. Cada Estado miembro tiene la potestad de establecer sus propios tipos impositivos, en los impuestos por las ganancias personales por ingresos del trabajo y plusvalías patrimoniales (como el IRPF en España), en los beneficios empresariales (como el Impuesto de Sociedades), en el gravamen sobre el consumo y transacciones en general (como el IVA), y otros de menor impacto en la recaudación que estos tres. Es precisamente la diversidad de tipos e incentivos en los impuestos en los países miembros lo que propicia algún situaciones de competencia más o menos leal para atraer a inversores y empresas. Lo que se da en llamar asimetrías. (Sobre este asunto ver un interesante reportaje en El País del domingo pasado)
El caso más flagrante de uso ganador –y poco pagador– de dichas asimetrías fiscales lo protagonizan las multinacionales, en particular las del sector de las tecnologías de la información, las redes sociales y el comercio virtual (Google, Facebook, Amazon), pero también compañías como la red de cafeterías Starbuck’s. La creatividad o ingeniería contable-fiscal de estas empresas globales, la flor y nata de la empresa mundial, está dentro de la legalidad. Es la falta de armonía tributaria en la UE, junto con la competencia desleal de algunos países y los movimientos y facturación entre filiales de la misma empresa en distintos países lo que provoca una asombrosa y fenomenal evaporación de ingresos públicos. Todo dentro de la legalidad (o del río revuelto). Hablar de ética y de responsabilidad social es ocioso cuando se trata de ahorrar ingentes millonadas de impuestos que deberían pagarse en aquellos países en los que se lleva a cabo la actividad empresarial. En tiempos pasados de exuberancia fiscal y generación de ingresos públicos a borbotones, estos ahorros de pícaro con máster, esas evasiones de alta estrategia transnacional, pasaban lamentablemente desapercibidos (¿en qué situación se encontrarían nuestro déficit y deuda públicos si no se hubieran sustraído esos ingresos ingentes y de ley?: mucho mejor sin duda).
Veamos un ejemplo. Una compañía como cualquiera de las mencionadas puede facturar servicios desde su filial en Irlanda a su filial en España, como lo haría un proveedor con un cliente al que presta servicios o vende productos. Los ingresos menos los gastos de su filial española (o sea, sus beneficios) tributan al 35%, de forma que si a dicho beneficio le metemos una factura de la filial irlandesa, los beneficios se reducen, y pagan menos impuestos. Los ingresos se trasladan a Irlanda… cuyo tipo de Sociedades es tres veces menor; he ahí la asimetría. ¿Pueden facturarse servicios no prestados, o inflados? Cualquiera sabe que sí, que se hace continuamente, y que dichas prácticas tienen un nombre eufemístico, ‘Contabilidad Creativa’. De esta forma, podemos, desde la cumbre financiera de la gran corporación, dejar a la filial española sin beneficios (y sin impuestos que pagar), trasladando dichos beneficios a un país donde se pagan tres veces menos impuestos, como es Irlanda, que consiguió atraer así a muchas multinacionales, que establecieron sedes allí, aunque, cierto es, con un ato riesgo presupuestario por el relativamente reducidísimo tipo general del Impuesto de Sociedades. Un riesgo que se amortigua con las operaciones cruzadas intrasocietarias de Google, Facebook u otras, ya que dichos movimientos siempre juegan a favor de la recaudación irlandesa. Una cosa por la otra… y mayor creación de empleo allí (y menor aquí).
Mientras que Europa no converja fiscalmente, o al menos limite estos robos de guante blanco, no será mas que una jaula de grillos gobernada por la ideología de la austeridad y el traspaso de rentas y poder públicos al sector privado, que poco o nada atiende a razones de servicios sociales, redistribución fiscal u otras zarandajas.

La sorda acometida del impuesto

Tacho Rufino | 30 de junio de 2012 a las 18:23

 

DECIR que uno paga el impuesto sobre la renta en junio es una simplificación o un error de concepto. Vamos pagando el llamado IRPF a lo largo del año -no del año el curso, sino del anterior, o sea, 2011 en el caso corriente-, por medio de las retenciones que nos practican nuestros queridos empleadores o que nos practicamos en nuestras propias facturas los autónomos y profesionales que lo son (es decir, los que emiten factura). Lo que hacemos en junio no es pagar los impuestos, sino la diferencia entre lo que nos toca pagar y lo que nos han retenido ya, que estuvo en posesión de Hacienda, que a su vez habrá cedido esas cantidades a quién sabe qué institución, partida o transferencia pública. Lo que acabamos de hacer ahora quienes hemos apoquinado -o, beatus ille, quienes van a recibir devolución por exceso de retención- es liquidar. Pero en realidad, más que liquidar nosotros nuestros impuestos personales, a más de uno nos han liquidado. Al menos nos han liquidado el veranito. Porque quizá usted también ha sido uno de esos que ha ganado en 2011 menos que en 2010, pero ha pagado “más IRPF” por 2011. La clave fundamental es obvia: el impuesto sobre la renta ha subido. Sucede que, salvo contables vocacionales -envidiables hormiguitas, de esas que concilian sus extractos bancarios cada noche, de esos que llevan al día hojas de tesorería doméstica en Excel, de esos que pelean en los 902 cada nuevo recibo de móvil, luz o seguros-, la mayoría de la gente no hace presupuesto fiscal personal, ni va previendo y dotando el pago de sus impuestos. Y, empezando por quien suscribe, muchos se han llevado una desagradable sorpresa al ir a hacer la declaración. “¿Dos mil, yo? ¡Si a mí siempre me han devuelto! ¡Esto se come mi extraordinaria!”, a lo que el asesor, el bancario metido a asesor o el sufrido amigo con estudios le responderá el hoy consabido: “Da gracias a que tú tienes extra todavía… ¡y trabajo!”. Y usted refunfuña, se calla, y piensa que quizá va a tener que cancelar la quincenita en su tan amada como empetada playa agosteña. 

Estamos abocados a controlar nuestros impuestos; a ponernos, a la par que las babuchas, la visera y el manguito una noche sí y otra no. También podemos, alternativamente, defraudarlos y no pagarlos, pero esa es otra historia (habitual historia en este país, con una economía sumergida que se valora en el 25% de la economía no sumergida, la que paga los impuestos). Hay impuestos que uno puede planificar, aunque sea para no llevarse disgustos inesperados, sino esperados. Ésos se llaman directos. Y hay otros que uno sólo puede controlarlos controlando su consumo. Éstos son los indirectos, básicamente el IVA y los impuestos de la gasolina, la cerveza y el tabaco (también hay impuestos más camuflados, como el pago del antihemorroidal o el paracetamol, o la fiebre multadora de su ayuntamiento, o la subida de la luz). Tanto unos como otros no paran de subir en España. La presión fiscal en España (ustedes, como yo, están algo hartos de datos y porcentajes, así que obviaré abrumar con ellos) era ya grande, y es cada vez mayor. Es evidente, es perceptible, es así. 

El IVA, en concreto, va a subir sensiblemente en España. Los porcentajes de subida que se barajan son descomunales en algunos tipos de IVA, como el superreducido. Pero mientras las subidas de IRPF -de momento, mientras que haya paganinis- de Zapatero y también la de Rajoy están produciendo una mayor recaudación para las arcas públicas, las subidas del IVA no está claro que produzcan mayor recaudación. Lo que sí está claro es que una subida de IVA en tiempos de bonanza produce mucho mayor impacto en las arcas públicas que cuando la subida se produce en tiempos como los actuales en los que es posible que se recaude menos. Es, en defintiva, una imposición tecnócrata más de las que vienen de Bruselas. Donde hay otros contables mucho más fríos y mucho menos asustados por su familia, la suya propia y la de usted. Los eurocontables.

Mi sota, mi caballo, mi rey

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2012 a las 12:14

Uno de los lugares comunes económicos de los últimos tiempos es afirmar que quienes se quejan de los desastres de la austeridad ciega no se atienen a los datos: “¿De qué austeridad hablamos, si el déficit público no para de crecer?”. Hace unos días le leí al chileno John Müller –columnista económico y director adjunto de El Mundo— descalificar a Paul Krugman (El patinazo del Nobel) por criticar como suele las políticas de austeridad, recorte, reforma, precisamente utilizando el argumento, aplicado al caso británico creo recordar, de que el déficit público no había parado de crecer. Luego, ¿qué se le critica a Cameron, si el gasto no ha parado de subir? ¡Es falaz que se esté practicando una política de recortes! A veces con reiteración de papagayo que encontró su argumento estrella para la semana, no pocos han suscrito tal argumento, que no es sino una visión parcial de la jugada. Permitan que baje el balón al suelo para poderlo jugar despacito y al pie.

Aunque -¡ay!— hubo tiempos en los que las cuentas públicas arrojaban superávit, el déficit público es la diferencia entre los (mayores) gastos y los (menores) ingresos públicos. Suele medirse en porcentaje del PIB, ya que el PIB (valor agregado de la producción de bienes y servicios de una economía o territorio en un año) es la medida estándar del nivel y dimensión económicos de un país, y a él se refieren muchas otras magnitudes típicas para evaluar el estado económico del territorio en cuestión: “Usted come en proporción a su peso, altura y esfuerzo físico”, “Cien autobuses urbanos no son muchos ni pocos, depende del número de usuarios”, “Andorra, mil millones es mucha deuda para usted, pero muy poca para China”. Por lo tanto, mucho o poco déficit depende de dos cosas, y no sólo de una de ellas: del nivel y evolución de los gastos… y del de los ingresos. O sea, que recortando los gastos puede que, en vez de suavizar el déficit, éste se incremente. ¿Por qué? Pues porque los ingresos desciendan más que proporcionalmente, en mayor medida que los gastos. Los ingresos, recordemos, de un presupuesto público los nutren esencialmente impuestos recaudados a empresas, particulares e instituciones del país: IVA para todo el que compra; impuestos al tabaco, los carburantes, el alcohol para todo el que fuma, se desplaza o bebe; IRPF para quienes trabajan por cuenta ajena o reciben un salario, Impuesto de Sociedades para las ganancias empresariales, y algunos otros. A todo lo que se recauda, en proporción al PIB de nuevo, se lo llama presión fiscal.

Pues bien: la presión fiscal ha descendido más que proporcionalmente que los gastos en España. Dicho de otro modo, aunque España ha recortado notablemente sus gastos públicos, el déficit se resiste a bajar. Y desde luego no lo hace proporcionalmente a la reducción de gastos. Simple y llanamente, porque los gastos públicos originan de forma directa e indirecta ingresos públicos. Por ejemplo, si despedimos a empleados públicos, éstos dejarán de tributar por su renta o IRPF, dado que dejan de tenerla o, mejor dicho, cambian una renta salarial por una prestación por desempleo, que no cotiza. Hablando de cotizar, la institución que le daba empleo dejará de cotizar por el despedido. Legalmente, además, al nuevo parado cobrará un dinero público durante un tiempo. Todo mermas. Pero digamos que, hasta ahí, el efecto neto es de ahorro, admitámoslo sin meternos en honduras de cálculo. Lo que no cabe duda es que ese nuevo parado no comprará ropa, reducirá al máximo el consumo familiar de teléfono, luz y agua. Dejará de ir a cenar o a tomar el aperitivo. No irá al cine. No se le ocurrirá ni loco invertir, cambiar de coche, viajar o veranear. Su cesta de la compra menguará. Y tantos otros ahorros que buscará empujado por la cortedad y la incertidumbre. Y todas esas transacciones que dejará de hacer serán menos ingresos fiscales para su país (Agencia Tributaria, Seguridad Social, autonomía, ayuntamiento). La presión fiscal en España ha descendido más que en ningún otro país de Europa desde que se desencadenó la crisis latente (desde 2007). Eso de relajar la presión fiscal, recuerden, no es que bajen los impuestos: es que se pagan y recaudan menos impuestos. Lo cual no es bueno en estos momentos, y que disculpen los que lanzarían napalm sobre cualquier impuesto hasta arrasar el erario público o, directamente, lo público.

En fin, que ahora viene el posicionamiento, la ideología, la gestión: lo que quieran, o todo junto. O usted cree que sin recorte no habrá competitividad (poder vender lo que hacemos fuera, sin estar tan inflado el precio de salarios más altos de la cuenta), ni se reducirá la deuda pública y privada nacional hasta niveles aceptables para que los mercados nos presten dinero (o no nos ataquen sin piedad), y así usted cree que las legiones de parados acabarán siendo reabsorbidos por una iniciativa privada empresarial redentora, obrándose el reequilibrio presupuestario… o usted cree que el recorte ciego provoca una perversa reacción menguante en los ingresos por impuestos y otros, además de producir nuevos gastos sociales extra, y como efecto combinado tendremos más paro y un Estado debilitado hasta la extenuación. Por lo que el recorte del déficit drástico es una condena a la pobreza. Por eso y no por otra cosa, Mariano Rajoy se niega a reducir el déficit al nivel que le exigen en Bruselas: para no hacer tanto daño a nuestra economía y nuestra capacidad de volvernos a levantar. Y en breve comenzará el Gobierno a pedir “izquierdosos estímulos keynesianos” a Bruselas. Al tiempo.

Hay visiones mucho más radicales hacia un lado y hacia el otro. Pero básicamente, el que diga que no se está produciendo desde hace tres años una política económica de austeridad a la grande –aquí y en Gran Bretaña—nada más que ve lo que quiere ver. Y ése es el problema de la ideología sin fisuras –mi sota, mi caballo, mi rey—en tiempos difíciles. Racionalidad, toda la que se pueda. Sacrificios, los damos por ciertos y ya muchos los sufren. Radicalismos egoístas y económico-religiosos, certidumbres demoledoras: Vade retro.

 

Elabore su receta presupuestaria

Tacho Rufino | 3 de septiembre de 2011 a las 17:04

MARÍA Dolores es la más fuerte del Partido Popular. La puesta en escena de la visibilísima presidenta de Castilla-La Mancha (y otros cargos, veremos en dónde acaba), el pasado miércoles, ha sido deslumbrante, e incluso acongojante: envida a la grande Cospedal, y se propone reducir el gasto público ¡en un 20%! Quién nos iba a decir que la de natural austera y periférica región manchega iba a ser el objeto de todos los focos preelectorales y la madre de todos los planes de austeridad por venir (demos por hecha la victoria popular en noviembre). Entramos de lleno en los dominios de la política fiscal, la única política económica posible hoy. En cómo el aspirante a gobernar lanza sus mensajes a los ciudadanos, buscando ese equilibrio -¿equilibrismo?- que los partidos se ven forzados a encontrar entre el su sustrato ideológico y la necesidad de gustar -o no disgustar- al gran público votante. Tras advertir Cospedal de la “bancarrota” en que encontró el PP las arcas autonómicas manchegas, la combinación de variables de política presupuestaria que se recete para La Mancha es la que esencialmente se cocinará a nivel estatal de forma más compleja.

Después de ofrecer al alimón PP y PSOE sacrificios a Alemania y a los inversores financieros abriendo la caja de Pandora de la reforma constitucional (el nacionalismo parlamentario ya pide el derecho a la autodeterminación por la misma vía), el acuerdo sobre política fiscal ha quedado ahí… y en que todos defienden el mantenimiento del gasto social: faltaría más a tres meses de las elecciones y con unos 5 millones de parados oficiales. Muchas posibilidades de manejar los presupuestos públicos no hay. Reducir el gasto y/o aumentar los ingresos. Para lo primero, el recorte vía amortización de personal, reducción de salarios públicos y mutilación de inversiones en infraestructuras son de efecto inmediato. Cospedal, aparte de otras medidas más cosméticas, anuncia esta receta, y de forma drástica: si no, no sale ese 20% ni haciendo malabares. Los planes de eficiencia en la gestión pública quedan para las grandes palabras: llevan tiempo, concienciación. Y mano dura, coerción y perseverancia. Sin embargo, la cirugía exprés merma el nivel de empleo, provoca la contracción del consumo privado y público, más un paralelo aumento de los costes sociales, por coberturas de desempleo (España paga 2.500 millones de euros mensuales por este concepto), subsidios y otras ayudas. El recorte, pues, produce ahorros, pero también supone costes, y atonía económica.

Hay pocas vías para aumentar los ingresos públicos. Primera y muy silenciada, evitar las fugas de ingresos mediante formas de economía sumergida. Hoy, con la que cae, la coartada es ubicua: “Antes que Hacienda está mi familia”, decimos antes de abrir el grifo y ver que, aleluya, sale agua, o antes de coger el coche para ir en autovía sin peaje a pasar el finde. El fraude fiscal y la economía sumergida -la de subsistencia y la pícara- son enormes en España, y son puro presupuesto público evaporado. Segunda, aumentar los impuestos al consumo: subir el IVA, o la gasolina, la cerveza o el tabaco. Que en su conjunto -más allá de maquillajes: la presión fiscal por este concepto- los impuestos indirectos no subieran en los próximos años sería milagroso. Si bajan, nos quitamos el cráneo, como diría el Don Latino de Luces de bohemia. Tercero, la vedette fiscal: los impuestos directos, los que gravan las rentas del trabajo y el capital de las personas y empresas. Se pagarán más multas, y más por contribuciones urbanas y por sellos de coches: a ver qué ayuntamiento los baja. Y las clases medias pagarán por IRPF como mínimo lo mismo que actualmente. En un mitin te dirán lo de “los ricos” pagando más -pero, ¿de cuándo ha pasado eso, por Dios?-; en el de enfrente, que bajarán los impuestos. Veremos. ¿Qué haría usted si su hacienda fuera la Hacienda española?

Que paguen más quienes más pagan: era de prever

Tacho Rufino | 3 de junio de 2010 a las 11:35

El apretón de mala conciencia y la necesidad de darse una manita de maquillaje “de izquierdas”, tras el repentino plan de ajuste, llevó al Gobierno a prometer que iban a gravar más las rentas  y/o patrimonios de los ricos-ricos: no sólo tocaremos el gasto (recortando salarios públicos, congelando pensiones, dinamitando la inversión pública de Fomento…), sino  también tocaremos los ingresos, subiendo los impuestos a quienes más ganan. Al final, como era previsible, se subirán los impuestos a quienes más impuestos ya pagan, que no son los mismos que los más ricos, cuyas estructuras patrimoniales y fiscales resisten carros y carretas, borran los rastros como no lo haría ni un avezado sioux y son demasiado difíciles de detectar y pillar para nuestra Agencia Tributaria. El truco ha estado en que no ha sido Zapatero (el Gobierno central) el malo en esta película, sino que ha transferido el marrón a sus comunidades autónomas afectas, Cataluña por delante. Se veía venir. Un Ejecutivo que siempre ha ido a lo fácil a favor de corriente no se va a complicar la vida precisamente ahora.